jueves, 9 de septiembre de 2021

El niño David

 

Ya se hizo de noche. La única lamparita sobreviviente, dibuja un redondel sobre los lustrosos adoquines de la bocacalle. Su modesta iluminación no logra sustraer de la penumbra al entorno, y solo alcanza para fascinar a los bichos nocturnos que golpean en vano contra ese cristal que los retrasa en el camino hacia su indescifrable quimera.

  Cerca de allí, sentado en el cordón de la vereda, al amparo de la oscuridad que su inefable gomera le ha proporcionado, acecha el" capitán media oreja", como a la espera de que suceda algo. La áspera corteza del árbol en la que descansa su espalda, pareciera no incomodarlo. 

   Desde ese puesto de observación vigila sus dominios mientras, como si estuviera lamiendo sus heridas invisibles, acaricia un pequeño colgajo con forma de poroto que la naturaleza ha dispuesto posicionar, en reemplazo de su oreja izquierda. Esa caprichosa malformación es el origen del sobrenombre por el que todos conocen al niño en el vecindario.

 Seguramente estos mortales que descansan ahora en sus casas aguardando la hora de ir a la cama, sean buenas personas que, con tan solo sospechar que ese ingenioso apodo actúa además como un recordatorio perpetuo y lacerante para el niño, no lo utilizarían. Pero ha pasado el tiempo suficiente para que se haya convertido en un calvario sin remedio pues no hay nadie ya que recuerde su verdadero nombre.

 

 En otro lugar del mundo, lejano en la distancia y el tiempo, Goliat abre sus ojos tras estar inconsciente por días. Instintivamente lleva una de sus manos a la frente tratando de ubicar el origen del dolor que ha interrumpido su apacible sueño. La mano se topa con la tela que cubre un chichón, que se insinúa majestuoso aun por debajo de ella, y su rostro expresa una mueca de alivio. Al fin de cuentas, el pequeño David no ha cumplido el rito de cortarle la cabeza. Al menos por esta vez.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

El trofeo del toro viejo.

 

Entre comer y fumar, prefirió esto último. La pobreza, si algo te enseña, es a resignarte.

 —Todo no se puede. —se dijo. Compró entonces un paquete de cigarrillos y reservó las últimas monedas que le quedaban, para el pasaje del colectivo que lo acercaría a casa. El resto del viaje lo haría a pie.

 Llevaba horas deambulando por calles desconocidas, lejos de su barrio, en busca de una changa que le permitiera volver a reconciliarse con eso de tener un peso en el bolsillo. Y no la consiguió… tampoco esta vez.

 Estaba cansado y le dolía la pierna mal curada desde su caída de un andamio, hacía ya como tres meses. También le dolían sus cincuenta y pico de años, y esa racha adversa que no aflojaba. —Mala pata —pensó… y sonrió por su ocurrencia.

 Esa costumbre de reírse de sí mismo, producía el efecto de un pequeño recreo en su dificultoso navegar a través de ese mar de los sargazos, llamado miseria.

 Encontró la gorra junto al cordón de la vereda, y sintió una modesta dicha, similar a la que experimenta un veraneante al encontrar un caracol mientras pasea por la playa. La recogió con cierto disimulo y ya con ella en su poder, pensó que su trajinar no había sido del todo vano. Algo había conseguido… una gorra casi nueva, que no hubiera podido comprar.
  Recorrió una cuadra antes de calzársela. De soslayo, se observó en el cristal de una vidriera, acomodó su melena encanecida bajo la gorra y por alguna razón, presintió que un cambio en su suerte era inminente. Esa gorra, presagiaba buena fortuna, pensó. Y además, le sentaba bien.

 Pero decidió al momento, que no sería para él.
  Ese día, su hijo cumplía seis años, y la gorra sería el obsequio que le haría su papá. Seguramente luciría mejor en su cabecita de niño, y sería como un intercambio de regalos, pues él, recibiría la gratificación de una sonrisa.

