lunes, 30 de agosto de 2021

El suicida dubitativo

 

“La alarma del despertador me devuelve al mundo real, interrumpiendo un sueño que, como de costumbre, en cuanto abra mis ojos, ya no recordaré.

  Como una serpiente infalible, mi brazo izquierdo, emerge sigiloso de entre las sábanas y se dispara hacia el estridente mecanismo, acallándolo tras un único y certero intento.

 Ya en la ducha, mientras me afeito de memoria prescindiendo del espejo, resuelvo que lo mejor será suicidarme. Y lo haré, pero no en este momento. Antes, deberé planear todo como para que parezca un accidente”.

 

 Ernesto levantó la vista interrumpiendo la lectura. El advertirse sutilmente identificado con el protagonista del melodrama le causó alguna inquietud. Como éste, había llegado a considerar su existencia como una agobiante prisión, vislumbrando en el suicidio, una puerta de escape. La potestad de abrir esa puerta cuando él lo deseara, le produjo una sensación de poder y serenidad.
 
 Hizo a un lado el libro y trató de poner en orden su turbada imaginación. Para ello, dedicó un largo rato en repasar esa larga lista de obstáculos que le impedían considerarse a sí mismo como una persona feliz.
  Pudo razonar que, observándolo desde una perspectiva menos dramática, el pavimento mismo de ese sendero que lo condujo hasta los umbrales de la infelicidad, estaba constituido por una simple serie de escollos que, para otro, podrían representarse como triviales. Descubrir su propia ineptitud para resolverlos, fue ciertamente devastador. 

 Entonces, juzgó que no era vida el vivir de esa manera y pidió a Dios, casi por rutina y sin mucha convicción en ser escuchado, que se la arrebatara. 

Esperó pacientemente que ello sucediera hasta que decidió tomar cartas en el asunto. Para ello debería elaborar un plan, porque no era cosa de suicidarse así nomás, dado en que no había ningún apuro. Por un lado, no deseaba que nadie cargara con el estigma de tener un suicidado en la familia. No vaya a ser que lo recordaran con desprecio al considerar su determinación como un acto de cobardía. Faltaba más, pensó… ¡cobarde y suicida!

  Tendría que ser cuidadoso y su plan no debería dejar ningún cabo suelto. Porque eso de dejar culpa como parte del legado… ¡ni loco! 
 Contempló sucesivamente, la posibilidad de fingir un tropiezo al paso de un colectivo, o resbalar de un andén y caer bajo las ruedas de un tren, simulando así un accidente. También la de arrojarse por el hueco del ascensor del edificio de la empresa en la que trabajaba. Sería visto como un accidente laboral, pensó. 

Asumiendo su cobardía, desechó cada una de esas posibilidades, con cierto horror. Y, quizá, hasta por una cuestión estética, pues el espectáculo de su cadáver desmembrado no tenía cabida en sus planes. 

 En los días siguientes, adquirió la costumbre de dar breves paseos al aire libre, en búsqueda de inspiración para resolver su asunto. Y fue de esa manera, caminando, donde también halló el modo: caminar… 

 Recordó haber leído que, con el objeto de enmascarar una política de exterminio, algunos genocidas diseñaron en el pasado un método de caminatas interminables rumbo a ningún lado, cuyo único objetivo era la muerte por agotamiento de los caminantes. Tal vez, si como ellos marchara sin descanso, su desgastado físico, producto de años de sedentarismo y malsanos hábitos, colapsaría. Sería considerado, paradójicamente, como otra víctima más de la saludable práctica de caminar. ¡Al fin lo había encontrado! 
 Comenzó a caminar y caminar, satisfecho en su determinación. Pero en el momento en que la suerte pareció sonreírle (o la muerte guiñarle un ojo), comenzó a recordar con nostalgia, que había tenido épocas mejores. ¿Estaría listo en realidad para despedirse de la vida?
 Por primera vez en todo ese tiempo, se permitió dudarlo. ¿Y si sólo se tratase de aguardar y ver cómo se acomoda todo por sí solo? ¿Por qué no intentar otros caminos? ¿Para qué el apuro? 
 ¡Tal vez fuera una gran oportunidad para modificar su vida! ¡Quizá aún tenía tiempo de barajar y dar de nuevo! Contaba con el cariño de sus familiares, que no era poco, para que valiera la pena el intentarlo… ¡Y el afecto y consideración de amigos y vecinos! Eufórico y súbitamente esperanzado, reflexionaría sobre ello. …
 
La caminata había sido esta vez, desacostumbradamente larga. Algo fatigado y muy emocionado por esa especie de revelación, decidió ir a su casa a descansar. 

 Pero justo en ese instante, allá arriba, la eficiente burocracia del tribunal celestial aceptaba, sin más trámite y con fallo a favor, el apurado y ya olvidado reclamo del Sr Ernesto. La inmediata ejecución del veredicto, simplificó en un todo su desvelado proyecto, y puso final, por los siglos de los siglos a su indecisión.

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