El viejo camina por la plaza. Imagina que está comprometido
con el deporte; que está corriendo poco
menos que una maratón y la tensión de su rostro expresa lo que su cabeza cree.
Relojea su entorno y ve a la gente corriendo, trotando o
caminando a paso ligero. Todos circulan inversamente al sentido de las agujas
del reloj y él, adhiere a ese disciplinamiento.
Un joven de físico atlético se adelanta por la derecha, como
corresponde, a una velocidad cercana a la de la luz. Entonces el viejo medita,
evalúa, compara y entiende.
Retrocede un poco en el tiempo, cuando se imaginaba a sí mismo envejeciendo mirando el mar, tomando las cervezas que no había tomado de
joven, echando panza sin culpa, jugando al tejo con otros viejos ociosos,
(pescando no, porque los peces tienen sus derechos a envejecer serenamente) en
fin, haciendo lo que suponía que hacían los viejos felices en ejercicio de sus
funciones.
Y pensó: ¿Cuanto saldrá el pasaje para la costa?, mientras
sacaba un pucho (de los antiguos) que había guardado para la ocasión.
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