jueves, 12 de agosto de 2021

Una cuestión de carisma

 

Una cuestión de carisma

 

Es una pena amigo, que no lo hayas podido ver. Siento la necesidad de contarlo y como últimamente ando escaso de auditorio, recurro a vos.

Tendrías razón si pensaras que lo hago por esa manía irrefrenable que tengo de andar fabricando historias sobre cualquier pavada que se me antoje. Pero también es mi manera de decirte lo mucho que se te extraña por aquí, loco querido.

Te cuento: el otro día, cuando ya tenía la mano acalambrada de tanto apretar el control remoto, después de andar remando entre los mil canales de la tele sin encontrar ni un mísero programa, decidí rendirme.

-Donde queda… queda-  me dije, y apreté el botoncito por última vez.  

Resulta que quedó en un programa en donde se veía a mucha gente sentada en las butacas de un inmenso teatro. Entonces, entre tanta gente la cámara eligió a uno, bastante veterano que, habrá sido actor alguna vez, porque lo que es hoy, no lo tengo en mis registros.

Lo enfocaban de adelante, de los costados, de arriba a abajo.

En cuanto se les ocurrió enfocarlo de cerca, vi que se le filtraban unas gotitas de transpiración por el maquillaje y me di cuenta de lo nervioso que debería sentirse el pobre.

No era para menos. Supongo que para él habrá sido un suplicio estar ahí, luciendo las mismas marcas que deja el tiempo en nosotros, el resto de los mortales.

Pero no; el viejo terminó sacando pecho y enfiló rumbo al escenario donde lo aguardaba el premio a su “trayectoria”, que viene a ser algo así como la jubilación.

Ahí, ni bien llegó, los presentadores comenzaron a hincharle las pelotas para que contara alguna hazaña de su “época dorada”. Entonces el tipo ese - al que yo le borraría de una trompada esa sonrisa socarrona de dientes perfectos - empezó con sus anécdotas y dale que dale… no terminaba nunca.

De repente, no aguanté más y, chapoteando en un charco de envidia, apagué la tele.

 

Vos te preguntarás porque corno te cuento esto.

Te lo cuento porque ver a ese tipo ahí, fue como ver cuando en la barra todos se apiñaban alrededor tuyo mientras, vos… dale que dale con tu chamuyar.   

A veces, me mirabas, con esa pinta de canchero que tenías, y me guiñabas un ojo como diciéndome: - relojeá como se hace –, y seguías divirtiéndote a lo grande.

¡Eras puro carisma, loco!

 

En cambio, yo …  ni bien se me ocurre citar, aunque sea la más mínima de mis proezas, me meto en un balurdo.

Veo la duda en las caras de los chabones que me escuchan y siento como si estuviera obligado a tener que mostrar mi carnet, solo por atreverme a decir que soy hincha de San Lorenzo. Me parece una exageración andar teniendo que presentar evidencias por cualquier pavada… me da bronca…pero es lo que hay.

Por eso, por pura bronca, últimamente, en cuanto veo algún intercambio de guiños o algo que me haga suponer que dudan lo que yo cuento, me cabreo y chau… aunque me insistan, cambio de tema y listo, a otra cosa.

A vos no te pasaba, porque tenías carisma de sobra. y eso se tiene, o no se tiene.

 

Y si te seguís preguntando todavía por qué te cuento esto… te explico.

Es porque se me encendió la lamparita y entonces, urgido por la situación, necesitaría tomar prestado un cacho de tu carisma.

Sólo tendrías que permitirme contar desde ahora mis historias, en tercera persona.

Te prometo que cada una comenzará así: “yo conocí a un tipo - al que le decían el loco -, que una vez… etcétera, etcétera.”

Con eso creo que sería más que suficiente, amigo. No va a faltar oportunidad para que te cuente como me fue, y de paso, devolverte lo prestado. Cara a cara y en primera persona… como corresponde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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