Las conocí por internet.
Debo confesar que verlas exhibirse
sin pizca de inhibición, tan bonitas y en cueros reprodujo, en la parte
mojigata de mi mente, una viñeta cuasi prostibularia: “paga por nosotras y goza
de nuestro servicio”. Entonces hice clic y compré.
Poco tardaron las mellizas en demostrarme que
no eran chicas de burdel, brindándome en el tiempo, su fidelidad absoluta.
Como al comienzo de toda relación, tuvimos que
transitar un período de acostumbramiento hasta llegar a la mutua aceptación.
Fueron ellas, (tal vez dotadas de una inteligencia atávica), quienes tomaron a
su cargo guiar mis torpes pasos llevándome siempre a destino seguro, mientras
yo, disfrutaba sumisa y plácidamente en mi rol de aprendiz, simplemente
anhelando la consolidación de este trío cuasi perfecto. Los placenteros
momentos ejercitando asiduamente a grupas de ellas, compensaron ampliamente mi
paga.
Durante largo tiempo nuestro vínculo prosperó
y todo fue vino y rosas. Hasta que un día, tal vez aburridas de esas rutinas, o
fatigadas por mis excesos primero una y luego la otra paulatinamente mostraron
evidencias físicas de abandono, hacia ellas mismas e indirectamente, hacia mí.
Fueron perdiendo poco a poco su esbeltez, y su
dedicación a mi persona comenzó a menguar. Y como en otras ocasiones, en épocas
ya remotas, volví a mirarme en la laguna de narciso, cometiendo su mismo error.
Es por eso que hoy, tras una
breve, íntima y emotiva ceremonia en la que no faltarán ni el agradecimiento
por sus servicios prestados, ni la evocación de algunas épicas travesías
compartidas, despediré a los despojos de las mellizas y comenzaré a transitar
el afligido camino hacia el desapego.
Intentaré ilusionado, esta vez con la marca de
las tres tiras, pero sé que no será lo mismo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario