jueves, 30 de mayo de 2024

Embreados y emplumados




Hubo una ocasión en que una apacible aldea del sur, distinguida por la bondad de sus habitantes y la serenidad de sus días, vio amenazada su tranquilidad por la llegada de una pareja de astutos embaucadores, hermanos tal vez, que dominaban el arte del engaño.

El menor de ellos, tenía una lengua de plata capaz de vender hielo a los esquimales, mientras que la mayor, contaba con la habilidad de pasar desapercibida entre la multitud y unos dedos con destreza incomparable para el robo. Juntos, formaban una dupla temible y casi siempre infalible.

Ni bien llegados a la aldea, dieron en idear un plan para despojar a los inocentes habitantes de sus bienes más preciados. Mientras uno se presentaba como exitoso hombre de negocios y decía tener conocimientos de como atraer inversionistas al pueblo para hacerlo próspero, la otra, se infiltraba entre los ambiciosos del lugar, tentándolos con negocios extravagantes para obtener riqueza rápidamente.

Los embaucadores pronto ganaron la confianza de todos. Entre otras cosas, incentivaban a los aldeanos a volcar sus ahorros en un falso proyecto minero que auguraba riquezas inagotables.

Todo parecía ir acorde al plan de ese dúo hasta que un día, un anciano perspicaz, comenzó a sospechar de los timadores al notar la repentina celeridad con que éstos adquirían prestigio e influencias, a costa de la ingenuidad de sus vecinos.

Analizándolo atentamente, halló algunas inconsistencias en el discurso de los hermanos y, con sagacidad, se acercó a ellos simulando estar interesado en sus proyectos. Ellos, confiados en su impunidad, le firmaron documentos que a la postre, resultaron falsos.

Ya con la evidencia en mano, el anciano reunió a los líderes del pueblo en secreto y les reveló la verdad.

La indignación de los aldeanos no se hizo esperar. Decididos a actuar rápidamente, antes que los hermanos pudieran escapar con su dinero, acordaron en darles un escarmiento.

A la mañana siguiente, mientras los embaucadores aún dormían en la posada local, fueron sacados bruscamente de sus camas, atados y llevados a la plaza del pueblo, donde se vieron rodeados por un grupo de aldeanos furiosos. Allí, antes de que pudieran explicar o intentar otro engaño, fueron (según se estilaba en esa época) cubiertos de brea y plumas como castigo por sus audacias, para luego ser expulsados de la región con una advertencia clara: si alguna vez volvían, les iría aún peor. Desenmascarados y humillados, los bribones abandonaron el pueblo para no regresar jamás.

El anciano los vio irse.

Emplumados y arrastrando los jirones de su ropa tras de si, semejando ser dos títeres en retirada. Miró hacia arriba y, quizá influenciado por su imaginación suspicaz, creyó vislumbrar en el contorno de una nube, la difusa imagen de un gran titiritero.