 Estaba atardeciendo cuando llegó al final del pavimento. Faltaba aún transitar cierto trecho del camino, que recorrería esquivando charcos, aplicando al caminar, la experiencia adquirida durante su crianza, jugando en las eternamente embarradas calles de su barrio… pisar suave, planta del pie rígida.

 “Jesús caminando sobre el agua”- pensó. Y volvió a sonreír.

 Antes de llegar a su casa, deberá pasar, inevitablemente, por el frente del kiosco, donde se juntan los “pibes bravos” del barrio para jugar al metegol y tomarse una cervecita; a contar sus hazañas y dejar que las horas transcurran; a buscar camorra y pedir para otra cervecita y de vuelta a joder a la gente. Él, era la gente, a veces.

 —Che rengo, pagáte una birra —oyó que le decían.

 —¿Cómo que no tenés...? ¿Vos nunca tenés?

 Uno de esos pibes, tal vez el más bravo, le arrebató la gorra de la cabeza, y comenzó un ritual de pasamanos, de burlas y empujones. La gorra de aquí para allá, en una ronda sin fin, arribaría a su destino inexorable... Cambiar de dueño.

 Se intuyó en ese momento, como un toro viejo involucrado en una corrida cuyo propósito no fuera la muerte sino la humillación. El espectáculo sólo concluiría cuando el toro, exhausto o aturdido, perdiera el interés ante la estúpida provocación y lograse salir del ruedo. El animal, ignorante de su papel, conservaría su orgullo intacto.

—¿Tendrán orgullo los animales? Uno nunca sabe —reflexionó.

 Mientras abandonaba el redondel, recordó que siempre había deseado el triunfo del toro antes que el del matador. Y también, que es inútil pedir piedad a quien se sabe de antemano, que no la tendrá.

 Por eso prefirió irse fingiendo desinterés, dejando atrás las hilachas de su orgullo.

 Al llegar por fin a casa, se afirmó en el alambrado de la entrada para limpiar el barro de sus zapatillas y, desde allí, observó enternecido, cómo su mujer y su pequeño hijo, le hacían gestos de bienvenida. Habrían pasado la tarde, seguramente en la casilla del fondo, merendando con los abuelos, que aún lo bancaban en estos malos tiempos.

 Se tomó algo de tiempo antes de entrar y miró sus manos. Las vio fuertes, ásperas y encallecidas. Pero temblaban y estaban vacías.

 ¿Me trajiste algo, papi? Preguntó el niño mientras se acercaba corriendo con los brazos extendidos hacia el abrazo.

 Fue a su encuentro, y tras estrecharlo entre los suyos, le contestó al oído con un susurro cálido y amoroso. —Si changuito, te traje un regalo que te va a gustar. Ahora nomás te lo busco.

 Dio vuelta sobre sus pasos, y enfiló rengueando, hacia el kiosco.

 Camino al ruedo, no descartó que quizá esa tarde, sí habría una corrida. Tenía en claro que, no sólo la gorra estaba en disputa.

 Iba en reclamo, además, de la oreja del torero.

domingo, 5 de septiembre de 2021

El abrazo.

 

Cuando murió su gata Blondie, comprendió repentinamente lo mucho que iba a extrañarla, y anheló, con ingenuidad, la existencia de un paraíso perfecto donde poder volver a gozar de su compañía.

Aquel infausto día, lloró como nunca al advertir que ya no habría quien celebrara su cotidiano retorno a casa, y que en adelante debería transitar en rigurosa soledad el resto del camino. Luego, la bruma de la melancolía hizo lo suyo.

