Por el sendero alquitranado del parque, a bordo de su triciclo, pedaleando y moviendo el cuerpito al compás de sus sueños, …raudamente, va mi niño.
Durante unos minutos doy un paseo de la mano de ese señor que me muestra todas las maravillas del parque, explicándomelas con un tono misterioso en su voz, (con el tono que ponen los papás para que uno imagine cocodrilos en el estanque, o para que cualquier pluma encontrada sea de un ave exótica que tal vez pudiera aparecer en este mismo momento a reclamarla).
¡Me lleva un ratito a babuchas y me siento un gigante! De pronto, desde las alturas, veo la desorientada carita de mi niño, que me busca anhelante. Busca su seguridad, y cuando le hago una seña con mis brazos, la encuentra. Viene volando hacia mí y me abraza; derritiéndome.
—Papi, el triciclo te lleva a donde vos
quieras. ¡es bárbaro! ¿Sabías?
Busco con la mirada a papá, y
aunque ya no lo veo… imagino sus ojos que me miran a través de unas lagrimitas,
igualitas a éstas. —Sí, hijito, lo sé.
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