Cuando murió su gata Blondie, comprendió repentinamente lo
mucho que iba a extrañarla, y anheló, con ingenuidad, la existencia de un
paraíso perfecto donde poder volver a gozar de su compañía.
Aquel infausto día, lloró como nunca al advertir que ya no
habría quien celebrara su cotidiano retorno a casa, y que en adelante debería
transitar en rigurosa soledad el resto del camino. Luego, la bruma de la
melancolía hizo lo suyo.
Sentado en el patio
de su casa, observa que la enredadera emergida hace tan solo unos días de la
grieta de una baldosa tapiza ya de verde la descascarada pared donde se ha
adherido e intenta ahora colonizar al yermo pasillo que conduce a la calle,
concediendo una belleza agreste en su recorrido. Es tan veloz su crecimiento,
que pareciera apreciarse a simple vista. Le maravilla esa manifestación de vida
en una casa a punto de morir, tal como fueron muriendo uno a uno todos los
seres queridos que junto a él la ocuparon, hasta dejarlo como solitario
habitante.
Esa casa, concebida
en los albores del barrio para alojar a quienes no quisieran abandonarla, lo
vio nacer, y en ella permanecería, obstinado, flotando en una emulsión de
olvido hasta el día incierto en que ambos, simplemente se diluirían, sin dejar
rastros de su existencia.
* * *
Era Nochebuena, y se
levantó para ir a la cocina en busca de la sidra que había reservado para el
brindis de medianoche. Regresó con ella en un balde con hielo y se acomodó
apoyando su espalda en la medianera, cerca de la puerta, por donde se colaba
una brisa fresca y agradable.
Allí, junto al verdor de la enredadera, algunos gratos
recuerdos se hicieron presentes en forma desordenada e imprevista, como quien
descubre antiguas fotografías olvidadas en un desván. Entrecerrando los ojos, enumeró a sus
fantasmas queridos seleccionando con esmero solo los instantes felices pasados
junto a ellos y los recordó sonrientes, generosos, afectuosos. También se vio a
sí mismo, en distintas etapas de la vida: Andando en triciclo por el patio… con
los pibes de la barra… con su novia de la adolescencia… ¡A cuántas personas
buenas había conocido a lo largo de su vida!, meditó. Por todos ellos brindaría
esa noche.
No es que no se
hubiera dado cuenta de que los zarcillos se iban sujetado firmemente a él
durante su momento de éxtasis, sino que, incapaz tal vez de rechazar un abrazo,
prefirió no interferir.
Debió esforzarse para descorchar la botella
con una sola mano, sujetándola entre sus piernas, ya que su otro brazo estaba
atorado en el follaje.
Así, como pudo, llenó la copa, y justo a la
medianoche, alzó su única mano libre, en solitario brindis.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario