Firmó la carta, la dobló prolijamente y una vez ensobrada, la guardó en el bolsillo de su chaqueta de entrecasa..
Durante años, cumplía rigurosamente con esa rutina de enviar al Neptunia, con cierta periodicidad, algunas sugerencias acerca de cómo revitalizar la hoy casi nula acción social que fuera en sus orígenes el objeto principal para la creación de este popular club de barrio.
No obstante ello, don Lucio continúa
ejerciendo, por considerarlo un deber, su propia tarea social confiado en su
innato talento de trastocar las insignificancias en cuestiones relevantes e
interesantes.
Él colabora en desentrañar algunos
intrascendentes enigmas que desvelan a la gente simple, tan sólo por cortesía.
No obstante, se cuida mucho de ofrecerles, como él mismo dice, “margaritas a
los chanchos”. —Faltaba más.
Por eso, cuando es requerido sobre algún tema,
retacea la respuesta, tal como hacen los maestros espirituales con sus
discípulos, hasta comprobar que el interés manifestado sea genuino, en cuyo
caso, quién a él acuda averiguando de dónde sale el carbón conocerá, además, el
origen del diamante.
Por lo general, los vecinos, lo
suelen parar en la calle para saludarlo y aprovechan, de paso, para consultarlo
discretamente acerca de algún tema que los tiene intrigados. Puede ser éste,
una palabra cuyo significado desconocen, o el origen de alguna frase.
Y él supone que su respuesta, enriquecida de
referencias históricas, filosóficas y hasta metafísicas, satisface con creces
la curiosidad de los consultantes, que se retiran con la impresión de haber
visitado a un oráculo. Eso alimenta la autoestima de don Lucio, y le da, de
alguna manera, sentido a su vida.
Pero últimamente hay algunas cosas que añora
profundamente. Que el hablar soez se haya impuesto al bello lunfardo y al decir
elegante, y que la sencillez de antaño, haya trocado en mediocridad, son unas
de ellas.
Evoca la delicada influencia que ejercía la
radiofonía en las costumbres de la población de otrora, y supone que tras la
irrupción de la televisión idiotizante se reeditará lo experimentado por
civilizaciones milenarias que, tras ser invadidas por los bárbaros relegaran al
olvido sus tradiciones.
Para colmo, la aparición de
internet, con su dudosa sabiduría instantánea que devela todos los enigmas y brinda
todas las definiciones en un clic, ensoberbece a las personas. Hoy en día,
todos se creen autosuficientes y no son necesarios los consejos, conocimientos,
ni de la amena charla ocasional del viejo Lucio. Un ciber oráculo lo ha desplazado.
Siente que su momento de retirarse a cuarteles
de invierno está llegando. Tan sólo conversa con los vecinos esporádicamente y
nadie ya le consulta a él... nada.
Algunos recordarán el día en que,
desde su escogido ostracismo, tal vez sucumbiendo a la necesidad de expresarse
en cuanto a la valoración de su obra, arrancó una hoja
de su agenda y leyó lo escrito en ella con voz potente:
“—Hoy, cuando Neptunia ya no existe,
transfigurado en baldío primero y luego en depósito de no se sabe qué
porquerías”.
“- Cuando las amplias casas de
antaño, mancillado su linaje, soportan vergonzantes mutaciones producidas por
el afán de aggiornamento de sus forasteros ocupantes...”
“ Cuando los viejos de ese
entonces han muerto; los jóvenes, envejecido y los niños, vaya uno a saber por
dónde andarán madurando... hoy les digo:
He decidido, por carecer ya de sentido, dar
por concluida mi actividad, no sin antes sincerarme frente a ustedes, a modo de
autocrítica que, siempre he obrado con la verdad, haciendo lo posible por
defender los intereses del club.
Siempre he atendido, en la medida de mis
posibilidades, a aquél que buscara mi asistencia para esclarecer sus modestas
dudas.
Pero debo reconocer, nobleza obliga, que al
menos en UNA oportunidad he contribuido con la propalación de una falacia, sin
mala intención, y tal vez por apresuramiento.
Creo recordar se me solicitó, en ese entonces,
una consideración acerca de la vejez que tal vez hubiera ameritado en ese
momento mi silencio.
Yo me enredé opinando, quizá por arrogante, en
reflexiones filosóficas, proyectándome imaginariamente hacia esa abstracción
que era en aquel momento para mí la “ancianidad”...
Con respecto a ella relaté un
embrollo que insuflaba esperanza. Hablé de las oportunidades que ofrecía y
también del aspecto positivo y bla bla.. todas las especulaciones que, desde mi
visión de joven, se me pudieran haber ocurrido fueron vertidas.
¡Puras patrañas!
En verdad, lo hice de buena fe... y pido
disculpas.
Porque resulta que hoy, inmerso en la tan
mentada “ancianidad”, debo rogarles que desestimen mi opinión de entonces, y -a
modo de fe de erratas- declaro: ¡Volverse viejo, es contemplar a diario, una
ruina en un espejo!... He dicho.” —dijo.
Se cuenta que, luego de ello, don
Lucio descendió del banquito que utilizara para su discurso, agradeciendo por
su deferencia a las vetustas paredes del salón de actos del otrora glorioso y
hoy ruinoso club Neptunia, mudos testigos del solemne acto
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