Ya se hizo de noche. La única
lamparita sobreviviente, dibuja un redondel sobre los lustrosos adoquines de la
bocacalle. Su modesta iluminación no logra sustraer de la penumbra al entorno,
y solo alcanza para fascinar a los bichos nocturnos que golpean en vano contra
ese cristal que los retrasa en el camino hacia su indescifrable quimera.
Cerca de allí, sentado en el cordón de la vereda, al amparo de la
oscuridad que su inefable gomera le ha proporcionado, acecha el" capitán media
oreja", como a la espera de que suceda algo. La áspera corteza del árbol en la
que descansa su espalda, pareciera no incomodarlo.
Desde ese puesto de observación vigila sus dominios mientras, como si estuviera lamiendo sus heridas invisibles, acaricia un pequeño colgajo con forma de poroto que la naturaleza ha dispuesto posicionar, en reemplazo de su oreja izquierda. Esa caprichosa malformación es el origen del sobrenombre por el que todos conocen al niño en el vecindario.
En otro lugar del mundo, lejano en la
distancia y el tiempo, Goliat abre sus ojos tras estar inconsciente por días.
Instintivamente lleva una de sus manos a la frente tratando de ubicar el origen
del dolor que ha interrumpido su apacible sueño. La mano se topa con la tela
que cubre un chichón, que se insinúa majestuoso aun por debajo de ella, y su
rostro expresa una mueca de alivio. Al fin de cuentas, el pequeño David no ha
cumplido el rito de cortarle la cabeza. Al menos por esta vez.
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