jueves, 9 de septiembre de 2021

El niño David

 

Ya se hizo de noche. La única lamparita sobreviviente, dibuja un redondel sobre los lustrosos adoquines de la bocacalle. Su modesta iluminación no logra sustraer de la penumbra al entorno, y solo alcanza para fascinar a los bichos nocturnos que golpean en vano contra ese cristal que los retrasa en el camino hacia su indescifrable quimera.

  Cerca de allí, sentado en el cordón de la vereda, al amparo de la oscuridad que su inefable gomera le ha proporcionado, acecha el" capitán media oreja", como a la espera de que suceda algo. La áspera corteza del árbol en la que descansa su espalda, pareciera no incomodarlo. 

   Desde ese puesto de observación vigila sus dominios mientras, como si estuviera lamiendo sus heridas invisibles, acaricia un pequeño colgajo con forma de poroto que la naturaleza ha dispuesto posicionar, en reemplazo de su oreja izquierda. Esa caprichosa malformación es el origen del sobrenombre por el que todos conocen al niño en el vecindario.

 Seguramente estos mortales que descansan ahora en sus casas aguardando la hora de ir a la cama, sean buenas personas que, con tan solo sospechar que ese ingenioso apodo actúa además como un recordatorio perpetuo y lacerante para el niño, no lo utilizarían. Pero ha pasado el tiempo suficiente para que se haya convertido en un calvario sin remedio pues no hay nadie ya que recuerde su verdadero nombre.

 

 En otro lugar del mundo, lejano en la distancia y el tiempo, Goliat abre sus ojos tras estar inconsciente por días. Instintivamente lleva una de sus manos a la frente tratando de ubicar el origen del dolor que ha interrumpido su apacible sueño. La mano se topa con la tela que cubre un chichón, que se insinúa majestuoso aun por debajo de ella, y su rostro expresa una mueca de alivio. Al fin de cuentas, el pequeño David no ha cumplido el rito de cortarle la cabeza. Al menos por esta vez.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El trofeo del toro viejo.

 

Entre comer y fumar, prefirió esto último. La pobreza, si algo te enseña, es a resignarte.

 —Todo no se puede. —se dijo. Compró entonces un paquete de cigarrillos y reservó las últimas monedas que le quedaban, para el pasaje del colectivo que lo acercaría a casa. El resto del viaje lo haría a pie.

 Llevaba horas deambulando por calles desconocidas, lejos de su barrio, en busca de una changa que le permitiera volver a reconciliarse con eso de tener un peso en el bolsillo. Y no la consiguió… tampoco esta vez.

 Estaba cansado y le dolía la pierna mal curada desde su caída de un andamio, hacía ya como tres meses. También le dolían sus cincuenta y pico de años, y esa racha adversa que no aflojaba. —Mala pata —pensó… y sonrió por su ocurrencia.

 Esa costumbre de reírse de sí mismo, producía el efecto de un pequeño recreo en su dificultoso navegar a través de ese mar de los sargazos, llamado miseria.

 Encontró la gorra junto al cordón de la vereda, y sintió una modesta dicha, similar a la que experimenta un veraneante al encontrar un caracol mientras pasea por la playa. La recogió con cierto disimulo y ya con ella en su poder, pensó que su trajinar no había sido del todo vano. Algo había conseguido… una gorra casi nueva, que no hubiera podido comprar.
  Recorrió una cuadra antes de calzársela. De soslayo, se observó en el cristal de una vidriera, acomodó su melena encanecida bajo la gorra y por alguna razón, presintió que un cambio en su suerte era inminente. Esa gorra, presagiaba buena fortuna, pensó. Y además, le sentaba bien.

 Pero decidió al momento, que no sería para él.
  Ese día, su hijo cumplía seis años, y la gorra sería el obsequio que le haría su papá. Seguramente luciría mejor en su cabecita de niño, y sería como un intercambio de regalos, pues él, recibiría la gratificación de una sonrisa.

 Estaba atardeciendo cuando llegó al final del pavimento. Faltaba aún transitar cierto trecho del camino, que recorrería esquivando charcos, aplicando al caminar, la experiencia adquirida durante su crianza, jugando en las eternamente embarradas calles de su barrio… pisar suave, planta del pie rígida.

 “Jesús caminando sobre el agua”- pensó. Y volvió a sonreír.

 Antes de llegar a su casa, deberá pasar, inevitablemente, por el frente del kiosco, donde se juntan los “pibes bravos” del barrio para jugar al metegol y tomarse una cervecita; a contar sus hazañas y dejar que las horas transcurran; a buscar camorra y pedir para otra cervecita y de vuelta a joder a la gente. Él, era la gente, a veces.

 —Che rengo, pagáte una birra —oyó que le decían.

 —¿Cómo que no tenés...? ¿Vos nunca tenés?

 Uno de esos pibes, tal vez el más bravo, le arrebató la gorra de la cabeza, y comenzó un ritual de pasamanos, de burlas y empujones. La gorra de aquí para allá, en una ronda sin fin, arribaría a su destino inexorable... Cambiar de dueño.

 Se intuyó en ese momento, como un toro viejo involucrado en una corrida cuyo propósito no fuera la muerte sino la humillación. El espectáculo sólo concluiría cuando el toro, exhausto o aturdido, perdiera el interés ante la estúpida provocación y lograse salir del ruedo. El animal, ignorante de su papel, conservaría su orgullo intacto.

—¿Tendrán orgullo los animales? Uno nunca sabe —reflexionó.

 Mientras abandonaba el redondel, recordó que siempre había deseado el triunfo del toro antes que el del matador. Y también, que es inútil pedir piedad a quien se sabe de antemano, que no la tendrá.

 Por eso prefirió irse fingiendo desinterés, dejando atrás las hilachas de su orgullo.

 Al llegar por fin a casa, se afirmó en el alambrado de la entrada para limpiar el barro de sus zapatillas y, desde allí, observó enternecido, cómo su mujer y su pequeño hijo, le hacían gestos de bienvenida. Habrían pasado la tarde, seguramente en la casilla del fondo, merendando con los abuelos, que aún lo bancaban en estos malos tiempos.

 Se tomó algo de tiempo antes de entrar y miró sus manos. Las vio fuertes, ásperas y encallecidas. Pero temblaban y estaban vacías.

 ¿Me trajiste algo, papi? Preguntó el niño mientras se acercaba corriendo con los brazos extendidos hacia el abrazo.

 Fue a su encuentro, y tras estrecharlo entre los suyos, le contestó al oído con un susurro cálido y amoroso. —Si changuito, te traje un regalo que te va a gustar. Ahora nomás te lo busco.

 Dio vuelta sobre sus pasos, y enfiló rengueando, hacia el kiosco.

 Camino al ruedo, no descartó que quizá esa tarde, sí habría una corrida. Tenía en claro que, no sólo la gorra estaba en disputa.

 Iba en reclamo, además, de la oreja del torero.

domingo, 5 de septiembre de 2021

El abrazo.

 

Cuando murió su gata Blondie, comprendió repentinamente lo mucho que iba a extrañarla, y anheló, con ingenuidad, la existencia de un paraíso perfecto donde poder volver a gozar de su compañía.

Aquel infausto día, lloró como nunca al advertir que ya no habría quien celebrara su cotidiano retorno a casa, y que en adelante debería transitar en rigurosa soledad el resto del camino. Luego, la bruma de la melancolía hizo lo suyo.

 Sentado en el patio de su casa, observa que la enredadera emergida hace tan solo unos días de la grieta de una baldosa tapiza ya de verde la descascarada pared donde se ha adherido e intenta ahora colonizar al yermo pasillo que conduce a la calle, concediendo una belleza agreste en su recorrido. Es tan veloz su crecimiento, que pareciera apreciarse a simple vista. Le maravilla esa manifestación de vida en una casa a punto de morir, tal como fueron muriendo uno a uno todos los seres queridos que junto a él la ocuparon, hasta dejarlo como solitario habitante.

 Esa casa, concebida en los albores del barrio para alojar a quienes no quisieran abandonarla, lo vio nacer, y en ella permanecería, obstinado, flotando en una emulsión de olvido hasta el día incierto en que ambos, simplemente se diluirían, sin dejar rastros de su existencia.

          *         *         *

 Era Nochebuena, y se levantó para ir a la cocina en busca de la sidra que había reservado para el brindis de medianoche. Regresó con ella en un balde con hielo y se acomodó apoyando su espalda en la medianera, cerca de la puerta, por donde se colaba una brisa fresca y agradable.

Allí, junto al verdor de la enredadera, algunos gratos recuerdos se hicieron presentes en forma desordenada e imprevista, como quien descubre antiguas fotografías olvidadas en un desván.   Entrecerrando los ojos, enumeró a sus fantasmas queridos seleccionando con esmero solo los instantes felices pasados junto a ellos y los recordó sonrientes, generosos, afectuosos. También se vio a sí mismo, en distintas etapas de la vida: Andando en triciclo por el patio… con los pibes de la barra… con su novia de la adolescencia… ¡A cuántas personas buenas había conocido a lo largo de su vida!, meditó. Por todos ellos brindaría esa noche.

 No es que no se hubiera dado cuenta de que los zarcillos se iban sujetado firmemente a él durante su momento de éxtasis, sino que, incapaz tal vez de rechazar un abrazo, prefirió no interferir.

 Debió esforzarse para descorchar la botella con una sola mano, sujetándola entre sus piernas, ya que su otro brazo estaba atorado en el follaje.

 Así, como pudo, llenó la copa, y justo a la medianoche, alzó su única mano libre, en solitario brindis.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Catarsis apócrifa

 

 A último momento resolví cancelar el viaje, determinando así el rumbo que tomaría en adelante mi vida. Recuerdo que, mientras veía alejarse el tren que me hubiera trasladado hacia una existencia distinta, experimentaba, contra toda lógica, una sensación de nostalgia por los paisajes que jamás contemplaría.
 En ese entonces, era yo el único integrante joven de la familia. Mis padres me habían engendrado a la edad de ser abuelos, y mis abuelos, deambulaban desorientados entre las brumas de la senilidad.

 Cada uno de ellos, a su tiempo, debieron afrontar la responsabilidad de sostener a la familia hasta que sus espaldas incapaces ya de soportar esa exhaustiva carga, fueran redimidas de tal imposición. Así había sido por generaciones.
Asumí ante esta situación que me correspondía el turno de pilotear aquel barco con su dotación de sobrevivientes, para completar su travesía durante el tiempo que ella demandara. 
Obediente al ancestral mandato de no partir, recorrí sin más remedio, el previsible derrotero de una existencia despojada de aventuras. Pero a pesar de ello, fui consecuente con mi anhelo de viajar.

 Me convertí pues, en vagamundo imaginario, atribuyéndome vivencias relatadas por legítimos viajeros. Llené de ilusorias notas mi bitácora y tracé ficticios itinerarios en un planisferio, dejándolos siempre accesibles a la vista de los míos, junto a un equipaje que nunca acabé de desarmar, por olvido, o por si acaso.
 Fue ese el modo escogido tal vez, para enrostrarles a perpetuidad, que mi malograda ambición de recorrer el mundo, fue a causa de esas cadenas que me habían impuesto sus miradas suplicantes.

No obstante, jamás escucharon de mí, palabras de reproche, y fui eficiente en la atención de todas sus necesidades, pues al fin de cuentas, los amaba. 

 Durante el desayuno, era habitual que relatara minuciosamente mis viajes por remotas regiones ocurridos tan solo en mis sueños, a ese auditorio de exiliados que escuchaba atentamente mi exposición, sintiendo añoranzas de su patria lejana, llamada juventud. El resto del día transcurría, prácticamente, sin intercambiar palabra alguna con ellos, pues se me hacía imposible descifrar los susurros que emitían sus bocas balbuceantes. 

 Mientras me ocupaba de los quehaceres de la casa, los viejos se acomodaban en unos sillones frente al ventanal con vistas al jardín, y de a ratos, conversaban en aquel extraño lenguaje ininteligible para mí, interrumpiéndolo de tanto en tanto, para dirigirme alguna mirada de soslayo. 
 Por las noches, al liberarme de los trajines, retornaba a mi planisferio, y cuál si fuera un juego de mesa, continuaba mi periplo, partiendo del punto en que éste había sido interrumpido.

 Con el tiempo, no tuve más remedio que organizar mi vida a la manera de una agenda. Tal día, a tal hora: tal cosa. El mismo día, a tal otra hora: tal otra cosa.
 Las listas de compras y quehaceres confeccionadas temprano por las mañanas, me ordenaban en las labores, pero al mismo tiempo, constituían otra tarea en sí mismas. Para amenizar un poco el diario trajinar, comencé a considerar a los viejos, como “mi tripulación”, y a cada uno de ellos le asigné un cargo. Solazarme con la fantasía de hacerlos saltar por la borda en cuanto desobedecieran mis órdenes, formaba también parte de la rutina.

 Y la obviedad del tiempo hizo que los viejos siguieran envejeciendo y yo, a la par de ellos, convencido en este punto de su inmortalidad. La nave presentaba ya, síntomas de carcoma. 
Nada me llevaba a pensar que ese mar pastoso por el cual navegábamos, nos concediera la gracia de despejar sus aguas. Supe que, a este paso jamás arribaríamos. Y sentí en mi interior una inesperada sensación, no ya de frustración sino de vacío. Ya no habría viaje, ni destino, ni esperanza ni futuro. 
 Fue en uno de esos desesperanzados días, que descubrí en mi bitácora una anotación tan apócrifa como todas las demás, que rezaba:
 “Esta mochila ya no me incomoda. He llegado a considerarla como una extensión de mi cuerpo al que recurro con naturalidad en cuanto necesito algo de lo que en ella guardo, como quien apela a su memoria en búsqueda de algún recuerdo".
"El frío, el calor, el cansancio y ocasionalmente algunas necesidades inoportunas, tales como el apetito o la sed, son el precio que gustosamente pago por las maravillas que mi vagabundeo me ha permitido presenciar".
Por las mañanas, cuando despierto, soy consciente de que se me ha concedido un día más. Y al advertir que cada uno de mis sentidos responde a los estímulos a los cuales la naturaleza ha dictaminado que responda, una enorme gratitud me embarga".

Al abrir mis ojos, veo; al incorporarme, mis piernas me sostienen; oigo los sonidos y los ruidos. Respiro y percibo; me traslado; siento apetitos y necesidades naturales de los seres vivos, y puedo elegir, de ser posible, entre aguantar o satisfacerlos, pues también se me ha brindado la capacidad de discernir".
Siempre conté con este bagaje que aligera las penas, sin saber de él, hasta que lo descubrí al hurgar en el fondo de mi morral trashumante.” 

 Entonces, hice con ella una antorcha, y prendí fuego a la nave.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Como una máquina del tiempo.

 

Por el sendero alquitranado del parque, a bordo de su triciclo, pedaleando y moviendo el cuerpito al compás de sus sueños, …raudamente, va mi niño.

  ¿Imaginará ser el comandante de una nave interestelar? ¿Un explorador en plena selva?
¿Tal vez sea yo, su papá el héroe sus fantasías?
A prudente distancia le sigo yo, su improbable héroe. Imaginando ser él.
 Soñando todos sus sueños.
  Pedaleo en mi triciclo imaginario, marcha atrás cuarenta años en un segundo, y veo sentado, justo donde estaba yo hasta hace un momento, a un señor parecido a mí, cuando era grande, que me mira con mis ojos, con mi mirada, igual a como yo miro ahora a mi niño. —Papá… ¡cuánto te extraño!

 ¡Mirá las piruetas que hago! ¡Mirá que rápido que ando! —le digo, y él me sonríe con ojos que insinúan algunas lagrimitas.
  Igualito a mí, pienso. Igual a mí cuando mi niño me dedica sus piruetas. ¡Cuánto necesita ese hombre de mí! ¡Y cuánto necesito de él! Y ninguno de los dos lo podemos ocultar.
  ¿Pensará lo mismo mi niño cuando sus ojos y los míos se encuentran?

 Durante unos minutos doy un paseo de la mano de ese señor que me muestra todas las maravillas del parque, explicándomelas con un tono misterioso en su voz, (con el tono que ponen los papás para que uno imagine cocodrilos en el estanque, o para que cualquier pluma encontrada sea de un ave exótica que tal vez pudiera aparecer en este mismo momento a reclamarla).

  ¡Me lleva un ratito a babuchas y me siento un gigante! De pronto, desde las alturas, veo la desorientada carita de mi niño, que me busca anhelante. Busca su seguridad, y cuando le hago una seña con mis brazos, la encuentra. Viene volando hacia mí y me abraza; derritiéndome.

 —Papi, el triciclo te lleva a donde vos quieras. ¡es bárbaro! ¿Sabías?

Busco con la mirada a papá, y aunque ya no lo veo… imagino sus ojos que me miran a través de unas lagrimitas, igualitas a éstas. —Sí, hijito, lo sé.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Réquiem para un ma-trinomio

 
Las conocí por internet.
Debo confesar que verlas exhibirse sin pizca de inhibición, tan bonitas y en cueros reprodujo, en la parte mojigata de mi mente, una viñeta cuasi prostibularia: “paga por nosotras y goza de nuestro servicio”. Entonces hice clic y compré.
  Poco tardaron las mellizas en demostrarme que no eran chicas de burdel, brindándome en el tiempo, su fidelidad absoluta.

 Como al comienzo de toda relación, tuvimos que transitar un período de acostumbramiento hasta llegar a la mutua aceptación. Fueron ellas, (tal vez dotadas de una inteligencia atávica), quienes tomaron a su cargo guiar mis torpes pasos llevándome siempre a destino seguro, mientras yo, disfrutaba sumisa y plácidamente en mi rol de aprendiz, simplemente anhelando la consolidación de este trío cuasi perfecto. Los placenteros momentos ejercitando asiduamente a grupas de ellas, compensaron ampliamente mi paga.
  Durante largo tiempo nuestro vínculo prosperó y todo fue vino y rosas. Hasta que un día, tal vez aburridas de esas rutinas, o fatigadas por mis excesos primero una y luego la otra paulatinamente mostraron evidencias físicas de abandono, hacia ellas mismas e indirectamente, hacia mí.
  Fueron perdiendo poco a poco su esbeltez, y su dedicación a mi persona comenzó a menguar. Y como en otras ocasiones, en épocas ya remotas, volví a mirarme en la laguna de narciso, cometiendo su mismo error.
Es por eso que hoy, tras una breve, íntima y emotiva ceremonia en la que no faltarán ni el agradecimiento por sus servicios prestados, ni la evocación de algunas épicas travesías compartidas, despediré a los despojos de las mellizas y comenzaré a transitar el afligido camino hacia el desapego.

 Intentaré ilusionado, esta vez con la marca de las tres tiras, pero sé que no será lo mismo.

martes, 31 de agosto de 2021

Ante las ruinas

 

 Firmó la carta, la dobló prolijamente y una vez ensobrada, la guardó en el bolsillo de su chaqueta de entrecasa..

Mañana la entrego en mano y chau Pinela —se dijo triunfante.

 Durante años, cumplía rigurosamente con esa rutina de enviar al Neptunia, con cierta periodicidad, algunas sugerencias acerca de cómo revitalizar la hoy casi nula acción social que fuera en sus orígenes el objeto principal para la creación de este popular club de barrio.   

El club Neptunia jamás acusó recibo de sus cartas.
  Quizá, como él bien sabe, sea porque algunas personas del club le han atribuido con menoscabo, el mote de ser un erudito en trivialidades.

 No obstante ello, don Lucio continúa ejerciendo, por considerarlo un deber, su propia tarea social confiado en su innato talento de trastocar las insignificancias en cuestiones relevantes e interesantes.

 Él colabora en desentrañar algunos intrascendentes enigmas que desvelan a la gente simple, tan sólo por cortesía. No obstante, se cuida mucho de ofrecerles, como él mismo dice, “margaritas a los chanchos”. —Faltaba más.

 Por eso, cuando es requerido sobre algún tema, retacea la respuesta, tal como hacen los maestros espirituales con sus discípulos, hasta comprobar que el interés manifestado sea genuino, en cuyo caso, quién a él acuda averiguando de dónde sale el carbón conocerá, además, el origen del diamante.

Por lo general, los vecinos, lo suelen parar en la calle para saludarlo y aprovechan, de paso, para consultarlo discretamente acerca de algún tema que los tiene intrigados. Puede ser éste, una palabra cuyo significado desconocen, o el origen de alguna frase.

 Y él supone que su respuesta, enriquecida de referencias históricas, filosóficas y hasta metafísicas, satisface con creces la curiosidad de los consultantes, que se retiran con la impresión de haber visitado a un oráculo. Eso alimenta la autoestima de don Lucio, y le da, de alguna manera, sentido a su vida.

 Pero últimamente hay algunas cosas que añora profundamente. Que el hablar soez se haya impuesto al bello lunfardo y al decir elegante, y que la sencillez de antaño, haya trocado en mediocridad, son unas de ellas.

 

 Evoca la delicada influencia que ejercía la radiofonía en las costumbres de la población de otrora, y supone que tras la irrupción de la televisión idiotizante se reeditará lo experimentado por civilizaciones milenarias que, tras ser invadidas por los bárbaros relegaran al olvido sus tradiciones.

Para colmo, la aparición de internet, con su dudosa sabiduría instantánea que devela todos los enigmas y brinda todas las definiciones en un clic, ensoberbece a las personas. Hoy en día, todos se creen autosuficientes y no son necesarios los consejos, conocimientos, ni de la amena charla ocasional del viejo Lucio.  Un ciber oráculo lo ha desplazado.

 Siente que su momento de retirarse a cuarteles de invierno está llegando. Tan sólo conversa con los vecinos esporádicamente y nadie ya le consulta a él... nada. 

 

Algunos recordarán el día en que, desde su escogido ostracismo, tal vez sucumbiendo a la necesidad de expresarse en cuanto a la valoración de su obra, arrancó  una hoja  de su agenda y leyó lo escrito en ella con voz potente:

 

 “—Hoy, cuando Neptunia ya no existe, transfigurado en baldío primero y luego en depósito de no se sabe qué porquerías”.

“- Cuando las amplias casas de antaño, mancillado su linaje, soportan vergonzantes mutaciones producidas por el afán de aggiornamento de sus forasteros ocupantes...”

“ Cuando los viejos de ese entonces han muerto; los jóvenes, envejecido y los niños, vaya uno a saber por dónde andarán madurando... hoy les digo:

 He decidido, por carecer ya de sentido, dar por concluida mi actividad, no sin antes sincerarme frente a ustedes, a modo de autocrítica que, siempre he obrado con la verdad, haciendo lo posible por defender los intereses del club.

 Siempre he atendido, en la medida de mis posibilidades, a aquél que buscara mi asistencia para esclarecer sus modestas dudas.

 Pero debo reconocer, nobleza obliga, que al menos en UNA oportunidad he contribuido con la propalación de una falacia, sin mala intención, y tal vez por apresuramiento.

 Creo recordar se me solicitó, en ese entonces, una consideración acerca de la vejez que tal vez hubiera ameritado en ese momento mi silencio.

 Yo me enredé opinando, quizá por arrogante, en reflexiones filosóficas, proyectándome imaginariamente hacia esa abstracción que era en aquel momento para mí la “ancianidad”...

 

Con respecto a ella relaté un embrollo que insuflaba esperanza. Hablé de las oportunidades que ofrecía y también del aspecto positivo y bla bla.. todas las especulaciones que, desde mi visión de joven, se me pudieran haber ocurrido fueron vertidas.

 ¡Puras patrañas!

 En verdad, lo hice de buena fe... y pido disculpas.

 Porque resulta que hoy, inmerso en la tan mentada “ancianidad”, debo rogarles que desestimen mi opinión de entonces, y -a modo de fe de erratas- declaro: ¡Volverse viejo, es contemplar a diario, una ruina en un espejo!... He dicho.” —dijo.

Se cuenta que, luego de ello, don Lucio descendió del banquito que utilizara para su discurso, agradeciendo por su deferencia a las vetustas paredes del salón de actos del otrora glorioso y hoy ruinoso club Neptunia, mudos testigos del solemne acto

lunes, 30 de agosto de 2021

El suicida dubitativo

 

“La alarma del despertador me devuelve al mundo real, interrumpiendo un sueño que, como de costumbre, en cuanto abra mis ojos, ya no recordaré.

  Como una serpiente infalible, mi brazo izquierdo, emerge sigiloso de entre las sábanas y se dispara hacia el estridente mecanismo, acallándolo tras un único y certero intento.

 Ya en la ducha, mientras me afeito de memoria prescindiendo del espejo, resuelvo que lo mejor será suicidarme. Y lo haré, pero no en este momento. Antes, deberé planear todo como para que parezca un accidente”.

 

 Ernesto levantó la vista interrumpiendo la lectura. El advertirse sutilmente identificado con el protagonista del melodrama le causó alguna inquietud. Como éste, había llegado a considerar su existencia como una agobiante prisión, vislumbrando en el suicidio, una puerta de escape. La potestad de abrir esa puerta cuando él lo deseara, le produjo una sensación de poder y serenidad.
 
 Hizo a un lado el libro y trató de poner en orden su turbada imaginación. Para ello, dedicó un largo rato en repasar esa larga lista de obstáculos que le impedían considerarse a sí mismo como una persona feliz.
  Pudo razonar que, observándolo desde una perspectiva menos dramática, el pavimento mismo de ese sendero que lo condujo hasta los umbrales de la infelicidad, estaba constituido por una simple serie de escollos que, para otro, podrían representarse como triviales. Descubrir su propia ineptitud para resolverlos, fue ciertamente devastador. 

 Entonces, juzgó que no era vida el vivir de esa manera y pidió a Dios, casi por rutina y sin mucha convicción en ser escuchado, que se la arrebatara. 

Esperó pacientemente que ello sucediera hasta que decidió tomar cartas en el asunto. Para ello debería elaborar un plan, porque no era cosa de suicidarse así nomás, dado en que no había ningún apuro. Por un lado, no deseaba que nadie cargara con el estigma de tener un suicidado en la familia. No vaya a ser que lo recordaran con desprecio al considerar su determinación como un acto de cobardía. Faltaba más, pensó… ¡cobarde y suicida!

  Tendría que ser cuidadoso y su plan no debería dejar ningún cabo suelto. Porque eso de dejar culpa como parte del legado… ¡ni loco! 
 Contempló sucesivamente, la posibilidad de fingir un tropiezo al paso de un colectivo, o resbalar de un andén y caer bajo las ruedas de un tren, simulando así un accidente. También la de arrojarse por el hueco del ascensor del edificio de la empresa en la que trabajaba. Sería visto como un accidente laboral, pensó. 

Asumiendo su cobardía, desechó cada una de esas posibilidades, con cierto horror. Y, quizá, hasta por una cuestión estética, pues el espectáculo de su cadáver desmembrado no tenía cabida en sus planes. 

 En los días siguientes, adquirió la costumbre de dar breves paseos al aire libre, en búsqueda de inspiración para resolver su asunto. Y fue de esa manera, caminando, donde también halló el modo: caminar… 

 Recordó haber leído que, con el objeto de enmascarar una política de exterminio, algunos genocidas diseñaron en el pasado un método de caminatas interminables rumbo a ningún lado, cuyo único objetivo era la muerte por agotamiento de los caminantes. Tal vez, si como ellos marchara sin descanso, su desgastado físico, producto de años de sedentarismo y malsanos hábitos, colapsaría. Sería considerado, paradójicamente, como otra víctima más de la saludable práctica de caminar. ¡Al fin lo había encontrado! 
 Comenzó a caminar y caminar, satisfecho en su determinación. Pero en el momento en que la suerte pareció sonreírle (o la muerte guiñarle un ojo), comenzó a recordar con nostalgia, que había tenido épocas mejores. ¿Estaría listo en realidad para despedirse de la vida?
 Por primera vez en todo ese tiempo, se permitió dudarlo. ¿Y si sólo se tratase de aguardar y ver cómo se acomoda todo por sí solo? ¿Por qué no intentar otros caminos? ¿Para qué el apuro? 
 ¡Tal vez fuera una gran oportunidad para modificar su vida! ¡Quizá aún tenía tiempo de barajar y dar de nuevo! Contaba con el cariño de sus familiares, que no era poco, para que valiera la pena el intentarlo… ¡Y el afecto y consideración de amigos y vecinos! Eufórico y súbitamente esperanzado, reflexionaría sobre ello. …
 
La caminata había sido esta vez, desacostumbradamente larga. Algo fatigado y muy emocionado por esa especie de revelación, decidió ir a su casa a descansar. 