 Sentado en el patio de su casa, observa que la enredadera emergida hace tan solo unos días de la grieta de una baldosa tapiza ya de verde la descascarada pared donde se ha adherido e intenta ahora colonizar al yermo pasillo que conduce a la calle, concediendo una belleza agreste en su recorrido. Es tan veloz su crecimiento, que pareciera apreciarse a simple vista. Le maravilla esa manifestación de vida en una casa a punto de morir, tal como fueron muriendo uno a uno todos los seres queridos que junto a él la ocuparon, hasta dejarlo como solitario habitante.

 Esa casa, concebida en los albores del barrio para alojar a quienes no quisieran abandonarla, lo vio nacer, y en ella permanecería, obstinado, flotando en una emulsión de olvido hasta el día incierto en que ambos, simplemente se diluirían, sin dejar rastros de su existencia.

          *         *         *

 Era Nochebuena, y se levantó para ir a la cocina en busca de la sidra que había reservado para el brindis de medianoche. Regresó con ella en un balde con hielo y se acomodó apoyando su espalda en la medianera, cerca de la puerta, por donde se colaba una brisa fresca y agradable.

Allí, junto al verdor de la enredadera, algunos gratos recuerdos se hicieron presentes en forma desordenada e imprevista, como quien descubre antiguas fotografías olvidadas en un desván.   Entrecerrando los ojos, enumeró a sus fantasmas queridos seleccionando con esmero solo los instantes felices pasados junto a ellos y los recordó sonrientes, generosos, afectuosos. También se vio a sí mismo, en distintas etapas de la vida: Andando en triciclo por el patio… con los pibes de la barra… con su novia de la adolescencia… ¡A cuántas personas buenas había conocido a lo largo de su vida!, meditó. Por todos ellos brindaría esa noche.

 No es que no se hubiera dado cuenta de que los zarcillos se iban sujetado firmemente a él durante su momento de éxtasis, sino que, incapaz tal vez de rechazar un abrazo, prefirió no interferir.

 Debió esforzarse para descorchar la botella con una sola mano, sujetándola entre sus piernas, ya que su otro brazo estaba atorado en el follaje.

 Así, como pudo, llenó la copa, y justo a la medianoche, alzó su única mano libre, en solitario brindis.

viernes, 3 de septiembre de 2021

Catarsis apócrifa

 

 A último momento resolví cancelar el viaje, determinando así el rumbo que tomaría en adelante mi vida. Recuerdo que, mientras veía alejarse el tren que me hubiera trasladado hacia una existencia distinta, experimentaba, contra toda lógica, una sensación de nostalgia por los paisajes que jamás contemplaría.
 En ese entonces, era yo el único integrante joven de la familia. Mis padres me habían engendrado a la edad de ser abuelos, y mis abuelos, deambulaban desorientados entre las brumas de la senilidad.

 Cada uno de ellos, a su tiempo, debieron afrontar la responsabilidad de sostener a la familia hasta que sus espaldas incapaces ya de soportar esa exhaustiva carga, fueran redimidas de tal imposición. Así había sido por generaciones.
Asumí ante esta situación que me correspondía el turno de pilotear aquel barco con su dotación de sobrevivientes, para completar su travesía durante el tiempo que ella demandara. 
Obediente al ancestral mandato de no partir, recorrí sin más remedio, el previsible derrotero de una existencia despojada de aventuras. Pero a pesar de ello, fui consecuente con mi anhelo de viajar.

 Me convertí pues, en vagamundo imaginario, atribuyéndome vivencias relatadas por legítimos viajeros. Llené de ilusorias notas mi bitácora y tracé ficticios itinerarios en un planisferio, dejándolos siempre accesibles a la vista de los míos, junto a un equipaje que nunca acabé de desarmar, por olvido, o por si acaso.
 Fue ese el modo escogido tal vez, para enrostrarles a perpetuidad, que mi malograda ambición de recorrer el mundo, fue a causa de esas cadenas que me habían impuesto sus miradas suplicantes.

No obstante, jamás escucharon de mí, palabras de reproche, y fui eficiente en la atención de todas sus necesidades, pues al fin de cuentas, los amaba. 

