viernes, 7 de junio de 2024

Carta (más o menos) abierta para ustedes saben quién.

 

De mi consideración:



Comenzaré diciendo que mi abuelo materno (un caballero) oriundo de “Castilla la vieja” como decía él, me inculcó ciertos principios que respeté a rajatabla y estoy satisfecho por ello.

Entre esos principios, destacaré solo uno, que es el que compete a esta ocasión.

Resulta que en cierta oportunidad mientras paseábamos por un lugar público, un señor contrariado por alguna circunstancia que no recuerdo, exclamó: -!me cago en diez¡- (expresión algo común en esa época), a lo que mi abuelo replicó, entre ofuscado y divertido...-y yo me cago en usted, caballero-.

Del patatín y el patatán que se produjo luego, mucho no me acuerdo.

De lo que sí me acuerdo, es de la justificación que mi abuelo me brindó tras su extraña reacción, dado que nunca le había oído ofender a nadie.

“jamás te permitas cagarte en nadie, salvo en quien se cague en vos”.

-Diez es mi apellido- dijo mi abuelo. -Se han cagado en mí y por lo tanto me corresponde en contrapartida, ejercer tal derecho-


Tengo la edad que tendría mi abuelo en esa época y como saben, con la edad amengua el pudor, (entre otras cosas) pero hay tradiciones que debo observar.

Ya es tiempo de cagarme en todos los que últimamente se vienen cagando en mí.

Desde el que ostenta la más alta investidura (sin respetarla), hasta el último de sus obsecuentes bufones.

Me refiero a usted, hiena, que vaya a saber porqué se autopercibe León.

También a usted, percibida Pato por los demás con justa razón y a todo el zoologico libertario.

A la comparsa de narcisistas que los acompañan en esta gesta Brancaleonica...y a Vos, vocero

a veces, interpretador y justificador de los delirios de la hiena gorda de profusa papada, otras.

Sé que no debo meterme con los cuerpos de los demás pero sepan disculpar.

Las personas citadas ud supra me vienen cagando día a día, así que permítanme por esta vez un exhabruto.


!!ME CAGO EN TODOS USTEDES¡¡


Con todo el olor del mundo: Jubileitor.





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jueves, 30 de mayo de 2024

Embreados y emplumados




Hubo una ocasión en que una apacible aldea del sur, distinguida por la bondad de sus habitantes y la serenidad de sus días, vio amenazada su tranquilidad por la llegada de una pareja de astutos embaucadores, hermanos tal vez, que dominaban el arte del engaño.

El menor de ellos, tenía una lengua de plata capaz de vender hielo a los esquimales, mientras que la mayor, contaba con la habilidad de pasar desapercibida entre la multitud y unos dedos con destreza incomparable para el robo. Juntos, formaban una dupla temible y casi siempre infalible.

Ni bien llegados a la aldea, dieron en idear un plan para despojar a los inocentes habitantes de sus bienes más preciados. Mientras uno se presentaba como exitoso hombre de negocios y decía tener conocimientos de como atraer inversionistas al pueblo para hacerlo próspero, la otra, se infiltraba entre los ambiciosos del lugar, tentándolos con negocios extravagantes para obtener riqueza rápidamente.

Los embaucadores pronto ganaron la confianza de todos. Entre otras cosas, incentivaban a los aldeanos a volcar sus ahorros en un falso proyecto minero que auguraba riquezas inagotables.

Todo parecía ir acorde al plan de ese dúo hasta que un día, un anciano perspicaz, comenzó a sospechar de los timadores al notar la repentina celeridad con que éstos adquirían prestigio e influencias, a costa de la ingenuidad de sus vecinos.

Analizándolo atentamente, halló algunas inconsistencias en el discurso de los hermanos y, con sagacidad, se acercó a ellos simulando estar interesado en sus proyectos. Ellos, confiados en su impunidad, le firmaron documentos que a la postre, resultaron falsos.

Ya con la evidencia en mano, el anciano reunió a los líderes del pueblo en secreto y les reveló la verdad.

La indignación de los aldeanos no se hizo esperar. Decididos a actuar rápidamente, antes que los hermanos pudieran escapar con su dinero, acordaron en darles un escarmiento.

