domingo, 5 de septiembre de 2021

El abrazo.

 

Cuando murió su gata Blondie, comprendió repentinamente lo mucho que iba a extrañarla, y anheló, con ingenuidad, la existencia de un paraíso perfecto donde poder volver a gozar de su compañía.

Aquel infausto día, lloró como nunca al advertir que ya no habría quien celebrara su cotidiano retorno a casa, y que en adelante debería transitar en rigurosa soledad el resto del camino. Luego, la bruma de la melancolía hizo lo suyo.

 Sentado en el patio de su casa, observa que la enredadera emergida hace tan solo unos días de la grieta de una baldosa tapiza ya de verde la descascarada pared donde se ha adherido e intenta ahora colonizar al yermo pasillo que conduce a la calle, concediendo una belleza agreste en su recorrido. Es tan veloz su crecimiento, que pareciera apreciarse a simple vista. Le maravilla esa manifestación de vida en una casa a punto de morir, tal como fueron muriendo uno a uno todos los seres queridos que junto a él la ocuparon, hasta dejarlo como solitario habitante.

 Esa casa, concebida en los albores del barrio para alojar a quienes no quisieran abandonarla, lo vio nacer, y en ella permanecería, obstinado, flotando en una emulsión de olvido hasta el día incierto en que ambos, simplemente se diluirían, sin dejar rastros de su existencia.

          *         *         *

 Era Nochebuena, y se levantó para ir a la cocina en busca de la sidra que había reservado para el brindis de medianoche. Regresó con ella en un balde con hielo y se acomodó apoyando su espalda en la medianera, cerca de la puerta, por donde se colaba una brisa fresca y agradable.

Allí, junto al verdor de la enredadera, algunos gratos recuerdos se hicieron presentes en forma desordenada e imprevista, como quien descubre antiguas fotografías olvidadas en un desván.   Entrecerrando los ojos, enumeró a sus fantasmas queridos seleccionando con esmero solo los instantes felices pasados junto a ellos y los recordó sonrientes, generosos, afectuosos. También se vio a sí mismo, en distintas etapas de la vida: Andando en triciclo por el patio… con los pibes de la barra… con su novia de la adolescencia… ¡A cuántas personas buenas había conocido a lo largo de su vida!, meditó. Por todos ellos brindaría esa noche.

 No es que no se hubiera dado cuenta de que los zarcillos se iban sujetado firmemente a él durante su momento de éxtasis, sino que, incapaz tal vez de rechazar un abrazo, prefirió no interferir.

 Debió esforzarse para descorchar la botella con una sola mano, sujetándola entre sus piernas, ya que su otro brazo estaba atorado en el follaje.

 Así, como pudo, llenó la copa, y justo a la medianoche, alzó su única mano libre, en solitario brindis.

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