martes, 31 de agosto de 2021

Ante las ruinas

 

 Firmó la carta, la dobló prolijamente y una vez ensobrada, la guardó en el bolsillo de su chaqueta de entrecasa..

Mañana la entrego en mano y chau Pinela —se dijo triunfante.

 Durante años, cumplía rigurosamente con esa rutina de enviar al Neptunia, con cierta periodicidad, algunas sugerencias acerca de cómo revitalizar la hoy casi nula acción social que fuera en sus orígenes el objeto principal para la creación de este popular club de barrio.   

El club Neptunia jamás acusó recibo de sus cartas.
  Quizá, como él bien sabe, sea porque algunas personas del club le han atribuido con menoscabo, el mote de ser un erudito en trivialidades.

 No obstante ello, don Lucio continúa ejerciendo, por considerarlo un deber, su propia tarea social confiado en su innato talento de trastocar las insignificancias en cuestiones relevantes e interesantes.

 Él colabora en desentrañar algunos intrascendentes enigmas que desvelan a la gente simple, tan sólo por cortesía. No obstante, se cuida mucho de ofrecerles, como él mismo dice, “margaritas a los chanchos”. —Faltaba más.

 Por eso, cuando es requerido sobre algún tema, retacea la respuesta, tal como hacen los maestros espirituales con sus discípulos, hasta comprobar que el interés manifestado sea genuino, en cuyo caso, quién a él acuda averiguando de dónde sale el carbón conocerá, además, el origen del diamante.

Por lo general, los vecinos, lo suelen parar en la calle para saludarlo y aprovechan, de paso, para consultarlo discretamente acerca de algún tema que los tiene intrigados. Puede ser éste, una palabra cuyo significado desconocen, o el origen de alguna frase.

 Y él supone que su respuesta, enriquecida de referencias históricas, filosóficas y hasta metafísicas, satisface con creces la curiosidad de los consultantes, que se retiran con la impresión de haber visitado a un oráculo. Eso alimenta la autoestima de don Lucio, y le da, de alguna manera, sentido a su vida.

 Pero últimamente hay algunas cosas que añora profundamente. Que el hablar soez se haya impuesto al bello lunfardo y al decir elegante, y que la sencillez de antaño, haya trocado en mediocridad, son unas de ellas.

 

 Evoca la delicada influencia que ejercía la radiofonía en las costumbres de la población de otrora, y supone que tras la irrupción de la televisión idiotizante se reeditará lo experimentado por civilizaciones milenarias que, tras ser invadidas por los bárbaros relegaran al olvido sus tradiciones.

Para colmo, la aparición de internet, con su dudosa sabiduría instantánea que devela todos los enigmas y brinda todas las definiciones en un clic, ensoberbece a las personas. Hoy en día, todos se creen autosuficientes y no son necesarios los consejos, conocimientos, ni de la amena charla ocasional del viejo Lucio.  Un ciber oráculo lo ha desplazado.

 Siente que su momento de retirarse a cuarteles de invierno está llegando. Tan sólo conversa con los vecinos esporádicamente y nadie ya le consulta a él... nada. 

 

Algunos recordarán el día en que, desde su escogido ostracismo, tal vez sucumbiendo a la necesidad de expresarse en cuanto a la valoración de su obra, arrancó  una hoja  de su agenda y leyó lo escrito en ella con voz potente:

 

 “—Hoy, cuando Neptunia ya no existe, transfigurado en baldío primero y luego en depósito de no se sabe qué porquerías”.

“- Cuando las amplias casas de antaño, mancillado su linaje, soportan vergonzantes mutaciones producidas por el afán de aggiornamento de sus forasteros ocupantes...”

“ Cuando los viejos de ese entonces han muerto; los jóvenes, envejecido y los niños, vaya uno a saber por dónde andarán madurando... hoy les digo:

 He decidido, por carecer ya de sentido, dar por concluida mi actividad, no sin antes sincerarme frente a ustedes, a modo de autocrítica que, siempre he obrado con la verdad, haciendo lo posible por defender los intereses del club.

 Siempre he atendido, en la medida de mis posibilidades, a aquél que buscara mi asistencia para esclarecer sus modestas dudas.

 Pero debo reconocer, nobleza obliga, que al menos en UNA oportunidad he contribuido con la propalación de una falacia, sin mala intención, y tal vez por apresuramiento.

 Creo recordar se me solicitó, en ese entonces, una consideración acerca de la vejez que tal vez hubiera ameritado en ese momento mi silencio.

 Yo me enredé opinando, quizá por arrogante, en reflexiones filosóficas, proyectándome imaginariamente hacia esa abstracción que era en aquel momento para mí la “ancianidad”...

 

Con respecto a ella relaté un embrollo que insuflaba esperanza. Hablé de las oportunidades que ofrecía y también del aspecto positivo y bla bla.. todas las especulaciones que, desde mi visión de joven, se me pudieran haber ocurrido fueron vertidas.

 ¡Puras patrañas!

 En verdad, lo hice de buena fe... y pido disculpas.

 Porque resulta que hoy, inmerso en la tan mentada “ancianidad”, debo rogarles que desestimen mi opinión de entonces, y -a modo de fe de erratas- declaro: ¡Volverse viejo, es contemplar a diario, una ruina en un espejo!... He dicho.” —dijo.

Se cuenta que, luego de ello, don Lucio descendió del banquito que utilizara para su discurso, agradeciendo por su deferencia a las vetustas paredes del salón de actos del otrora glorioso y hoy ruinoso club Neptunia, mudos testigos del solemne acto

No hay comentarios.:

Publicar un comentario