Me encanta debatir con el marciano.
Hace días que no lo veo, cosa que me extraña, porque al igual que yo, él también es habitué de esta plaza. Aquí fue donde nos conocimos hace algunos meses.
El último día que lo vi, fue cuando me topé con él mientras ambos recorríamos en sentido inverso, el estrecho sendero que bordea las vías del tren, cercano a la plaza, e intercambiamos un distraído saludo de cortesía.
Espero que no esté molesto conmigo, porque, a pesar de que hace poco que lo conozco, tengo un gran afecto por él. No me gustaría que, por un simple malentendido, se arruine nuestra incipiente amistad.
Debo reconocer que el día que lo conocí el tipo me pareció raro. Pero, si nos detenemos a pensarlo, todos somos un poco raros a la vista de los demás.
Fue un día, a mediados de setiembre, cuando lo vi por primera vez. Él estaba parado en un lugar concurrido, en lo que vendría a ser el centro de la plaza, observando atentamente el cielo, mientras protegía sus ojos con una mano a modo de visera, para evitar que el sol lo encandilara.
Las personas que le pasaban cerca, movidas por la curiosidad, hacían lo mismo, solo que, al no saber qué buscar, rápidamente perdían el interés.
Como quien no quiere la cosa, me le acerqué con disimulo, y lo imité. Misma postura, misma atención. Así estuvimos por un rato, prácticamente codo a codo, hasta que no aguanté más, y le dije: —¿se puede saber qué corno es lo que buscamos? —A las golondrinas— me contestó. —A esta altura del año, ya tendrían que haber llegado, ¿no le parece?—. Sin saber qué decir, asentí con la cabeza, y por un rato, me quedé haciéndole compañía, por las dudas… en preventivo silencio. Después, saludé y me fui. A los locos es preferible llevarle la corriente, pensé, mientras volvía a casa.
Un par de días después, lo volví a encontrar. Yo estaba sentado en un banco de la plaza, inmerso en una de esas vagas meditaciones que suelo hacer, y, como en un juego de intercambio de roles, se sentó a mi lado, sin decir palabra, tal como yo lo había hecho la vez pasada. Se puso a observar hacia donde apuntaba mi mirada, calladito como un mudo.
Transcurrido un rato, me hizo la misma pregunta que yo le había hecho aquella vez, y espontáneamente, nos echamos a reír. Luego, estuvimos conversando durante un rato; un poco de esto y un poco de aquello… evaluándonos.
A estas alturas, cualquier especulación que pudiera haber tenido yo, respecto a su salud mental, se había disipado. No solo no era un loquito, sino que era, además, un excelente conversador.
Con los días nuestros encuentros se volvieron cotidianos, y nuestras charlas casuales de los primeros días devinieron en verdaderos debates debido, a mi entender, a su exasperante búsqueda de la objetividad. Ninguna opinión era aceptada, sin antes pasar por el escrutinio de todos los puntos de vista posibles.
A veces, aún después de haber coincidido conmigo en mis opiniones, él arrancaba con esa historia de los puntos de vista y le daba otra vuelta al asunto.
Fue en una de esas ocasiones, cuando le dije: —usted es muy “vueltero”, don.
Él, tras pensar un momento me replicó: —mire, amigo… si a usted le alcanza, lo dejamos ahí. Pero le anoticio que a mí me gusta aprender algo todos los días. Porque, si ambos estamos de acuerdo en que, por ejemplo, “la araña que me picó, es un mal bicho del que hay que cuidarse”, no habré aprendido nada nuevo, ya lo sabía desde antes. Pero si, en cambio, busco investigar en el por qué me picó, tal vez logre un conocimiento que me sea útil en lo futuro. Para ello, aunque le parezca a usted una pavada, intento pensar como lo haría la araña, para obtener otro punto de vista.
Aún a regañadientes, debo asumir que su explicación, me dejó conforme.
Pero un día en el que estábamos conversando acerca de todas las tropelías que viene haciendo la humanidad con el planeta, él me salió con el cuento de que nuestras opiniones no tenían ningún valor. —En cuanto humanos, todo lo analizamos desde nuestra lógica narcisista. Imagínese por un momento a, por ejemplo, a… a las hormigas, pensándose a sí mismas. ¿No cree usted que su discurso sería similar al de los humanos? ¿No podríamos suponer que su temperamento conquistador las haría pensar que un dios, inventado por ellas mismas, las ha elegido entre todas las especies, para valerse de las demás, y encima, para explotar hasta agotar los recursos de este mundo, como si les perteneciera? Sé que hicieron una película sobre ello, pero ustedes, lo han tomado como un divertimento, minimizando su contenido filosófico. Gastan fortunas en proyectar colonias en otros planetas, y no tienen la menor idea de cómo administrar lo que aún queda en este —. Y finalizó diciendo… —viejo, ustedes me hacen reír. —Ahí, fue cuando, divertido, se me ocurrió corregirle. —¿no debería decir nosotros?, ¿o usted es un marciano?
El tipo se tomó un tiempo… luego se levantó del banco y, me preguntó: —¿se me nota?
Después, se marchó, dejándome solo, inmerso en el modesto panorama de la plaza que, por un tiempo propició nuestros bizarros encuentros. Recién hoy, viendo cómo por fin van llegando las golondrinas, comienzo a extrañarlo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario