miércoles, 18 de septiembre de 2019

El don.






Con su melena blanca y grasienta, barbudo y aterido, sentado en un umbral, está uno de esos tipos menesterosos a los que nadie pareciera ver. Un hombre invisible.
Aplicadamente, masajea sus pies desnudos en afán de darles calor y a su lado, unas zapatillas ruinosas hacen conjeturar su destino de desecho.
Yo lo veo, porque tengo el don.

Recuerdo de niño, haber visto a mi madre en ocasiones como esta, hurgar en su monedero y compartir su magro contenido con el necesitado. “Manos que no dais, ¿qué esperáis?” me decía luego, en tono admonitorio. Ella también tenía la gracia de ver a los invisibles.

 Invadido por su inspiración, introduzco sin vacilar mi mano en el bolsillo, agarro el único billete de diez pesos que me queda y camino decidido hacia el viejo.
 En el trayecto, nuestras miradas se encuentran.
Repentinamente, un grupo de escolares se interpone entorpeciendo mi recorrido y la precaria simbiosis creada se interrumpe. Es en ese momento que, con mi mano aún en el bolsillo aferrando el billete… vacilo y fugo.
Camino toda una cuadra reprochándome en voz baja: ¡¿porqué no puedo resistir  la tentación de ser  tan, pero tan miserable?!
Después… olvido.



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