 Pero justo en ese instante, allá arriba, la eficiente burocracia del tribunal celestial aceptaba, sin más trámite y con fallo a favor, el apurado y ya olvidado reclamo del Sr Ernesto. La inmediata ejecución del veredicto, simplificó en un todo su desvelado proyecto, y puso final, por los siglos de los siglos a su indecisión.

domingo, 29 de agosto de 2021

Tus razones y las mías.

 

-¡¿La bolsa o la vida?!... 

— Le pido disculpas señor, porque sé que tal vez estas no sean maneras a las que usted esté acostumbrado —dijo el bandolero.

 —Pero deberá comprender caballero que, en estos tiempos que corren, algunos no tenemos otra posibilidad que dejar la cortesía de lado e ir al grano de la cuestión.
—Si no fuera por la situación desesperada por la que está atravesando mi gente, jamás me atrevería a hacerle de forma tan descarada, este requerimiento.
—Mis vecinos, y también yo, somos humildes y estamos acostumbrados a ganar nuestro pan trabajando, pero el hambre y la peste nos están diezmando.
—Si bien las autoridades nos han ofrecido ayuda, ésta ha sido insuficiente y nos ha dejado en situación de elegir entre la peste y el hambre, y ya sabemos hacia dónde nos conducen ambos senderos.
—También hemos sido advertidos por ellas que (por nuestro bien), no habremos de tomar decisiones descabelladas que nos lleven a realizar actos como éste que estoy ahora cometiendo. 

 —¡El atrevido enmascarado, me espetaba su insolente discurso tras interrumpir mi habitual paseo por mi latifundio!

—Y el interminable bla bla, que yo oía algo distorsionado debido al pañuelo que le cubría la cara, en principio (debo admitir), me produjo cierta empatía. Pero él era él, y yo era yo.
—En fin, señor. Allí me encontraba, ante esa injusta y decisiva disyuntiva.
  —¿Qué otra decisión pude haber tomado yo, como caballero que soy, que la correcta? 

 Así protestaba el ánima del acaudalado terrateniente, exhibiendo aún la flecha clavada en el medio de su pétreo corazón, explicando sus razones frente a las puertas del paraíso que, inexplicablemente, permanecían clausuradas para él.

sábado, 28 de agosto de 2021

Perspectivas

 

Amos se sintió intrigado por el nuevo color que irrumpió en el objeto al que él, coloquialmente, llamaba “mi piedra”.

La había amasado con un poco de esto y un poco de aquello y, tras haberle dado una forma redondeada, la había dejado en reposo para que pudiera solidificar. Luego de ello, musitó una de sus frases favoritas: “a esperar y ver qué pasa”.

Cuando consideró que ya se había endurecido lo suficiente como para poder manipularla, la tomó en su mano y la apoyó sobre un anaquel de su taller de orfebre, junto a las otras piedras, y echó una mirada al conjunto.

 La nueva bolita resaltaba entre las otras. Sobre el color azul original de su masa aglutinaban zonas de un verde dominante, y, desperdigadas sobre éstas, algunas manchas amarillas, producto quizá de una falta de esmero en el proceso de compactación.

—No me gusta, ni me deja de gustar —pensó, antes de ir a tomar una siesta.

 Algunas cosas extrañas acontecieron en la piedrita de Amos, mientras éste … dormía.

viernes, 27 de agosto de 2021

Maravilloso viaje (Low Cost)

 

Mientras reposo a bordo de mi hamaca paraguaya, me enfrento cara a cara (es una forma de decir), con el dedo gordo de mi pie derecho, que emerge liberado por el agujero que laboriosamente logró realizar a través del calcetín.

—¿Qué hacés ahí? —le pregunto sin sobresalto. Y ante su (obviamente) nula respuesta, opto por concentrarme en leer detenidamente las recomendaciones para el correcto uso de mi prodigioso dispositivo de realidad virtual (recientemente adquirido), que son las siguientes:

“Ubíquese usted, preferentemente de cara al tibio sol que se le ofrece en este día de otoño.”

 “Una vez que usted cierre sus ojos con los párpados relajados, verá una especie de pantalla de un color naranja suave.”

 “No encontrará en ella, menú alguno que le indique cómo comenzar la sesión, pero seguramente, su imaginación de niño (si es que aún la conserva), le indicará el cómo.”

 “Si usted ha logrado iniciar la sesión, recuerde llevar consigo al mentado niño imaginativo, ya que será indispensable su asistencia, pues sólo él tendrá acceso al menú “Opciones avanzadas”.

 “Desde allí deberá cliquear: Un viaje fabuloso por donde se te ocurra y como te plazca… Y ¡feliz viaje!”

NOTA: si usted, por alguna razón no logró cumplir lo requerido, podrá no obstante disfrutar del: hamaca paraguaya Basic mode… ¡Buen descanso

Un GPS del tiempo de Ñaupa

 

—Mire…, tome el tranvía 55 o el 23 (da igual porque los dos van por Boedo).

 Al cruzar la avenida Garay, váyase preparando y toque la campanilla porque la próxima parada es Salcedo.

 Ahí, mirando para su derecha (por Salcedo), bien al fondo… va a ver la cancha de San Lorenzo. Vaya hacia ella, y recorra esa cuadra cortita que lo separa de la calle Colombres.

 Al cruzar ésta, va a ver que hay un almacén (donde una vez me tuve que comer los mocos por hacerme el cancherito con los pibes que estaban sentados en el mármol del umbral).

 Siga y a mitad de cuadra, por la vereda de enfrente, va a ver la panadería en donde mi vieja compra las facturas los domingos.

 Mientras se acerca a la esquina de Castro Barros, que es la próxima calle, se va a encontrar con que, en una de sus ochavas, hay un barcito con ventanales de esos que se levantan como guillotina.

 Déjese llevar por su curiosidad y podrá espiar (como hago yo), a los habitués de la tardecita, fumando y charlando de fútbol o de carreras de caballos, …y dígame si no le dan ganas de arrimarse al mostrador y apurar una ginebrita o una caña, como a veces hace mi viejo cuando viene del laburo.

 Luego (siempre por Salcedo para el lado de la cancha), verá la librería de Chinchirubano (no me pregunte por qué la llaman así, porque no tengo idea), bueno… ahí yo compro las cosas que me piden en el colegio: cuadernos, las plumas cucharita y cucharón y el papel secante… si no sabe para qué son, después le explico.

 Esa librería la atiende una viejita de modos muy cuidados, que al principio me parecía medio antipática pero que al final… hasta me fía cuando voy sin plata a comprar el papel para hacer barriletes o la goma para fabricarme la gomera. Ah, también le compro el hilo para remontar el barrilete y los cigarrillos sin filtro que fuma mi viejo.

 Bueno… siga un poco más y, va a ver que, por la vereda derecha, nace el pasaje Pereyra que es donde vive mi primo el Higinito que es un ángel de pibe, y mis tíos, don Higinio y doña Rosa y mi otra prima, Marina.

 Cruzando el pasaje, está la casa del chabón con el que una vez me agarré a piñas y tenía fama de pesado, pero bien que arrugó, bajando un montón de puntos a partir de eso. Jamón le llamaban al pibe, la verdad… no sé por qué.

 Por la vereda izquierda, están: la fábrica de escobas, la carnicería y, al llegar a la esquina de Castro, verá cómo están construyendo la casa de Quirini, de dos plantas (demasiado moderna para el barrio).

Al cruzar Castro tiene: el almacén de don Benito; luego de ella, la puerta particular del almacén por donde don Benito atiende los jueves (cuando los almacenes están obligados a cerrar sus puertas por el día del almacenero), luego la casa de doña Pascuala, en donde viven doña Carmen y su hija Leticia; la Pichina y su hijo Eduardito; el vidriero y no me acuerdo quiénes más.

 Luego viene la casa de los gorditos, después el portón de Damiano (don Roque y Doña teresa, Víctor, José, Carola, la Tilde, la Inés, la Lucy y estoy seguro que de alguno más que ahora no me acuerdo… quizá porque estoy viéndolo llegar a usted).

Bueno, desde aquí, va a tener que seguir solo, ya no se puede perder. Vaya hasta la cancha y busque la puerta que está por la calle Inclán, que es la primera a la derecha y va a encontrar al portero, que se llama don Ramón, y es mi tío.

Él lo va a dejar pasar como me deja a mí, para que pueda recorrer las instalaciones del Gasómetro en las tardes en que no hay fútbol y está desierto… cuando está sólo para uno. Bueno… disculpe que lo deje, pero es que recién me llamó mi vieja para que entre a lavarme las rodillas y a tomar la leche. ¡Chau, don!

jueves, 26 de agosto de 2021

Manifiesto de rebeldía.

 

Puedo pasearme en calzoncillos, o incluso en pelotas por mi casa, sin temor a que alguien me diga nada.

Puedo echarme a hacer una siestecita cuando me dé la gana, sin tener que dar explicaciones a nadie. Puedo fumar en la cama y liberar en un gesto de magnanimidad omnipotente a mis pedos, injustamente secuestrados sin culpa alguna, y no tener que soportar reproches ajenos por ello.

 Comer a cualquier hora si me place, y también bañarme, (o no hacerlo) si no tengo ganas.   Mirar la tele, o no. Escuchar la radio, o no. A cualquier hora y al volumen que yo quiera.

 Puedo jugar al solitario interminables partidas sin que nadie cuestione mi falta de voluntad ni haga consideraciones acerca del derroche de mi tiempo. ¡Mi vida es mi vida, y la vivo como quiero! ¡Todas esas cosas, y un sinfín de cosas más puedo hacer sin que a nadie moleste! No dependo de nadie, y nadie depende de mí.

Y si se me ocurriera, hasta podría esperar a la muerte, tranquilamente sentado en mi rincón favorito, y celebrar su llegada, al igual que un perro viejo y abandonado. Con la mirada triste, divagante… a la espera de un dueño que alguna vez hubiera tenido, pero ya no.

miércoles, 25 de agosto de 2021

El gato y el vikingo

 

Está ahí, cavando con sus propias manos un hoyo bajo la lluvia, poseído por la tristeza. No me es dado el presenciarlo, pero intuyo la escena.

 Él se atreve a llevar a cabo la épica ceremonia, sin prestar ninguna atención a las sugerencias mezquinas del razonamiento que le susurra: —Tranquilo… ya está, todo lo que hubieras podido hacer, lo has hecho—.

 Sólo después de haber acomodado mi cuerpo en una posición digna dentro del hueco y arrojar con sus manos tierra sobre mí; sólo después de murmurar para sí algunas palabras a modo de oración, dará por concluida su faena el dulce vikingo, el que fuera mi amo.

martes, 24 de agosto de 2021

Que hacer con un olmo viejo

 

—Iba yo paseando por la orilla del Duero, cuando vi a varias personas escudriñando un árbol, o mejor dicho, lo que quedaba en pie de él luego de haber sido alcanzado por un rayo tiempo atrás.

    Atrevido cómo era en aquel entonces, me acerqué al grupo y desde una distancia prudencial, pude observar a esa gente, y escuchar de paso lo que entre ellos se decían.

   Sin necesitar ser muy perspicaz, pude deducir que se trataban de un cura (porque llevaba sotana), de un leñador (por el hacha que portaba más que por la robustez de sus brazos), y a un carpintero (por los enseres que llevan los carpinteros, a saber: tenaza, martillo, un metro, y papel para garabatear con lápiz rústico sus torpes diseños).

  Un poco alejado del grupete, se hallaba también un mozo, que por las ropas que vestía me daba aspecto de notario, o más bien de leguleyo. Luego supe que era Antonio, un chaval con ínfulas de poeta, hijo de don Machado (o Demofilo el folclorista, para más datos).

   Y cerca de ellos, yo,… intentando pasar desapercibido; curioseando y escuchando los proyectos y cavilaciones de esa gente.

 —Vi cómo el leñador derribaba el árbol y transformaba en leña sus ramas, para luego, como si de una res se tratase, destazar su tronco y ofrecer los mejores cortes a sus clientes preferidos. —Desde acá y hasta acá —dijo el carpintero, a la par que señalaba—, sale la melena de su campana, señor cura. Y de este trozo grande me da para hacer el yugo de carreta que me han encargao. Del resto… sale buena leña y algún que otro palo para darles el uso que se desee. Y a usted, poeta —dijo con sarcasmo el carpintero dirigiéndose al chaval—, ¿hay alguna porción que le apetezca?

 —No, gracias —contestó tímidamente el leguleyo sin saber a ciencia cierta si debería darse por aludido. Solo me llevaré el recuerdo del olmo tal como era, y después veré que hago con él.

Y así, … abruptamente, como era su costumbre, terminó el relato mi abuelo a quien siempre me maravilló escuchar, no tanto por lo que decía (pues algunas cosas escapaban a mi comprensión), sino por cómo lo hacía, …ese señor de Castilla.

lunes, 23 de agosto de 2021

El tocadiscos se ha rendido.

 

Al regresar a mi mesa de trabajo verifiqué que todo lo que había sobre ella se hallara tal como lo había dejado por la noche, antes de haberme ido a dormir.

Y en ese barullo de partes dispersas que encontré sobre la mesa, descubrí la razón de por qué ese aparato, que hasta ayer intentaba reparar, ya no funcionará más.
   Simplemente se ha dejado morir, por no poder adaptarse a los tiempos que corren. Algo similar a lo que les sucede a algunas personas.
   Entiendo que esta teoría pueda parecer algo aventurada, pero quiero recordar que, sostener que la Tierra giraba, en un principio también lo fue.
   En lo que a mí concierne, siempre me he esforzado por concederles a los artefactos otra oportunidad antes de considerarlos un descarte. Tal vez lo haga, porque soy fruto de una época en la cual ellos, recién después de haber sido anhelados por largo tiempo, obtenían finalmente el derecho de ingresar a nuestra casa.
    En aquellos días, no estar provisto nuestro hogar de una heladera eléctrica, implicaba hacer una larga cola, diariamente, para comprar una barra de hielo y así poder conservar la carne y enfriar algunas bebidas por tan solo un rato.
   Un simple ventilador o una estufa a gas eran apreciados como una innovación, y realmente, nos facilitaban la existencia.

    Como ejemplo, les diré que aún tengo un vívido recuerdo del momento en que el televisor irrumpió en nuestra casa. Ese robusto y costoso aparato que hasta aquel momento concebíamos como un embuste de la ciencia ficción, fue recibido por mi familia con festejos, tal si fuera una tribu aclamando al mensajero de los dioses. Es que el servicio que a diario nos daban esos aparatos, compensaba con creces su costo y, por lo tanto, eran acogidos como dignos merecedores de nuestra consideración y buen trato.

   El aparato de radio era casi para nosotros como un pariente, aunque lejano. Nos traía noticias de otras partes; nos contaba de otros lugares y de sus maravillosos viajes, ya fueran ellos reales o inventados. Y si en algún momento, (quizá por añoranza) interrumpía sus relatos, bastaba una palmada para reconfortarle y continuar, tras su comprensible pausa, como si nada.

   Esos detalles y algunos otros más, me han llevado a deducir que los aparatos están dotados (aunque rudimentariamente) de algunos sentimientos.
   Debido a ello y a lo sensible que soy, es que me siento obligado (hasta emocionalmente) a ofrecer una nueva oportunidad de vida a los viejos aparatos. Y cuando, muy a las perdidas, me encuentro con uno de ellos que cansado de tanto trajinar me dice —¡basta ya! —por respeto, lo dejo ir. Asumo que ellos me entienden, y en eso fundo mi teoría.

   Claro que, abierto de mente como soy, acepto que alguien opine que esta perorata explicativa sea solo una coartada para disimular mi frustración por no haber podido arreglar este maldito tocadiscos… —¡Coños!

El señor Freud y la pareja en el zaguán.

 

Él: —Yo te amo

Ella: —Yo no.
Él: —¿Por qué?
Ella: —Porque no… y además, pienso que no es cierto que me ames.
Él: —¿Entonces, pensás que estoy mintiendo?
Ella: (silencio).
Él: —Contestáme.
Ella: (silencio).
Él: (Evidenciando por vez primera sus plebeyas raíces al hablar en capicúa) —Me estás poniendo nervioso, me estás poniendo.
Ella: (serena) —No creo que mientas. Sencillamente creo que no es a mí a quien ames en realidad…
Él: (interrumpiéndola) —¿Hasta cuándo vas a continuar con este juego?
Ella: (enigmática) —No es ningún juego. Es un fenómeno maravilloso que abre puertas… pensalo de esa manera.
Él: —¿Fenómeno?, ¿puertas?...
Ella: (continuando con el razonamiento) —sí, en el que se produce un desplazamiento y sustitución del sujeto amado.
Él: (atónito) ¡¡¿¿??!!...
Ella: (como un libro abierto) —Digamos también, que hay un error cronológico. Vos reeditás un  vínculo antiguo con otro, y lo vivís como actual y conmigo. Por eso digo que no me amás… amás a otra persona y en otro tiempo.

Él: (demostrando un total desconocimiento de la teoría sicoanalítica) —Flaca, ¡dejáme de joder!… ¡me pongo loco me pongo!… ¡Qué me venís a hablar de puertas! (le toca el cabello). Ella: —Las manos quietitas. (retomando la teoría) …las puertas en el sentido de que cuando éste fenómeno se manifiesta, está señalando la proxi-midad de un conflicto inconsciente; está emergiendo una situación reprimida que por fin podremos analizar.

Él: (acariciándole un hombro) —Reprimida… vos sí que sos una reprimida.
Ella: (canchera)… —Las manitos en el bolsillo. Vos estás repitiendo una situación no elaborada eficazmente. Por eso la repetición, a efectos de elaborarla.
Él: (manifiestamente deslumbrado, mimoso, tal vez caliente) —Mi amor, mirá como estoy. Vení, mamita… elaboremos juntos…
Ella: (con suficiencia, articulando con la teoría) —Edipo… Yocasta… ¿ves?… no soy tu mamita. Él: (ignorante total) —¿Vos casta? Más bien te parecés a mi tía Emilse, por lo brígida, digo.
Ella: (contra transfiriendo) —Y vos a mi tío Cholo, por lo baboso y calentón.

 

—Tomá pibe. —me dijo él. No dudé ni un instante; agarré las chirolas e hice mutis por el foro. La puerta del zaguán de la casa de Rita se cerró, y ya no pude escuchar más de lo que se decía con el Rubén, pero, aun pude ver a través de la opacidad del vidrio de la puerta cancel cómo dos siluetas, arrimándose a la pared, se transformaban en una sola.

 Al amparo de la oscuridad, los novios elaboraban la teoría (supuse en aquel momento) mientras me alejaba… contando mis monedas.

¿Qué fue de ellos?… Rubén puso una verdulería. Rita, abandonó sus estudios de psicología. Ella empezó a llamarlo “papi” a él. Él continuó llamándola “mami”. Se casaron y, creo, son felices. Recuerdo que para la fiesta de casamiento de ellos estrené mis primeros pantalones largos.

domingo, 22 de agosto de 2021

La realidad en la isla de Lérmano

 

—¿¡Cómo andás, hérmano!?

Sí, hérmano (con acento en la e), era el acostumbrado saludo con el que mi hermano me recibía, eliminando de cuajo cualquier vestigio de solemnidad que pudiera entorpecer nuestros esporádicos encuentros.

 Hérmano era música para mis oídos. Era su ofrenda de bienvenida en cuanto yo llegaba a su casa (o a su isla), como gustaba llamarla.

 Recuerdo que iba a visitarlo, generalmente los domingos por la mañana, casi por rutina, en la creencia inocente de que mi aporte semanal de compañía colaboraba para amortizar, aunque sea en pequeñas cuotas, su soledad.

 En una de esas visitas, en que tal vez mi alegría por vernos no hubiera sido tan eficaz como para borrar todo indicio de tristeza en mi semblante, fue que me preguntó:

—¿Qué te pasa, hérmano, que se te ve triste?

Su pregunta me hubiera sorprendido, si en ese momento yo no hubiese observado mi cara reflejada en ese espejo imaginario que todos poseemos.

 Y sí… algo de tristeza vi en ese momento, (además de cierto aire de estupidez que seguramente el bien intencionado de mi hermano prefirió soslayar).

  Y en cuanto empecé a hablar de la realidad, con claras intenciones de responsabilizarla por mi bajón, me di cuenta de que había metido la pata.

 Comenzó la cuenta regresiva, me dije, y esperé. —Ah, la realidad, ¡tan rotunda ella!, tan determinante! —pareció concordar mi hermano.

 Acto seguido, con su habitual elocuencia gritó, —¡me la paso por el forro a la realidad!

Entonces, como impulsado por un invisible resorte, saltó del sillón chueco en donde reposaba su copiosa humanidad, caminó hasta un ropero viejo y tras hurgar en un pequeño cofre, de esos que se usan para guardar las chucherías, volvió con algo en la mano.

 Ese algo, resultó ser una fotografía.

 —Mirá esta foto y contáme qué es lo que ves. —me dijo.

Yo le conté. —Ajá, yo veo lo mismo —coincidió.

 —Ahora, a partir de esta foto, vos podés hacer tu película; yo voy a hacer la mía, y después comparamos. La realidad no es más que una foto, y con ayuda de la imaginación podés hacer con ella la película que vos quieras.

 Y con fingida ternura me preguntó —¿entiendes, pequeño marmota?

 A lo que respondí (con fingido respeto) —sí, maestro.

 Nos reímos un rato mientras nos palmeábamos las espaldas.

 Después me invitó a quedarme a comer y como de costumbre, le dije que no. Me insistió hasta que me convenció y accedí a regañadientes.

 Se dirigió a la cocina y tras abrir una alacena desabastecida, puso a hervir agua en una cacerola ennegrecida de hollín y agregó un poco de esto y un poco de aquello, de lo escaso que disponía.

 Volvió, charlamos un poco más y luego se marchó a controlar como andaba todo.

—Ya está. —me gritó desde la cocina.

Volvió, esta vez con dos platos en los que se destacaban unos fideos soperos flotando en un turbio caldo, sobre los cuales desparramó una magra lluvia de queso rallado y me dijo socarronamente: —Comé tu plato de realidad.

Nos volvimos a reír y, por no despreciar, arremetí cuchara en mano contra esa modesta bazofia y después de probarla… —¡Alto guiso, hermano! —exclamé. Y era la pura verdad. Como también lo es que la vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Me lo confirmó mi hermano el mismo día en que le tocó entregar el equipo, en su última charla conmigo.

—Al final… era verdad aquello de que la vida es corta. Pero no hay queja. —me dijo—. Conmigo, se portó bien. Tuve la suerte de conocer a mucha gente buena, —y ahí, mencionó a unas cuantas personas, tales como mamá, sus hermanos (yo incluido), y a unos pocos conocidos.

 Después citó algunos recuerdos de gratos momentos, que me sorprendieron por su sencillez. —Mi vida ha sido buena —y—, chau, te quise mucho. —hubieran sido las últimas palabras que escuchara de él, si no hubiese sido que, antes de atravesar el umbral de la muerte con hidalga naturalidad, me hubiera guiñado un ojo mientras me susurraba… —¡Alto guiso, hérmano!

sábado, 21 de agosto de 2021

Desvelado y aburrido

 

Desde hace algún tiempo vengo yo lidiando con un sueño.

 En él, a pesar de mi esfuerzo en gritar pidiendo ayuda - tal vez por falta de ímpetu en mi voz-, solo logro emitir unos gorjeos, casi inaudibles.

 Es como si esas frases que a gritos me empeño en pronunciar, se disgregaran en palabras y éstas a su vez en letras que, cayendo una por una hacia el vacío, rebotaran durante unos segundos al costado de mi cama, produciendo un sonido similar al de unas fichitas cayendo. Este repiqueteo que me quita de la pesadilla, también me mantiene desvelado y aburrido hasta que amanece.

 Según me han dicho, se trata de un sueño recurrente y que no tengo nada qué temer.

 ¿Por qué habría de tener miedo si yo no creo en esas patrañas de que los sueños sean mensajes ni nada por el estilo? Sencillamente, lo que digo, es que no puedo volver a dormirme después de haber soñado, y entonces, me embarga el aburrimiento.

 Para remediar esta situación, he seguido obedientemente las recomendaciones de mis compañeros del internado, incitándome alternativamente a: Beber una copa de vino antes de ir a dormir; colocar una cebolla debajo de mi cama; cambiar la orientación de la misma; contar ovejas (y todas las variedades de animales de granja que me fuera posible imaginar); acostarme en ayunas; etcétera y… nada. Todo lo he intentado, y solo he recibido regaños por ello, debido a las incomodidades que he causado en la institución, según me dicen.

 El médico de aquí no tuvo ocurrencia mejor que darme pastillas, y como de costumbre y sin que él lo sepa, me he negado a tragarlas.

 Para no incomodar a nadie, es que he tomado la decisión de dejar en suspenso todo este barullo y que las cosas se acomoden solas, como frecuentemente sucede.

Quizá otra vez, de la nada, vuelva a aparecer esa joven menudita de guardapolvos azul que alguna vez se sentó al borde de mi cama a escuchar pacientemente mis letanías, y que, con curiosidad, rastreó hasta encontrar una a una, todas las fichitas caídas de mi sueño la noche anterior, dispersas debajo de mi cama. Recuerdo que durante algunas mañanas me acompañó, intentando en ese lío de letras, hallar las incógnitas palabras que suelo balbucear, y se ofreció a gritarlas por mí, en mis sueños, en caso de que fallara mi voz. Me dijeron que la han despedido, pero... quizá las hadas desconozcan las reglas de la burocracia.

jueves, 19 de agosto de 2021

Administrando lágrimas

 

Mientras observo a ese señor que descansa recostado en el pasto tras haber cargado por largo rato sobre sus hombros a un niño, creo adivinar hacia donde dirige sus pensamientos. No por tener dotes de mentalista, sino por ser baqueano y haber transitado por ese mismo sendero una y otra vez es que lo sé.

 Ese caballero intenta transcribir las sensaciones que su propia imaginación atribuye al pequeño, para asegurarse que queden a resguardo del olvido. Para ello, utiliza como instrumentos sus propias imágenes y acude a sus palabras de adulto para contextualizar la estampa.

 “Desde aquí se ve distinto. Al principio me dio un poco de miedito, pero enseguida se me pasó, y en cuanto me acostumbré, me di cuenta de que, hasta es mucho más cómodo que andar caminando. Observo desde esta perspectiva a la gente que deambula a mi alrededor, y siento cierta sensación de superioridad con respecto a ella. No por una actitud egoísta; simplemente me gratifica, y ello forma parte del encanto de esta experiencia. ¡Nadie es más alto que yo! Me siento poderoso y feliz…”

 Creer que un niño experimente esas vivencias, es factible, pero utilizar esas palabras para expresarlas, le diría que es… casi imposible. Me salgo de la vaina por avisarle que cese de malgastar su tiempo fabricando recuerdos, que no son tales. En advertirle que está sembrando el germen de una “saudade” que, en unos años, obedientemente acudirá a su evocación.

 Le sugeriría a mi ignoto amigo, que debiera abocarse a almacenar sus propias emociones del día de hoy, para asegurarse que sus nostalgias futuras sean certificables.

Y de paso, economizar esas lagrimillas que en vano hubiera derramado, para cuando la circunstancia lo amerite, pues le aseguro que no va a faltar la ocasión. Pero no soy quien, para sugerir nada.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Aquel chambón del futuro

 

   Era muy temprano cuando un diluvio de volantes, arrojados tal vez desde una avioneta tapizó de blanco las calles y los tejados del caserío. De haber existido en este pueblo de perezosos algún madrugador, seguramente hubiera confundido al panorama que se presentaba ante sus ojos, con los rastros de una nevada.

  Rato después, el viento matinal se encargó de borrar ese espejismo del cual nunca nadie pudo dar testimonio, pues todos durmieron hasta poco antes del mediodía. Fue recién en ese momento cuando, quizá por prevención, el único gallo que permanecía aún con vida en el poblado, se animó a cantar.

  Avanzada ya la tarde, cada uno de los vecinos tuvo en su poder varios de esos volantes cuyo texto no se recuerda con exactitud. Ni siquiera en el museo del pueblo, donde se preservan algunos originales, se logra hallar precisión de ello, en razón del deterioro que presentan. Solo una vaga trasmisión oral de lo sucedido, que es diferente de acuerdo a quien lo relate, nos queda para explicar cómo este pueblo, alguna vez rebosante de prosperidad, presenta hoy tal estado de decadencia.

—Algunos dicen que se trataba de una propaganda política, otros, que era una especie de teoría conspiratoria y muchos, la verdad... no le dieron bolilla y siguieron como si nada, jugando con sus jueguitos —me dijo don Bagual.

 —Por mi parte, elijo relatar una mezcla de las tantas versiones que me han llegado, no por ser la más creíble, sino por simple preferencia. Cuestión de gustos… como ocurre con la música o los postres.

  - Resulta, que lo de los papelitos era un mensaje proveniente del futuro, que tal vez, debido a un error de cálculo, llegó a destiempo… eso es lo que supongo, porque contenía una advertencia sobre algo que iba a pasar, cuando en realidad, ello ya había sucedido.

 - Nos daba charla sobre la modernidad, asumiendo que ésta aún no habría echado pie en estos parajes y nos anoticiaba que en cuanto ella llegara iba a intentar como todo conquistador, cautivarnos con sus espejitos de colores, y que en verdad, no estaría nada mal disfrutar de sus beneficios. Pero... ¡stiamo atentti! (como dicen los tanos), pues a cambio de dichos beneficios, deberíamos estar dispuestos a afrontar algunos costos, porque muy pocas cosas son gratis, ¿sabe?, y gozar de la modernidad, no es una de ellas.

- También nos advertía de muchas otras cosas, carentes de relevancia a esas alturas, porque ya era tarde y habían ocurrido.

 Fue como leer un diario viejo o una profecía ya cumplida, más que una advertencia. ¡Todo por culpa de un desfasaje en el tiempo...! Todo, porque algún chambón del futuro, hizo un mal cálculo o apretó un botón equivocado nos llegó tarde el aviso, porque ya habíamos reemplazado nuestras viejas costumbres, por otras. Nuestra educación, buenas maneras, respeto, amistad genuina… ¿En dónde están?, ¿adónde se han ido? (como dice el tango)... Al olvido. Junto con la siesta, la contemplación de los atardeceres, el juego de naipes con amigos y tantas otras cosas. Pero discúlpeme, que... un poco por la pena y otro poco por no aburrirle, preferiría no continuar con esta retahila. Al fin de cuentas, poco podemos hacer. Sólo armarnos de paciencia. Si hasta moler a palos a los gallos madrugadores parece que se ha hecho costumbre en este pueblo de abombados.

domingo, 15 de agosto de 2021

Pizza delivery

 

Otra vez me tocó a mí llevarle la pizza al gordo de acá a la vuelta. De la propina mejor me olvido. Pero, de todas formas, cuando voy, no lo hago con bronca, porque me recibe con amabilidad, y encima, me hace cagar de risa.

 El otro día cuando fui, me dijo: —¡Menos mal que llegaste, pibe…, si llegabas a tardar un poco más, me comía al gato! —¡Tiene cada salida el chabón!... y después me despidió con un “¡Gracias, pibe… cuidate!”

 El asunto, es medio… un embrollo. Porque el patrón, como tengo rota la bici, me hace la gauchada, (si es que me animo a laburar a pata) de darme las entregas que quedan cerquita de la pizzería. Después viene la parte en que los clientes calculan que, como es cerquita… ¡minga de propina! Y como yo no tengo un sueldo y laburo sólo por la propina, estoy en problemas. Porque para arreglar la bici, necesito plata. Y como no consigo plata, no puedo mandar a arreglar la bici. Es… ¿cómo es que le dicen?… un círculo vicioso.

 Volviendo al tema del gordo… una vez, cuando le fui a hacer una entrega, me abrió la puerta y me recibió enfundado en una especie de camisón en donde podrían caber catorce personas. Me moría de la risa por dentro, pero puse cara de nada, por respeto, porque es el único cliente que por lo menos, aparenta fijarse en mí como persona. Para todos los demás, parezco ser como transparente. Pero debe ser una cosa mía, nada más, debo estar… ¿Cómo es que le dicen?… obsesionado.

 Dentro de todo, menos mal que ahora, cuando llego a casa, mi vieja ni me pregunta si traje plata, como hacía antes. Me recibe con un beso y me abraza… como si hiciera un montón de tiempo que no me viera, y después sigue con lo suyo, como quien no quiere la cosa. Lo hace para no mortificarme, pobre. Y si llego a ser yo el que pone el tema sobre la mesa, me para en seco y me dice —¡sos demasiado chico para ocuparte de esas cuestiones! —Ahí es cuando a veces, me miro y me miro… en el espejo del comedor, y veo mi reflejo. Por lo menos, me veo. Seré chiquito, pero no transparente.

 Yo sé que no tengo la culpa de que mi viejo se haya muerto, y que él tampoco. Pero se podría haber aguantado un tiempo más… hasta que yo fuera un poco más grande. Hay días, en que pienso que me gustaría desaparecer, o mejor… no haber nacido. Pero disimulo, y hago como que no sintiera nada de eso. Pongo mi cara de distraído y ando como que estoy boludeando por ahí, para que nadie se dé cuenta que estoy triste, porque la tristeza es contagiosa. Mientras, voy todos los días a laburar a la pizzería, aunque sea gratis, porque sé que por lo menos, con mi vieja nos ahorramos el morfi, ya que el 15 patrón, cuando cierra por las noches, me hace un flor de paquete con comida que sobró, para que traiga a casa. Algo es algo. Aprovecho porque así van pasando los días y yo voy creciendo, aunque sea de a poquito. Llego temprano y ayudo un poco con la limpieza del local, porque… al laburo hay que cuidarlo. Y mientras paso el escobillón, estoy atento por si gritan “¡el gordo pidió delivery!”. ¡Ahí sí que voy como un cohete para hacerle la entrega! Porque, resulta que el otro día, me puse a charlar con él y, entre pitos y flautas, terminé contándole qué es lo que anda pasando por mi cabeza. Entonces, yo veía que el tipo me escuchaba, y me escuchaba… hasta que de repente, como un loco, me agarró del cogote y me dijo: —mirá pibe… primero, me traés la bici, que yo te la voy a arreglar. Segundo, si yo me entero que andás necesitando plata, antes de mandarte una cagada, como suelen decir ahora los pendejos, venís y me pedís prestado. Y tercero, si no hacés esto que te estoy diciendo y te llegás a borrar… y no me traés la pizza cuando yo la pida, te juro que voy al boliche donde laburás y te recontracago a patadas delante de todos. ¡Mañana, te me venís con la pizza en una mano y con la bici rota en la otra! ¿Capisci? ¿Qué es eso de andar haciendo preocupar a su madre? ¡Camine a cucha!— me dijo con esa gloriosa voz de trueno que tiene, mientras me daba un manotazo en la cabeza

sábado, 14 de agosto de 2021

Primavera marciana

 Me encanta debatir con el marciano.

 Hace días que no lo veo, cosa que me extraña, porque al igual que yo, él también es habitué de esta plaza. Aquí fue donde nos conocimos hace algunos meses.

 El último día que lo vi, fue cuando me topé con él mientras ambos recorríamos en sentido inverso, el estrecho sendero que bordea las vías del tren, cercano a la plaza, e intercambiamos un distraído saludo de cortesía.

 Espero que no esté molesto conmigo, porque, a pesar de que hace poco que lo conozco, tengo un gran afecto por él. No me gustaría que, por un simple malentendido, se arruine nuestra incipiente amistad.

 Debo reconocer que el día que lo conocí el tipo me pareció raro. Pero, si nos detenemos a pensarlo, todos somos un poco raros a la vista de los demás.

 Fue un día, a mediados de setiembre, cuando lo vi por primera vez. Él estaba parado en un lugar concurrido, en lo que vendría a ser el centro de la plaza, observando atentamente el cielo, mientras protegía sus ojos con una mano a modo de visera, para evitar que el sol lo encandilara.

 Las personas que le pasaban cerca, movidas por la curiosidad, hacían lo mismo, solo que, al no saber qué buscar, rápidamente perdían el interés.

 Como quien no quiere la cosa, me le acerqué con disimulo, y lo imité. Misma postura, misma atención. Así estuvimos por un rato, prácticamente codo a codo, hasta que no aguanté más, y le dije: —¿se puede saber qué corno es lo que buscamos? —A las golondrinas— me contestó. —A esta altura del año, ya tendrían que haber llegado, ¿no le parece?—. Sin saber qué decir, asentí con la cabeza, y por un rato, me quedé haciéndole compañía, por las dudas… en preventivo silencio. Después, saludé y me fui. A los locos es preferible llevarle la corriente, pensé, mientras volvía a casa.

 Un par de días después, lo volví a encontrar. Yo estaba sentado en un banco de la plaza, inmerso en una de esas vagas meditaciones que suelo hacer, y, como en un juego de intercambio de roles, se sentó a mi lado, sin decir palabra, tal como yo lo había hecho la vez pasada. Se puso a observar hacia donde apuntaba mi mirada, calladito como un mudo. 

Transcurrido un rato, me hizo la misma pregunta que yo le había hecho aquella vez, y espontáneamente, nos echamos a reír. Luego, estuvimos conversando durante un rato; un poco de esto y un poco de aquello… evaluándonos.

 A estas alturas, cualquier especulación que pudiera haber tenido yo, respecto a su salud mental, se había disipado. No solo no era un loquito, sino que era, además, un excelente conversador.

 Con los días nuestros encuentros se volvieron cotidianos, y nuestras charlas casuales de los primeros días devinieron en verdaderos debates debido, a mi entender, a su exasperante búsqueda de la objetividad. Ninguna opinión era aceptada, sin antes pasar por el escrutinio de todos los puntos de vista posibles.

 A veces, aún después de haber coincidido conmigo en mis opiniones, él arrancaba con esa historia de los puntos de vista y le daba otra vuelta al asunto.

 Fue en una de esas ocasiones, cuando le dije: —usted es muy “vueltero”, don.

 Él, tras pensar un momento me replicó: —mire, amigo… si a usted le alcanza, lo dejamos ahí. Pero le anoticio que a mí me gusta aprender algo todos los días. Porque, si ambos estamos de acuerdo en que, por ejemplo, “la araña que me picó, es un mal bicho del que hay que cuidarse”, no habré aprendido nada nuevo, ya lo sabía desde antes. Pero si, en cambio, busco investigar en el por qué me picó, tal vez logre un conocimiento que me sea útil en lo futuro. Para ello, aunque le parezca a usted una pavada, intento pensar como lo haría la araña, para obtener otro punto de vista.

 Aún a regañadientes, debo asumir que su explicación, me dejó conforme.

 Pero un día en el que estábamos conversando acerca de todas las tropelías que viene haciendo la humanidad con el planeta, él me salió con el cuento de que nuestras opiniones no tenían ningún valor. —En cuanto humanos, todo lo analizamos desde nuestra lógica narcisista. Imagínese por un momento a, por ejemplo, a… a las hormigas, pensándose a sí mismas. ¿No cree usted que su discurso sería similar al de los humanos? ¿No podríamos suponer que su temperamento conquistador las haría pensar que un dios, inventado por ellas mismas, las ha elegido entre todas las especies, para valerse de las demás, y encima, para explotar hasta agotar los recursos de este mundo, como si les perteneciera? Sé que hicieron una película sobre ello, pero ustedes, lo han tomado como un divertimento, minimizando su contenido filosófico. Gastan fortunas en proyectar colonias en otros planetas, y no tienen la menor idea de cómo administrar lo que aún queda en este —. Y finalizó diciendo… —viejo, ustedes me hacen reír. —Ahí, fue cuando, divertido, se me ocurrió corregirle. —¿no debería decir nosotros?, ¿o usted es un marciano?

 El tipo se tomó un tiempo… luego se levantó del banco y, me preguntó: —¿se me nota? 

Después, se marchó, dejándome solo, inmerso en el modesto panorama de la plaza que, por un tiempo propició nuestros bizarros encuentros. Recién hoy, viendo cómo por fin van llegando las golondrinas, comienzo a extrañarlo.

viernes, 13 de agosto de 2021

Desencanto

 Ingresó al bar, y como de costumbre, eligió la mesa que está pegadita a una de las ventanas. 

Desde esa ubicación, en donde se percibe como incierto el límite entre el adentro y el afuera, le bastó un gesto para que el mozo pudiera interpretar qué es lo que debía servirle: el consabido café de todos los días.

 Mientras aguarda, extrae de un bolsillo interior de su gabán, un papel y, pacientemente, comienza a desdoblarlo como si se tratara del mapa de un tesoro, aunque sólo sea, por ahora, una hoja en blanco. Luego, mira hacia la calle a través del vidrio de la ventana, como quien busca algo. Es solo por costumbre, pues sabe que, si algún evento interesante sucediera afuera, difícilmente podría apreciarlo en detalle; un poco porque el vidrio está revestido por una sutil pátina de suciedad, y, además, porque se ha olvidado en casa los anteojos de ver de lejos.

 En cuanto escucha al mozo decirle familiarmente —sírvase lo suyo, don Modesto —hace a un lado el papel para que pueda apoyar el café y el vaso con agua sobre la mesa. Le sonríe al mozo, que interpreta esa actitud como un gesto de reconocimiento, aunque en realidad, no lo es. —El pobre, debe creer que “Modesto” es mi nombre —piensa, y por ello la sonrisa.

 Un primer sorbo del café, áspero y cálido, dispara de forma misteriosa, el recuerdo de aquella fútil promesa hecha hace tantos años, y que fuera origen de su apodo. “El día que cumpla los dieciocho, lo primero que voy a hacer es ir al ‘paraíso’, sentarme a una de sus mesas y espiar como hice tantas veces, a través de sus ventanas. Pero esa vez, va a ser desde el lado de adentro”.

 Aquel austero deseo, anunciado con voz impostada a sus amigos de entonces —imberbes adolescentes como él— fue el origen de su sobrenombre. Desde ese día, comenzaron a llamarlo “el modesto”.

 —Bien merecido mi apodo —caviló, resignado. Sintió el rubor en sus mejillas al recordar la escena, aunque, de cierta forma se supo victorioso al haber sido el único que pudo ver realizado su deseo, pues, el mismísimo día en que cumplió los dieciocho, irrumpió en este bar, que aún conserva el ostentoso nombre de “El paraíso”, y que hoy lo cuenta entre sus selectos (es un decir), habitués. Bebió el último sorbo de café, ya tibio, plegó nuevamente el papel aún en blanco y saludó antes de irse, con un gesto que el mozo interpretaría como un… —hasta mañana.

jueves, 12 de agosto de 2021

Una cuestión de carisma

 

Una cuestión de carisma

 

Es una pena amigo, que no lo hayas podido ver. Siento la necesidad de contarlo y como últimamente ando escaso de auditorio, recurro a vos.

Tendrías razón si pensaras que lo hago por esa manía irrefrenable que tengo de andar fabricando historias sobre cualquier pavada que se me antoje. Pero también es mi manera de decirte lo mucho que se te extraña por aquí, loco querido.

Te cuento: el otro día, cuando ya tenía la mano acalambrada de tanto apretar el control remoto, después de andar remando entre los mil canales de la tele sin encontrar ni un mísero programa, decidí rendirme.

-Donde queda… queda-  me dije, y apreté el botoncito por última vez.  

Resulta que quedó en un programa en donde se veía a mucha gente sentada en las butacas de un inmenso teatro. Entonces, entre tanta gente la cámara eligió a uno, bastante veterano que, habrá sido actor alguna vez, porque lo que es hoy, no lo tengo en mis registros.

Lo enfocaban de adelante, de los costados, de arriba a abajo.

En cuanto se les ocurrió enfocarlo de cerca, vi que se le filtraban unas gotitas de transpiración por el maquillaje y me di cuenta de lo nervioso que debería sentirse el pobre.

No era para menos. Supongo que para él habrá sido un suplicio estar ahí, luciendo las mismas marcas que deja el tiempo en nosotros, el resto de los mortales.

Pero no; el viejo terminó sacando pecho y enfiló rumbo al escenario donde lo aguardaba el premio a su “trayectoria”, que viene a ser algo así como la jubilación.

Ahí, ni bien llegó, los presentadores comenzaron a hincharle las pelotas para que contara alguna hazaña de su “época dorada”. Entonces el tipo ese - al que yo le borraría de una trompada esa sonrisa socarrona de dientes perfectos - empezó con sus anécdotas y dale que dale… no terminaba nunca.

De repente, no aguanté más y, chapoteando en un charco de envidia, apagué la tele.

 

Vos te preguntarás porque corno te cuento esto.

Te lo cuento porque ver a ese tipo ahí, fue como ver cuando en la barra todos se apiñaban alrededor tuyo mientras, vos… dale que dale con tu chamuyar.   

A veces, me mirabas, con esa pinta de canchero que tenías, y me guiñabas un ojo como diciéndome: - relojeá como se hace –, y seguías divirtiéndote a lo grande.

¡Eras puro carisma, loco!

 

En cambio, yo …  ni bien se me ocurre citar, aunque sea la más mínima de mis proezas, me meto en un balurdo.

Veo la duda en las caras de los chabones que me escuchan y siento como si estuviera obligado a tener que mostrar mi carnet, solo por atreverme a decir que soy hincha de San Lorenzo. Me parece una exageración andar teniendo que presentar evidencias por cualquier pavada… me da bronca…pero es lo que hay.

Por eso, por pura bronca, últimamente, en cuanto veo algún intercambio de guiños o algo que me haga suponer que dudan lo que yo cuento, me cabreo y chau… aunque me insistan, cambio de tema y listo, a otra cosa.

A vos no te pasaba, porque tenías carisma de sobra. y eso se tiene, o no se tiene.

 

Y si te seguís preguntando todavía por qué te cuento esto… te explico.

Es porque se me encendió la lamparita y entonces, urgido por la situación, necesitaría tomar prestado un cacho de tu carisma.

Sólo tendrías que permitirme contar desde ahora mis historias, en tercera persona.

Te prometo que cada una comenzará así: “yo conocí a un tipo - al que le decían el loco -, que una vez… etcétera, etcétera.”

Con eso creo que sería más que suficiente, amigo. No va a faltar oportunidad para que te cuente como me fue, y de paso, devolverte lo prestado. Cara a cara y en primera persona… como corresponde.