A la mañana siguiente, mientras los embaucadores aún dormían en la posada local, fueron sacados bruscamente de sus camas, atados y llevados a la plaza del pueblo, donde se vieron rodeados por un grupo de aldeanos furiosos. Allí, antes de que pudieran explicar o intentar otro engaño, fueron (según se estilaba en esa época) cubiertos de brea y plumas como castigo por sus audacias, para luego ser expulsados de la región con una advertencia clara: si alguna vez volvían, les iría aún peor. Desenmascarados y humillados, los bribones abandonaron el pueblo para no regresar jamás.

El anciano los vio irse.

Emplumados y arrastrando los jirones de su ropa tras de si, semejando ser dos títeres en retirada. Miró hacia arriba y, quizá influenciado por su imaginación suspicaz, creyó vislumbrar en el contorno de una nube, la difusa imagen de un gran titiritero. 

domingo, 21 de abril de 2024

Del león y su presa tímida.




Últimamente he estado observando al gran depredador. Ahora mismo, lo estoy viendo.

Me acecha confiado desde la impunidad que le brinda su camuflaje y, aunque también él sea capaz de verme, su desprecio hacia mí hace que me torne invisible a sus ojos.

He ahí, una debilidad: su excesiva confianza.

Pero no debo descuidarme porque sé que un número grande de presas pequeñas pueden satisfacer el hambre, aunque sea por un rato, y el depredador también lo sabe.

No me resta más que esconderme y ser prudente para sobrevivir.

Ruego que la paciencia sea perdurable en mi colonia, porque algunos ya preguntan: ¿a que sabrá la carne de león?

martes, 30 de agosto de 2022

El día menos pensado. (cumbia para sordos)

 

 Hoy es un día especial

Un día muy particular.

 

El día más renombrado,

que se suponía

que no iba a llegar…

 

 para sorpresa de todos,

 se acaba de presentar.

¡Sorpresa! …

 

Llegó a la fiesta

el día menos pensado,

sin ser invitado

y sin ningún tipo de

credencial.

lógicamente,

como es de costumbre, según

protocolo y ceremonial,

le cerraron la puerta en la cara

diciendo:

Faltaba más.

 

¡qué falta se urbanidad!

Y que exceso de ingenuidad

No haber pensado

que el desfachatado

De cualquier manera

 se iba a colar.

 

Porque…

 

Cuando llega el día menos pensado

no existe manera

ni mala ni buena

de dejarlo afuera.

 

¡Es como si se le ocurriera

al invierno…

negar el ingreso

de la primavera!

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 9 de septiembre de 2021

El niño David

 

Ya se hizo de noche. La única lamparita sobreviviente, dibuja un redondel sobre los lustrosos adoquines de la bocacalle. Su modesta iluminación no logra sustraer de la penumbra al entorno, y solo alcanza para fascinar a los bichos nocturnos que golpean en vano contra ese cristal que los retrasa en el camino hacia su indescifrable quimera.

  Cerca de allí, sentado en el cordón de la vereda, al amparo de la oscuridad que su inefable gomera le ha proporcionado, acecha el" capitán media oreja", como a la espera de que suceda algo. La áspera corteza del árbol en la que descansa su espalda, pareciera no incomodarlo. 

   Desde ese puesto de observación vigila sus dominios mientras, como si estuviera lamiendo sus heridas invisibles, acaricia un pequeño colgajo con forma de poroto que la naturaleza ha dispuesto posicionar, en reemplazo de su oreja izquierda. Esa caprichosa malformación es el origen del sobrenombre por el que todos conocen al niño en el vecindario.

 Seguramente estos mortales que descansan ahora en sus casas aguardando la hora de ir a la cama, sean buenas personas que, con tan solo sospechar que ese ingenioso apodo actúa además como un recordatorio perpetuo y lacerante para el niño, no lo utilizarían. Pero ha pasado el tiempo suficiente para que se haya convertido en un calvario sin remedio pues no hay nadie ya que recuerde su verdadero nombre.