 Durante el desayuno, era habitual que relatara minuciosamente mis viajes por remotas regiones ocurridos tan solo en mis sueños, a ese auditorio de exiliados que escuchaba atentamente mi exposición, sintiendo añoranzas de su patria lejana, llamada juventud. El resto del día transcurría, prácticamente, sin intercambiar palabra alguna con ellos, pues se me hacía imposible descifrar los susurros que emitían sus bocas balbuceantes. 

 Mientras me ocupaba de los quehaceres de la casa, los viejos se acomodaban en unos sillones frente al ventanal con vistas al jardín, y de a ratos, conversaban en aquel extraño lenguaje ininteligible para mí, interrumpiéndolo de tanto en tanto, para dirigirme alguna mirada de soslayo. 
 Por las noches, al liberarme de los trajines, retornaba a mi planisferio, y cuál si fuera un juego de mesa, continuaba mi periplo, partiendo del punto en que éste había sido interrumpido.

 Con el tiempo, no tuve más remedio que organizar mi vida a la manera de una agenda. Tal día, a tal hora: tal cosa. El mismo día, a tal otra hora: tal otra cosa.
 Las listas de compras y quehaceres confeccionadas temprano por las mañanas, me ordenaban en las labores, pero al mismo tiempo, constituían otra tarea en sí mismas. Para amenizar un poco el diario trajinar, comencé a considerar a los viejos, como “mi tripulación”, y a cada uno de ellos le asigné un cargo. Solazarme con la fantasía de hacerlos saltar por la borda en cuanto desobedecieran mis órdenes, formaba también parte de la rutina.

 Y la obviedad del tiempo hizo que los viejos siguieran envejeciendo y yo, a la par de ellos, convencido en este punto de su inmortalidad. La nave presentaba ya, síntomas de carcoma. 
Nada me llevaba a pensar que ese mar pastoso por el cual navegábamos, nos concediera la gracia de despejar sus aguas. Supe que, a este paso jamás arribaríamos. Y sentí en mi interior una inesperada sensación, no ya de frustración sino de vacío. Ya no habría viaje, ni destino, ni esperanza ni futuro. 
 Fue en uno de esos desesperanzados días, que descubrí en mi bitácora una anotación tan apócrifa como todas las demás, que rezaba:
 “Esta mochila ya no me incomoda. He llegado a considerarla como una extensión de mi cuerpo al que recurro con naturalidad en cuanto necesito algo de lo que en ella guardo, como quien apela a su memoria en búsqueda de algún recuerdo".
"El frío, el calor, el cansancio y ocasionalmente algunas necesidades inoportunas, tales como el apetito o la sed, son el precio que gustosamente pago por las maravillas que mi vagabundeo me ha permitido presenciar".
Por las mañanas, cuando despierto, soy consciente de que se me ha concedido un día más. Y al advertir que cada uno de mis sentidos responde a los estímulos a los cuales la naturaleza ha dictaminado que responda, una enorme gratitud me embarga".

Al abrir mis ojos, veo; al incorporarme, mis piernas me sostienen; oigo los sonidos y los ruidos. Respiro y percibo; me traslado; siento apetitos y necesidades naturales de los seres vivos, y puedo elegir, de ser posible, entre aguantar o satisfacerlos, pues también se me ha brindado la capacidad de discernir".
Siempre conté con este bagaje que aligera las penas, sin saber de él, hasta que lo descubrí al hurgar en el fondo de mi morral trashumante.” 

 Entonces, hice con ella una antorcha, y prendí fuego a la nave.

jueves, 2 de septiembre de 2021

Como una máquina del tiempo.

 

Por el sendero alquitranado del parque, a bordo de su triciclo, pedaleando y moviendo el cuerpito al compás de sus sueños, …raudamente, va mi niño.

