Con su melena blanca y grasienta, barbudo y
aterido, sentado en un umbral, está uno de esos tipos menesterosos a los que
nadie pareciera ver. Un hombre invisible.
Aplicadamente, masajea sus pies desnudos en
afán de darles calor y a su lado, unas zapatillas ruinosas hacen conjeturar su
destino de desecho.
Yo lo veo, porque tengo el don.
Recuerdo de niño, haber visto a mi madre en
ocasiones como esta, hurgar en su monedero y compartir su magro contenido con
el necesitado. “Manos que no dais, ¿qué esperáis?” me decía luego, en tono
admonitorio. Ella también tenía la gracia de ver a los invisibles.
Invadido por
su inspiración, introduzco sin vacilar mi mano en el bolsillo, agarro el único
billete de diez pesos que me queda y camino decidido hacia el viejo.
En el
trayecto, nuestras miradas se encuentran.
Repentinamente, un grupo de escolares se interpone
entorpeciendo mi recorrido y la precaria simbiosis creada se interrumpe. Es en
ese momento que, con mi mano aún en el bolsillo aferrando el billete… vacilo y
fugo.
Camino toda una cuadra reprochándome en voz baja:
¡¿porqué no puedo resistir la tentación
de ser tan, pero tan miserable?!
Después… olvido.
Fina observación del ser en sociedad, excelente.
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