 

 En otro lugar del mundo, lejano en la distancia y el tiempo, Goliat abre sus ojos tras estar inconsciente por días. Instintivamente lleva una de sus manos a la frente tratando de ubicar el origen del dolor que ha interrumpido su apacible sueño. La mano se topa con la tela que cubre un chichón, que se insinúa majestuoso aun por debajo de ella, y su rostro expresa una mueca de alivio. Al fin de cuentas, el pequeño David no ha cumplido el rito de cortarle la cabeza. Al menos por esta vez.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El trofeo del toro viejo.

 

Entre comer y fumar, prefirió esto último. La pobreza, si algo te enseña, es a resignarte.

 —Todo no se puede. —se dijo. Compró entonces un paquete de cigarrillos y reservó las últimas monedas que le quedaban, para el pasaje del colectivo que lo acercaría a casa. El resto del viaje lo haría a pie.

 Llevaba horas deambulando por calles desconocidas, lejos de su barrio, en busca de una changa que le permitiera volver a reconciliarse con eso de tener un peso en el bolsillo. Y no la consiguió… tampoco esta vez.

 Estaba cansado y le dolía la pierna mal curada desde su caída de un andamio, hacía ya como tres meses. También le dolían sus cincuenta y pico de años, y esa racha adversa que no aflojaba. —Mala pata —pensó… y sonrió por su ocurrencia.

 Esa costumbre de reírse de sí mismo, producía el efecto de un pequeño recreo en su dificultoso navegar a través de ese mar de los sargazos, llamado miseria.

 Encontró la gorra junto al cordón de la vereda, y sintió una modesta dicha, similar a la que experimenta un veraneante al encontrar un caracol mientras pasea por la playa. La recogió con cierto disimulo y ya con ella en su poder, pensó que su trajinar no había sido del todo vano. Algo había conseguido… una gorra casi nueva, que no hubiera podido comprar.
  Recorrió una cuadra antes de calzársela. De soslayo, se observó en el cristal de una vidriera, acomodó su melena encanecida bajo la gorra y por alguna razón, presintió que un cambio en su suerte era inminente. Esa gorra, presagiaba buena fortuna, pensó. Y además, le sentaba bien.

 Pero decidió al momento, que no sería para él.
  Ese día, su hijo cumplía seis años, y la gorra sería el obsequio que le haría su papá. Seguramente luciría mejor en su cabecita de niño, y sería como un intercambio de regalos, pues él, recibiría la gratificación de una sonrisa.

 Estaba atardeciendo cuando llegó al final del pavimento. Faltaba aún transitar cierto trecho del camino, que recorrería esquivando charcos, aplicando al caminar, la experiencia adquirida durante su crianza, jugando en las eternamente embarradas calles de su barrio… pisar suave, planta del pie rígida.

 “Jesús caminando sobre el agua”- pensó. Y volvió a sonreír.

 Antes de llegar a su casa, deberá pasar, inevitablemente, por el frente del kiosco, donde se juntan los “pibes bravos” del barrio para jugar al metegol y tomarse una cervecita; a contar sus hazañas y dejar que las horas transcurran; a buscar camorra y pedir para otra cervecita y de vuelta a joder a la gente. Él, era la gente, a veces.

 —Che rengo, pagáte una birra —oyó que le decían.

 —¿Cómo que no tenés...? ¿Vos nunca tenés?

 Uno de esos pibes, tal vez el más bravo, le arrebató la gorra de la cabeza, y comenzó un ritual de pasamanos, de burlas y empujones. La gorra de aquí para allá, en una ronda sin fin, arribaría a su destino inexorable... Cambiar de dueño.

 Se intuyó en ese momento, como un toro viejo involucrado en una corrida cuyo propósito no fuera la muerte sino la humillación. El espectáculo sólo concluiría cuando el toro, exhausto o aturdido, perdiera el interés ante la estúpida provocación y lograse salir del ruedo. El animal, ignorante de su papel, conservaría su orgullo intacto.

—¿Tendrán orgullo los animales? Uno nunca sabe —reflexionó.

 Mientras abandonaba el redondel, recordó que siempre había deseado el triunfo del toro antes que el del matador. Y también, que es inútil pedir piedad a quien se sabe de antemano, que no la tendrá.

 Por eso prefirió irse fingiendo desinterés, dejando atrás las hilachas de su orgullo.

 Al llegar por fin a casa, se afirmó en el alambrado de la entrada para limpiar el barro de sus zapatillas y, desde allí, observó enternecido, cómo su mujer y su pequeño hijo, le hacían gestos de bienvenida. Habrían pasado la tarde, seguramente en la casilla del fondo, merendando con los abuelos, que aún lo bancaban en estos malos tiempos.

 Se tomó algo de tiempo antes de entrar y miró sus manos. Las vio fuertes, ásperas y encallecidas. Pero temblaban y estaban vacías.

 ¿Me trajiste algo, papi? Preguntó el niño mientras se acercaba corriendo con los brazos extendidos hacia el abrazo.

 Fue a su encuentro, y tras estrecharlo entre los suyos, le contestó al oído con un susurro cálido y amoroso. —Si changuito, te traje un regalo que te va a gustar. Ahora nomás te lo busco.

 Dio vuelta sobre sus pasos, y enfiló rengueando, hacia el kiosco.

 Camino al ruedo, no descartó que quizá esa tarde, sí habría una corrida. Tenía en claro que, no sólo la gorra estaba en disputa.

 Iba en reclamo, además, de la oreja del torero.

domingo, 5 de septiembre de 2021

El abrazo.

 

Cuando murió su gata Blondie, comprendió repentinamente lo mucho que iba a extrañarla, y anheló, con ingenuidad, la existencia de un paraíso perfecto donde poder volver a gozar de su compañía.

Aquel infausto día, lloró como nunca al advertir que ya no habría quien celebrara su cotidiano retorno a casa, y que en adelante debería transitar en rigurosa soledad el resto del camino. Luego, la bruma de la melancolía hizo lo suyo.

 Sentado en el patio de su casa, observa que la enredadera emergida hace tan solo unos días de la grieta de una baldosa tapiza ya de verde la descascarada pared donde se ha adherido e intenta ahora colonizar al yermo pasillo que conduce a la calle, concediendo una belleza agreste en su recorrido. Es tan veloz su crecimiento, que pareciera apreciarse a simple vista. Le maravilla esa manifestación de vida en una casa a punto de morir, tal como fueron muriendo uno a uno todos los seres queridos que junto a él la ocuparon, hasta dejarlo como solitario habitante.

 Esa casa, concebida en los albores del barrio para alojar a quienes no quisieran abandonarla, lo vio nacer, y en ella permanecería, obstinado, flotando en una emulsión de olvido hasta el día incierto en que ambos, simplemente se diluirían, sin dejar rastros de su existencia.

          *         *         *

 Era Nochebuena, y se levantó para ir a la cocina en busca de la sidra que había reservado para el brindis de medianoche. Regresó con ella en un balde con hielo y se acomodó apoyando su espalda en la medianera, cerca de la puerta, por donde se colaba una brisa fresca y agradable.

Allí, junto al verdor de la enredadera, algunos gratos recuerdos se hicieron presentes en forma desordenada e imprevista, como quien descubre antiguas fotografías olvidadas en un desván.   Entrecerrando los ojos, enumeró a sus fantasmas queridos seleccionando con esmero solo los instantes felices pasados junto a ellos y los recordó sonrientes, generosos, afectuosos. También se vio a sí mismo, en distintas etapas de la vida: Andando en triciclo por el patio… con los pibes de la barra… con su novia de la adolescencia… ¡A cuántas personas buenas había conocido a lo largo de su vida!, meditó. Por todos ellos brindaría esa noche.

 No es que no se hubiera dado cuenta de que los zarcillos se iban sujetado firmemente a él durante su momento de éxtasis, sino que, incapaz tal vez de rechazar un abrazo, prefirió no interferir.

 Debió esforzarse para descorchar la botella con una sola mano, sujetándola entre sus piernas, ya que su otro brazo estaba atorado en el follaje.

 Así, como pudo, llenó la copa, y justo a la medianoche, alzó su única mano libre, en solitario brindis.