Él: —Yo te amo
Ella: —Yo no.
Él: —¿Por qué?
Ella: —Porque no… y además, pienso
que no es cierto que me ames.
Él: —¿Entonces, pensás que estoy
mintiendo?
Ella: (silencio).
Él: —Contestáme.
Ella: (silencio).
Él: (Evidenciando por vez primera
sus plebeyas raíces al hablar en capicúa) —Me estás poniendo nervioso, me estás
poniendo.
Ella: (serena) —No creo que
mientas. Sencillamente creo que no es a mí a quien ames en realidad…
Él: (interrumpiéndola) —¿Hasta
cuándo vas a continuar con este juego?
Ella: (enigmática) —No es ningún juego. Es un
fenómeno maravilloso que abre puertas… pensalo de esa manera.
Él: —¿Fenómeno?, ¿puertas?...
Ella: (continuando con el
razonamiento) —sí, en el que se produce un desplazamiento y sustitución del
sujeto amado.
Él: (atónito) ¡¡¿¿??!!...
Ella: (como un libro abierto)
—Digamos también, que hay un error cronológico. Vos reeditás un vínculo antiguo con otro, y lo vivís como
actual y conmigo. Por eso digo que no me amás… amás a otra persona y en otro
tiempo.
Él: (demostrando un total
desconocimiento de la teoría sicoanalítica) —Flaca, ¡dejáme de joder!… ¡me
pongo loco me pongo!… ¡Qué me venís a hablar de puertas! (le toca el cabello).
Ella: —Las manos quietitas. (retomando la teoría) …las puertas en el sentido de
que cuando éste fenómeno se manifiesta, está señalando la proxi-midad de un
conflicto inconsciente; está emergiendo una situación reprimida que por fin
podremos analizar.
Él: (acariciándole un hombro)
—Reprimida… vos sí que sos una reprimida.
Ella: (canchera)… —Las manitos en
el bolsillo. Vos estás repitiendo una situación no elaborada eficazmente. Por
eso la repetición, a efectos de elaborarla.
Él: (manifiestamente deslumbrado,
mimoso, tal vez caliente) —Mi amor, mirá como estoy. Vení, mamita… elaboremos
juntos…
Ella: (con suficiencia,
articulando con la teoría) —Edipo… Yocasta… ¿ves?… no soy tu mamita. Él:
(ignorante total) —¿Vos casta? Más bien te parecés a mi tía Emilse, por lo
brígida, digo.
Ella: (contra transfiriendo) —Y
vos a mi tío Cholo, por lo baboso y calentón.
—Tomá pibe. —me dijo él. No dudé ni un instante; agarré las
chirolas e hice mutis por el foro. La puerta del zaguán de la casa de Rita se
cerró, y ya no pude escuchar más de lo que se decía con el Rubén, pero, aun
pude ver a través de la opacidad del vidrio de la puerta cancel cómo dos
siluetas, arrimándose a la pared, se transformaban en una sola.
Al amparo de la
oscuridad, los novios elaboraban la teoría (supuse en aquel momento) mientras
me alejaba… contando mis monedas.
¿Qué fue de ellos?… Rubén puso una verdulería. Rita,
abandonó sus estudios de psicología. Ella empezó a llamarlo “papi” a él. Él
continuó llamándola “mami”. Se casaron y, creo, son felices. Recuerdo que para
la fiesta de casamiento de ellos estrené mis primeros pantalones largos.
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