Una cuestión
de carisma
Es una pena amigo, que no lo hayas podido ver. Siento
la necesidad de contarlo y como últimamente ando escaso de auditorio, recurro
a vos.
Tendrías razón si pensaras que lo hago por esa
manía irrefrenable que tengo de andar fabricando historias sobre cualquier
pavada que se me antoje. Pero también es mi manera de decirte lo mucho que se
te extraña por aquí, loco querido.
Te cuento: el otro día, cuando ya tenía la mano
acalambrada de tanto apretar el control remoto, después de andar remando entre
los mil canales de la tele sin encontrar ni un mísero programa, decidí rendirme.
-Donde queda… queda- me dije, y apreté el botoncito por última
vez.
Resulta que quedó en un programa en donde se veía a
mucha gente sentada en las butacas de un inmenso teatro. Entonces, entre tanta
gente la cámara eligió a uno, bastante veterano que, habrá sido actor alguna
vez, porque lo que es hoy, no lo tengo en mis registros.
Lo enfocaban de adelante, de los costados, de
arriba a abajo.
En cuanto se les ocurrió enfocarlo de cerca, vi que
se le filtraban unas gotitas de transpiración por el maquillaje y me di cuenta
de lo nervioso que debería sentirse el pobre.
No era para menos. Supongo que para él habrá sido
un suplicio estar ahí, luciendo las mismas marcas que deja el tiempo en
nosotros, el resto de los mortales.
Pero no; el viejo terminó sacando pecho y enfiló
rumbo al escenario donde lo aguardaba el premio a su “trayectoria”, que viene a
ser algo así como la jubilación.
Ahí, ni bien llegó, los
presentadores comenzaron a hincharle las pelotas para que contara alguna hazaña
de su “época dorada”. Entonces el tipo ese - al que yo le borraría de una
trompada esa sonrisa socarrona de dientes perfectos - empezó con sus anécdotas
y dale que dale… no terminaba nunca.
De repente, no aguanté más y, chapoteando
en un charco de envidia, apagué la tele.
Vos te preguntarás porque
corno te cuento esto.
Te lo cuento porque ver a ese
tipo ahí, fue como ver cuando en la barra todos se apiñaban alrededor tuyo mientras,
vos… dale que dale con tu chamuyar.
A veces, me mirabas, con esa
pinta de canchero que tenías, y me guiñabas un ojo como diciéndome: - relojeá
como se hace –, y seguías divirtiéndote a lo grande.
¡Eras puro carisma, loco!
En cambio, yo … ni bien se me ocurre citar, aunque sea la más mínima
de mis proezas, me meto en un balurdo.
Veo la duda en las caras de los
chabones que me escuchan y siento como si estuviera obligado a tener que mostrar
mi carnet, solo por atreverme a decir que soy hincha de San Lorenzo. Me parece
una exageración andar teniendo que presentar evidencias por cualquier pavada…
me da bronca…pero es lo que hay.
Por eso, por pura bronca, últimamente,
en cuanto veo algún intercambio de guiños o algo que me haga suponer que dudan
lo que yo cuento, me cabreo y chau… aunque me insistan, cambio de tema y listo,
a otra cosa.
A vos no te pasaba, porque
tenías carisma de sobra. y eso se tiene, o no se tiene.
Y si te seguís preguntando todavía
por qué te cuento esto… te explico.
Es porque se me encendió la
lamparita y entonces, urgido por la situación, necesitaría tomar prestado un
cacho de tu carisma.
Sólo tendrías que permitirme contar
desde ahora mis historias, en tercera persona.
Te prometo que cada una comenzará
así: “yo conocí a un tipo - al que le decían el loco -, que una vez… etcétera,
etcétera.”
Con eso creo que sería más que
suficiente, amigo. No va a faltar oportunidad para que te cuente como me fue, y
de paso, devolverte lo prestado. Cara a cara y en primera persona… como
corresponde.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario