jueves, 26 de septiembre de 2019

Pecado venial



No te sientas mal.
Al  fin de cuentas, todos hacemos,
quien más, quien menos,
las mismas cosas. Siempre fue igual.

La diferencia, es que te atraparon
justo a vos.
Y estas a punto de ser juzgado…
Solo  vos…

 Por ganar la rifa equivocada…
 por no saber
 que se rifaba.

Todos sabemos 
que es ventajoso
juzgar al otro.

Y que simulando
ser un cordero
se esconde el lobo.

Espero oír la voz poderosa invitando:
¿quién tira la primera piedra?
Desafiando:
¡A ver…! ¿quién tira la primera piedra?!
¿Quién es capaz de arrojárle al otro su propia mierda?
Y en vano, seguiré esperando…

Tené paciencia, porque…
Tal vez esquives el piedrazo,
tal vez, quizá ni te lo tiren…
 tal vez lo ligue yo
que no hice nada.
¡Hay!...quien pudiera saber
adonde va a caer
la piedra una vez
que fue lanzada!








Por descuidado.





Estoy buscando Por todos lados
un sueño que era mío y que perdí
Por descuidado, seguramente…
Lo habré dejado por ahí.

Y Pensar
que yo guardaba en mi placard
pilas de sueños…esperando
para estrenar…
en otro tiempo y otro lugar.

fue cuando la primavera
Nunca iba a terminar.
después el otoño llega
Y arruina el final.
De esa película que es
la vida...
suele pasar.

Hoy me pregunto porque
 Habré hecho espacio en mi placard.
quitando sueños, poniendo cosas
mas terrenales en su lugar.
Y  al final
no logro recordar
cuál era el sueño
Que perdí sin estrenar

viernes, 20 de septiembre de 2019

El tornillo que me falta





Desde hace unos días, estoy en busca de un tornillito de las siguientes características.
Lo describo, porque no sé cómo se llama técnicamente.
Es como un tornillito para madera, y en lugar de cabeza de tornillo, tiene un doblez en forma de aro, para que una vez atornillado en la madera quede a la vista únicamente el aro.
Luego de atornillado, en el arito se colgará a modo de adorno, esa campanita de lata cachuza que me regaló un día un aficionado a la pesca explicándome que se utiliza para pescar con caña y funciona de la siguiente manera: se arroja el sedal con su anzuelo y plomada; se clava la caña en la arena de la playa donde se esté practicando este deporte (pescar, no clavar cañas en la arena) y esperar tomándose una birra despatarrado y pensando en cualquier cosa que el pescador pensar quiera.

Cuando un pez muerde el anzuelo, se lleva un cagázo bárbaro por la sorpresa y entonces raja para el otro lado (el pez).
 Es aquí donde la magia de la técnica se desarrolla en todo su esplendor. El pescado tira… la campanita suena… y el vago salta. Lo demás no lo pienso describir porque sería tedioso enumerar las posibilidades de lo que  pudiera enganchar el anzuelo, aunque sí diré que me han contado anécdotas de todo tipo.
Bueno, el tema es que el valor en la ferretería de ese tornillo, es despreciable y ante el bochorno de andar describiendo el tornillito, explicar sucintamente para que lo voy a utilizar etc., seguramente el señor ferretero una vez atrapada la idea, me va a preguntar ¿Cuántos quiere? Y una de dos: o le pido una unidad y pregunto ¿Cuánto es?... y ahí está la situación tan temida.
No quiero que el pobre ferretero tenga malos pensamientos tales como: viejo miserable y la p… que te p…, ¡como mierda junto la guita para pagar el alquiler de esta ferretería de mierda que me tiene podrido junto con todos los clientes de mierda de este barrio de mierda y porque mierda no le hice caso a mi vieja cuando me decía que estudiara! etc. etc.
Yo soy un tipo comprensivo y pudoroso, de los que no abundan. Me gusta tomar todos los recaudos para no pasar y hacerles pasar malos ratos a nadie. Una vez vi una película de Darín que era ferretero y sacó a las puteadas de la ferretería a un señor de parecidas características a las mías, y medio que prefiero evitar situaciones como esa.
La otra posibilidad sería la de  comprar diez tornillitos de madera con un arito en la punta como el descripto ud supra, y guardar nueve para ocasiones similares posteriores (lo que sería un gasto innecesario y mi situación económica actual no me lo permite).
 La opción de cirujear en su búsqueda, es decir: fijarme por la calle a ver si encuentro alguno de casualidad,( porque no hay tampoco necesidad de que ese tornillito con argolla sea necesariamente nuevo para colgar una campanita de pescador que no vale un carajo y que la hubiera tirado a la mierda instantes después de habérseme sido obsequiada por ese pescador vago y borracho que me la encajó y me hace pensar en tantas pelotudeces), sigue vigente, aunque estoy medio desalentado, sobre todo porque mi visión carece ya de la posibilidad de distinguir ese famoso tornillito de cualquier cosa chiquitita plateada u oxidada que aparece en mi camino y ya estoy medio podrido de andar agachándome disimuladamente por la calle, fracasando…fracasando.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

En tu columna del haber





Lo que ves...
Lo que oís...
Lo que pensás...
El movimiento.
Los sonidos.
Los colores.
Los paisajes.
Las historias simples (y de las otras)
Tus pasos sobre la hierba
La lluvia que alguna vez te empapó
El amor que te deslumbró y se consumió.
Todas tus primeras veces en algo.
El asombro.
El desencanto.
Los recuerdos
Las alegrías y tristezas
Las despedidas
La esperanza del reencuentro en un paraíso perfecto...
Te alcanza o continúo?


Caminante, no hay camino






El viejo camina por la plaza. Imagina que está comprometido con el deporte;  que está corriendo poco menos que una maratón y la tensión de su rostro expresa lo que su cabeza cree.
Relojea su entorno y ve a la gente corriendo, trotando o caminando a paso ligero. Todos circulan inversamente al sentido de las agujas del reloj y él, adhiere a ese disciplinamiento.
Un joven de físico atlético se adelanta por la derecha, como corresponde, a una velocidad cercana a la de la luz. Entonces el viejo medita, evalúa, compara y entiende.
Retrocede un poco en el tiempo, cuando se imaginaba a sí mismo envejeciendo mirando el mar, tomando las cervezas que no había tomado de joven, echando panza sin culpa, jugando al tejo con otros viejos ociosos, (pescando no, porque los peces tienen sus derechos a envejecer serenamente) en fin, haciendo lo que suponía que hacían los viejos felices en ejercicio de sus funciones.
Y pensó: ¿Cuanto saldrá el pasaje para la costa?, mientras sacaba un pucho (de los antiguos) que había guardado para la ocasión.

El don.






Con su melena blanca y grasienta, barbudo y aterido, sentado en un umbral, está uno de esos tipos menesterosos a los que nadie pareciera ver. Un hombre invisible.
Aplicadamente, masajea sus pies desnudos en afán de darles calor y a su lado, unas zapatillas ruinosas hacen conjeturar su destino de desecho.
Yo lo veo, porque tengo el don.

Recuerdo de niño, haber visto a mi madre en ocasiones como esta, hurgar en su monedero y compartir su magro contenido con el necesitado. “Manos que no dais, ¿qué esperáis?” me decía luego, en tono admonitorio. Ella también tenía la gracia de ver a los invisibles.

 Invadido por su inspiración, introduzco sin vacilar mi mano en el bolsillo, agarro el único billete de diez pesos que me queda y camino decidido hacia el viejo.
 En el trayecto, nuestras miradas se encuentran.
Repentinamente, un grupo de escolares se interpone entorpeciendo mi recorrido y la precaria simbiosis creada se interrumpe. Es en ese momento que, con mi mano aún en el bolsillo aferrando el billete… vacilo y fugo.
Camino toda una cuadra reprochándome en voz baja: ¡¿porqué no puedo resistir  la tentación de ser  tan, pero tan miserable?!
Después… olvido.