Últimamente he estado observando al gran depredador. Ahora mismo, lo estoy viendo.
Me acecha confiado desde la impunidad que le brinda su camuflaje y, aunque también él sea capaz de verme, su desprecio hacia mí hace que me torne invisible a sus ojos.
He ahí, una debilidad: su excesiva confianza.
Pero no debo descuidarme porque sé que un número grande de presas pequeñas pueden satisfacer el hambre, aunque sea por un rato, y el depredador también lo sabe.
No me resta más que esconderme y ser prudente para sobrevivir.
Ruego que la paciencia sea perdurable en mi colonia, porque algunos ya preguntan: ¿a que sabrá la carne de león?
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