  ¿Imaginará ser el comandante de una nave interestelar? ¿Un explorador en plena selva?
¿Tal vez sea yo, su papá el héroe sus fantasías?
A prudente distancia le sigo yo, su improbable héroe. Imaginando ser él.
 Soñando todos sus sueños.
  Pedaleo en mi triciclo imaginario, marcha atrás cuarenta años en un segundo, y veo sentado, justo donde estaba yo hasta hace un momento, a un señor parecido a mí, cuando era grande, que me mira con mis ojos, con mi mirada, igual a como yo miro ahora a mi niño. —Papá… ¡cuánto te extraño!

 ¡Mirá las piruetas que hago! ¡Mirá que rápido que ando! —le digo, y él me sonríe con ojos que insinúan algunas lagrimitas.
  Igualito a mí, pienso. Igual a mí cuando mi niño me dedica sus piruetas. ¡Cuánto necesita ese hombre de mí! ¡Y cuánto necesito de él! Y ninguno de los dos lo podemos ocultar.
  ¿Pensará lo mismo mi niño cuando sus ojos y los míos se encuentran?

 Durante unos minutos doy un paseo de la mano de ese señor que me muestra todas las maravillas del parque, explicándomelas con un tono misterioso en su voz, (con el tono que ponen los papás para que uno imagine cocodrilos en el estanque, o para que cualquier pluma encontrada sea de un ave exótica que tal vez pudiera aparecer en este mismo momento a reclamarla).

  ¡Me lleva un ratito a babuchas y me siento un gigante! De pronto, desde las alturas, veo la desorientada carita de mi niño, que me busca anhelante. Busca su seguridad, y cuando le hago una seña con mis brazos, la encuentra. Viene volando hacia mí y me abraza; derritiéndome.

 —Papi, el triciclo te lleva a donde vos quieras. ¡es bárbaro! ¿Sabías?

Busco con la mirada a papá, y aunque ya no lo veo… imagino sus ojos que me miran a través de unas lagrimitas, igualitas a éstas. —Sí, hijito, lo sé.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Réquiem para un ma-trinomio

 
Las conocí por internet.
Debo confesar que verlas exhibirse sin pizca de inhibición, tan bonitas y en cueros reprodujo, en la parte mojigata de mi mente, una viñeta cuasi prostibularia: “paga por nosotras y goza de nuestro servicio”. Entonces hice clic y compré.
  Poco tardaron las mellizas en demostrarme que no eran chicas de burdel, brindándome en el tiempo, su fidelidad absoluta.

 Como al comienzo de toda relación, tuvimos que transitar un período de acostumbramiento hasta llegar a la mutua aceptación. Fueron ellas, (tal vez dotadas de una inteligencia atávica), quienes tomaron a su cargo guiar mis torpes pasos llevándome siempre a destino seguro, mientras yo, disfrutaba sumisa y plácidamente en mi rol de aprendiz, simplemente anhelando la consolidación de este trío cuasi perfecto. Los placenteros momentos ejercitando asiduamente a grupas de ellas, compensaron ampliamente mi paga.
  Durante largo tiempo nuestro vínculo prosperó y todo fue vino y rosas. Hasta que un día, tal vez aburridas de esas rutinas, o fatigadas por mis excesos primero una y luego la otra paulatinamente mostraron evidencias físicas de abandono, hacia ellas mismas e indirectamente, hacia mí.
  Fueron perdiendo poco a poco su esbeltez, y su dedicación a mi persona comenzó a menguar. Y como en otras ocasiones, en épocas ya remotas, volví a mirarme en la laguna de narciso, cometiendo su mismo error.
Es por eso que hoy, tras una breve, íntima y emotiva ceremonia en la que no faltarán ni el agradecimiento por sus servicios prestados, ni la evocación de algunas épicas travesías compartidas, despediré a los despojos de las mellizas y comenzaré a transitar el afligido camino hacia el desapego.

 Intentaré ilusionado, esta vez con la marca de las tres tiras, pero sé que no será lo mismo.