A último momento
resolví cancelar el viaje, determinando así el rumbo que tomaría en adelante mi
vida. Recuerdo que, mientras veía alejarse el tren que me hubiera trasladado
hacia una existencia distinta, experimentaba, contra toda lógica, una sensación
de nostalgia por los paisajes que jamás contemplaría.
En ese entonces, era yo el único integrante
joven de la familia. Mis padres me habían engendrado a la edad de ser abuelos,
y mis abuelos, deambulaban desorientados entre las brumas de la senilidad.
Cada uno de ellos, a su tiempo, debieron
afrontar la responsabilidad de sostener a la familia hasta que sus espaldas
incapaces ya de soportar esa exhaustiva carga, fueran redimidas de tal
imposición. Así había sido por generaciones.
Asumí ante esta situación que me
correspondía el turno de pilotear aquel barco con su dotación de
sobrevivientes, para completar su travesía durante el tiempo que ella
demandara.
Obediente al ancestral mandato de
no partir, recorrí sin más remedio, el previsible derrotero de una existencia
despojada de aventuras. Pero a pesar de ello, fui consecuente con mi anhelo de
viajar.
Me convertí pues, en vagamundo imaginario,
atribuyéndome vivencias relatadas por legítimos viajeros. Llené de ilusorias
notas mi bitácora y tracé ficticios itinerarios en un planisferio, dejándolos
siempre accesibles a la vista de los míos, junto a un equipaje que nunca acabé
de desarmar, por olvido, o por si acaso.
Fue ese el modo escogido tal vez, para
enrostrarles a perpetuidad, que mi malograda ambición de recorrer el mundo, fue
a causa de esas cadenas que me habían impuesto sus miradas suplicantes.
No obstante, jamás escucharon de
mí, palabras de reproche, y fui eficiente en la atención de todas sus
necesidades, pues al fin de cuentas, los amaba.
Durante el desayuno, era habitual que relatara
minuciosamente mis viajes por remotas regiones ocurridos tan solo en mis
sueños, a ese auditorio de exiliados que escuchaba atentamente mi exposición,
sintiendo añoranzas de su patria lejana, llamada juventud. El resto del día
transcurría, prácticamente, sin intercambiar palabra alguna con ellos, pues se
me hacía imposible descifrar los susurros que emitían sus bocas balbuceantes.
Mientras me ocupaba de los quehaceres de la
casa, los viejos se acomodaban en unos sillones frente al ventanal con vistas
al jardín, y de a ratos, conversaban en aquel extraño lenguaje ininteligible
para mí, interrumpiéndolo de tanto en tanto, para dirigirme alguna mirada de
soslayo.
Por las noches, al liberarme de los trajines,
retornaba a mi planisferio, y cuál si fuera un juego de mesa, continuaba mi
periplo, partiendo del punto en que éste había sido interrumpido.
Con el tiempo, no tuve más remedio que
organizar mi vida a la manera de una agenda. Tal día, a tal hora: tal cosa. El
mismo día, a tal otra hora: tal otra cosa.
Las listas de compras y quehaceres
confeccionadas temprano por las mañanas, me ordenaban en las labores, pero al
mismo tiempo, constituían otra tarea en sí mismas. Para amenizar un poco el
diario trajinar, comencé a considerar a los viejos, como “mi tripulación”, y a
cada uno de ellos le asigné un cargo. Solazarme con la fantasía de hacerlos
saltar por la borda en cuanto desobedecieran mis órdenes, formaba también parte
de la rutina.
Y la obviedad del tiempo hizo que los viejos
siguieran envejeciendo y yo, a la par de ellos, convencido en este punto de su
inmortalidad. La nave presentaba ya, síntomas de carcoma.
Nada me llevaba a pensar que ese
mar pastoso por el cual navegábamos, nos concediera la gracia de despejar sus
aguas. Supe que, a este paso jamás arribaríamos. Y sentí en mi interior una
inesperada sensación, no ya de frustración sino de vacío. Ya no habría viaje,
ni destino, ni esperanza ni futuro.
Fue en uno de esos desesperanzados días, que
descubrí en mi bitácora una anotación tan apócrifa como todas las demás, que
rezaba:
“Esta mochila ya no me incomoda. He llegado a
considerarla como una extensión de mi cuerpo al que recurro con naturalidad en
cuanto necesito algo de lo que en ella guardo, como quien apela a su memoria en
búsqueda de algún recuerdo".
"El frío, el calor, el cansancio y
ocasionalmente algunas necesidades inoportunas, tales como el apetito o la sed,
son el precio que gustosamente pago por las maravillas que mi vagabundeo me ha
permitido presenciar".
" Por las mañanas, cuando despierto, soy
consciente de que se me ha concedido un día más. Y al advertir que cada uno de
mis sentidos responde a los estímulos a los cuales la naturaleza ha dictaminado
que responda, una enorme gratitud me embarga".
" Al abrir mis ojos, veo; al incorporarme, mis
piernas me sostienen; oigo los sonidos y los ruidos. Respiro y percibo; me
traslado; siento apetitos y necesidades naturales de los seres vivos, y puedo
elegir, de ser posible, entre aguantar o satisfacerlos, pues también se me ha
brindado la capacidad de discernir".
" Siempre conté con este bagaje que aligera las
penas, sin saber de él, hasta que lo descubrí al hurgar en el fondo de mi
morral trashumante.”
Entonces, hice con ella una antorcha, y prendí
fuego a la nave.
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