Entre comer y fumar, prefirió esto último. La pobreza, si
algo te enseña, es a resignarte.
—Todo no se puede. —se dijo. Compró entonces
un paquete de cigarrillos y reservó las últimas monedas que le quedaban, para
el pasaje del colectivo que lo acercaría a casa. El resto del viaje lo haría a
pie.
Llevaba horas
deambulando por calles desconocidas, lejos de su barrio, en busca de una changa
que le permitiera volver a reconciliarse con eso de tener un peso en el
bolsillo. Y no la consiguió… tampoco esta vez.
Estaba cansado y le dolía la pierna mal curada
desde su caída de un andamio, hacía ya como tres meses. También le dolían sus
cincuenta y pico de años, y esa racha adversa que no aflojaba. —Mala pata
—pensó… y sonrió por su ocurrencia.
Esa costumbre de
reírse de sí mismo, producía el efecto de un pequeño recreo en su dificultoso
navegar a través de ese mar de los sargazos, llamado miseria.
Encontró la gorra
junto al cordón de la vereda, y sintió una modesta dicha, similar a la que
experimenta un veraneante al encontrar un caracol mientras pasea por la playa.
La recogió con cierto disimulo y ya con ella en su poder, pensó que su trajinar
no había sido del todo vano. Algo había conseguido… una gorra casi nueva, que
no hubiera podido comprar.
Recorrió una cuadra antes de calzársela. De
soslayo, se observó en el cristal de una vidriera, acomodó su melena encanecida
bajo la gorra y por alguna razón, presintió que un cambio en su suerte era
inminente. Esa gorra, presagiaba buena fortuna, pensó. Y además, le sentaba
bien.
Pero decidió al momento, que no sería para él.
Ese día, su hijo
cumplía seis años, y la gorra sería el obsequio que le haría su papá.
Seguramente luciría mejor en su cabecita de niño, y sería como un intercambio
de regalos, pues él, recibiría la gratificación de una sonrisa.
Estaba atardeciendo cuando llegó al final del
pavimento. Faltaba aún transitar cierto trecho del camino, que recorrería
esquivando charcos, aplicando al caminar, la experiencia adquirida durante su
crianza, jugando en las eternamente embarradas calles de su barrio… pisar
suave, planta del pie rígida.
“Jesús caminando
sobre el agua”- pensó. Y volvió a sonreír.
Antes de llegar a su
casa, deberá pasar, inevitablemente, por el frente del kiosco, donde se juntan
los “pibes bravos” del barrio para jugar al metegol y tomarse una cervecita; a
contar sus hazañas y dejar que las horas transcurran; a buscar camorra y pedir para otra cervecita y de vuelta a joder a la gente. Él, era la gente, a
veces.
—Che rengo, pagáte una birra —oyó que le
decían.
—¿Cómo que no tenés...? ¿Vos nunca tenés?
Uno de esos pibes,
tal vez el más bravo, le arrebató la gorra de la cabeza, y comenzó un ritual de
pasamanos, de burlas y empujones. La gorra de aquí para allá, en una ronda sin
fin, arribaría a su destino inexorable... Cambiar de dueño.
Se intuyó en ese
momento, como un toro viejo involucrado en una corrida cuyo propósito no fuera
la muerte sino la humillación. El espectáculo sólo concluiría cuando el toro,
exhausto o aturdido, perdiera el interés ante la estúpida provocación y lograse
salir del ruedo. El animal, ignorante de su papel, conservaría su orgullo
intacto.
—¿Tendrán orgullo los animales? Uno nunca sabe —reflexionó.
Mientras abandonaba el redondel, recordó que
siempre había deseado el triunfo del toro antes que el del matador. Y también,
que es inútil pedir piedad a quien se sabe de antemano, que no la tendrá.
Por eso prefirió irse
fingiendo desinterés, dejando atrás las hilachas de su orgullo.
Al llegar por fin a casa, se afirmó en el
alambrado de la entrada para limpiar el barro de sus zapatillas y, desde allí,
observó enternecido, cómo su mujer y su pequeño hijo, le hacían gestos de
bienvenida. Habrían pasado la
tarde, seguramente en la casilla del fondo, merendando con los abuelos, que aún
lo bancaban en estos malos tiempos.
Se tomó algo de
tiempo antes de entrar y miró sus manos. Las vio fuertes, ásperas y
encallecidas. Pero temblaban y estaban vacías.
¿Me trajiste algo, papi? Preguntó el niño
mientras se acercaba corriendo con los brazos extendidos hacia el abrazo.
Fue a su encuentro, y tras estrecharlo entre
los suyos, le contestó al oído con un susurro cálido y amoroso. —Si changuito,
te traje un regalo que te va a gustar. Ahora nomás te lo busco.
Dio vuelta sobre sus
pasos, y enfiló rengueando, hacia el kiosco.
Camino al ruedo, no descartó que quizá esa
tarde, sí habría una corrida. Tenía en claro que, no sólo la gorra estaba en
disputa.
Iba en reclamo,
además, de la oreja del torero.