miércoles, 8 de septiembre de 2021

El trofeo del toro viejo.

 

Entre comer y fumar, prefirió esto último. La pobreza, si algo te enseña, es a resignarte.

 —Todo no se puede. —se dijo. Compró entonces un paquete de cigarrillos y reservó las últimas monedas que le quedaban, para el pasaje del colectivo que lo acercaría a casa. El resto del viaje lo haría a pie.

 Llevaba horas deambulando por calles desconocidas, lejos de su barrio, en busca de una changa que le permitiera volver a reconciliarse con eso de tener un peso en el bolsillo. Y no la consiguió… tampoco esta vez.

 Estaba cansado y le dolía la pierna mal curada desde su caída de un andamio, hacía ya como tres meses. También le dolían sus cincuenta y pico de años, y esa racha adversa que no aflojaba. —Mala pata —pensó… y sonrió por su ocurrencia.

 Esa costumbre de reírse de sí mismo, producía el efecto de un pequeño recreo en su dificultoso navegar a través de ese mar de los sargazos, llamado miseria.

 Encontró la gorra junto al cordón de la vereda, y sintió una modesta dicha, similar a la que experimenta un veraneante al encontrar un caracol mientras pasea por la playa. La recogió con cierto disimulo y ya con ella en su poder, pensó que su trajinar no había sido del todo vano. Algo había conseguido… una gorra casi nueva, que no hubiera podido comprar.
  Recorrió una cuadra antes de calzársela. De soslayo, se observó en el cristal de una vidriera, acomodó su melena encanecida bajo la gorra y por alguna razón, presintió que un cambio en su suerte era inminente. Esa gorra, presagiaba buena fortuna, pensó. Y además, le sentaba bien.

 Pero decidió al momento, que no sería para él.
  Ese día, su hijo cumplía seis años, y la gorra sería el obsequio que le haría su papá. Seguramente luciría mejor en su cabecita de niño, y sería como un intercambio de regalos, pues él, recibiría la gratificación de una sonrisa.

 Estaba atardeciendo cuando llegó al final del pavimento. Faltaba aún transitar cierto trecho del camino, que recorrería esquivando charcos, aplicando al caminar, la experiencia adquirida durante su crianza, jugando en las eternamente embarradas calles de su barrio… pisar suave, planta del pie rígida.

 “Jesús caminando sobre el agua”- pensó. Y volvió a sonreír.

 Antes de llegar a su casa, deberá pasar, inevitablemente, por el frente del kiosco, donde se juntan los “pibes bravos” del barrio para jugar al metegol y tomarse una cervecita; a contar sus hazañas y dejar que las horas transcurran; a buscar camorra y pedir para otra cervecita y de vuelta a joder a la gente. Él, era la gente, a veces.

 —Che rengo, pagáte una birra —oyó que le decían.

 —¿Cómo que no tenés...? ¿Vos nunca tenés?

 Uno de esos pibes, tal vez el más bravo, le arrebató la gorra de la cabeza, y comenzó un ritual de pasamanos, de burlas y empujones. La gorra de aquí para allá, en una ronda sin fin, arribaría a su destino inexorable... Cambiar de dueño.

 Se intuyó en ese momento, como un toro viejo involucrado en una corrida cuyo propósito no fuera la muerte sino la humillación. El espectáculo sólo concluiría cuando el toro, exhausto o aturdido, perdiera el interés ante la estúpida provocación y lograse salir del ruedo. El animal, ignorante de su papel, conservaría su orgullo intacto.

—¿Tendrán orgullo los animales? Uno nunca sabe —reflexionó.

 Mientras abandonaba el redondel, recordó que siempre había deseado el triunfo del toro antes que el del matador. Y también, que es inútil pedir piedad a quien se sabe de antemano, que no la tendrá.

 Por eso prefirió irse fingiendo desinterés, dejando atrás las hilachas de su orgullo.

 Al llegar por fin a casa, se afirmó en el alambrado de la entrada para limpiar el barro de sus zapatillas y, desde allí, observó enternecido, cómo su mujer y su pequeño hijo, le hacían gestos de bienvenida. Habrían pasado la tarde, seguramente en la casilla del fondo, merendando con los abuelos, que aún lo bancaban en estos malos tiempos.

 Se tomó algo de tiempo antes de entrar y miró sus manos. Las vio fuertes, ásperas y encallecidas. Pero temblaban y estaban vacías.

 ¿Me trajiste algo, papi? Preguntó el niño mientras se acercaba corriendo con los brazos extendidos hacia el abrazo.

 Fue a su encuentro, y tras estrecharlo entre los suyos, le contestó al oído con un susurro cálido y amoroso. —Si changuito, te traje un regalo que te va a gustar. Ahora nomás te lo busco.

 Dio vuelta sobre sus pasos, y enfiló rengueando, hacia el kiosco.

 Camino al ruedo, no descartó que quizá esa tarde, sí habría una corrida. Tenía en claro que, no sólo la gorra estaba en disputa.

 Iba en reclamo, además, de la oreja del torero.

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