Mientras observo a ese señor que descansa recostado en el
pasto tras haber cargado por largo rato sobre sus hombros a un niño, creo
adivinar hacia donde dirige sus pensamientos. No por tener dotes de mentalista,
sino por ser baqueano y haber transitado por ese mismo sendero una y otra vez
es que lo sé.
Ese caballero intenta
transcribir las sensaciones que su propia imaginación atribuye al pequeño, para
asegurarse que queden a resguardo del olvido. Para ello, utiliza como
instrumentos sus propias imágenes y acude a sus palabras de adulto para
contextualizar la estampa.
“Desde aquí se ve
distinto. Al principio me dio un poco de miedito, pero enseguida se me pasó, y
en cuanto me acostumbré, me di cuenta de que, hasta es mucho más cómodo que
andar caminando. Observo desde esta perspectiva a la gente que deambula a mi
alrededor, y siento cierta sensación de superioridad con respecto a ella. No
por una actitud egoísta; simplemente me gratifica, y ello forma parte del
encanto de esta experiencia. ¡Nadie es más alto que yo! Me siento poderoso y
feliz…”
Creer que un niño
experimente esas vivencias, es factible, pero utilizar esas palabras para
expresarlas, le diría que es… casi imposible. Me salgo de la vaina por avisarle
que cese de malgastar su tiempo fabricando recuerdos, que no son tales. En
advertirle que está sembrando el germen de una “saudade” que, en unos años,
obedientemente acudirá a su evocación.
Le sugeriría a mi
ignoto amigo, que debiera abocarse a almacenar sus propias emociones del día de
hoy, para asegurarse que sus nostalgias futuras sean certificables.
Y de paso, economizar esas lagrimillas que en vano hubiera
derramado, para cuando la circunstancia lo amerite, pues le aseguro que no va a
faltar la ocasión. Pero no soy quien, para sugerir nada.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario