Tan
solo cuatro baldosas.
El
mediocre arquitecto que habita adentro mío, finalmente se ha salido con la
suya.
Utilizó
su astucia para doblegar mi voluntad, combinando para ello las artes de su
profesión con artilugios propios de un mercader.
Debo
reconocerle que habiendo agregado dos habitaciones a la casa, ésta, ha
valorizado sustancialmente su cotización tal como había vaticinado. Es por
ello que mi monedero le gradece, mas no así mi corazón.
Hoy,
desde la terraza, observo el minúsculo rectángulo al que ha quedado reducido el
que fuera, en mejores tiempos, el hermoso patio de la casa donde transcurrió mi
niñez y veo, desalentado que, de aquella llanura tapizada de artísticos
mosaicos calcáreos, sólo se han preservado, por cuestiones meramente
decorativas, cuatro baldosas.
Si
bien el proyecto de resignar parte del patio y ceder ese espacio a las nuevas
habitaciones, me pareció ser en principio, razonable; me hubiera valido tener
en cuenta que a las ideas, como a las peras hay que dejarlas madurar …o
avenirse a las consecuencias.
Debiera
haber previsto que, mutilando al viejo patio, estaría dejando sin albergue a
los recuerdos que, como duendes, habitaban en los dibujos incaicos de sus
baldosas.
Quizá
sea este el motivo del porqué estos anden hoy revoloteando en bandada a mi
alrededor, desorientados, como en búsqueda de un lugar donde reposar.
Hay
momentos en que me incomodan (especialmente cuando se abalanzan sobre mí en
forma de torbellino) intentando enjambrar en mi cabeza. Ahí, es cuando, utilizo
hasta el más innoble de mis recursos para espantarlos, pues se comportan como
una plaga.
Hay
otros, en que de manera disciplinada se alternan para posarse sobre mis
hombros, cerca de mi oído para susurrarme su historia, sin causarme desasosiego
alguno, y los tolero.
Pero
tolerancia y confianza - aunque rimen- no son lo mismo. Solo confío en mi ángel
de la guarda.
Sin
ir más lejos, mientras observo desde la terraza a esas cuatro baldosas
rescatadas del cataclismo, uno de estos bichos aparentemente solidarios intenta
ganarse mi confianza al chismorrearme …
“Una
tarde de verano, lejana en el tiempo, en esta misma terraza; alguien muy
querido por ti, con la intención de quitarte lo ignorante, dedicó largo rato a
relatarte las travesías de un tal Ulises...”
¡Ahí
descubro su picardía!
Porque,
desde el baúl de los recuerdos, se fuga el grito de aquel poeta reo, mi ángel,
que no dejaba cuento sin moraleja.
- ¡No seas gil! ...Las baldosas del patio son como las sirenas de Ulises; te
chamuyan para joderte. Tapate las orejas y rajá para otro lado”
Y
al instante; aborto la zambullida y, pianto de la
chifladura.
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