“La alarma del despertador me
devuelve al mundo real, interrumpiendo un sueño que, como de costumbre, en
cuanto abra mis ojos, ya no recordaré.
Como una serpiente infalible, mi brazo
izquierdo, emerge sigiloso de entre las sábanas y se dispara hacia el
estridente mecanismo, acallándolo tras un único y certero intento.
Ya en la ducha, mientras me afeito de memoria
prescindiendo del espejo, resuelvo que lo mejor será suicidarme. Y lo haré,
pero no en este momento. Antes, deberé planear todo como para que parezca un
accidente”.
Ernesto levantó la vista interrumpiendo la
lectura. El advertirse sutilmente identificado con el protagonista del melodrama
le causó alguna inquietud. Como éste, había llegado a considerar su existencia
como una agobiante prisión, vislumbrando en el suicidio, una puerta de escape.
La potestad de abrir esa puerta cuando él lo deseara, le produjo una sensación
de poder y serenidad.
Hizo a un lado el libro y trató de poner en
orden su turbada imaginación. Para ello, dedicó un largo rato en repasar esa
larga lista de obstáculos que le impedían considerarse a sí mismo como una
persona feliz.
Pudo razonar que, observándolo desde una perspectiva menos dramática, el
pavimento mismo de ese sendero que lo condujo hasta los umbrales de la
infelicidad, estaba constituido por una simple serie de escollos que, para
otro, podrían representarse como triviales. Descubrir su propia ineptitud para
resolverlos, fue ciertamente devastador.
Entonces, juzgó que no era vida el vivir de
esa manera y pidió a Dios, casi por rutina y sin mucha convicción en ser
escuchado, que se la arrebatara.
Esperó pacientemente que ello
sucediera hasta que decidió tomar cartas en el asunto. Para ello debería
elaborar un plan, porque no era cosa de suicidarse así nomás, dado en que no
había ningún apuro. Por un lado, no deseaba que nadie cargara con el estigma de
tener un suicidado en la familia. No vaya a ser que lo recordaran con desprecio
al considerar su determinación como un acto de cobardía. Faltaba más, pensó…
¡cobarde y suicida!
Tendría que ser cuidadoso y su plan no debería
dejar ningún cabo suelto. Porque eso de dejar culpa como parte del legado… ¡ni
loco!
Contempló sucesivamente, la posibilidad de
fingir un tropiezo al paso de un colectivo, o resbalar de un andén y caer bajo
las ruedas de un tren, simulando así un accidente. También la de arrojarse por
el hueco del ascensor del edificio de la empresa en la que trabajaba. Sería
visto como un accidente laboral, pensó.
Asumiendo su cobardía, desechó
cada una de esas posibilidades, con cierto horror. Y, quizá, hasta por una
cuestión estética, pues el espectáculo de su cadáver desmembrado no tenía
cabida en sus planes.
En los días siguientes, adquirió la costumbre
de dar breves paseos al aire libre, en búsqueda de inspiración para resolver su
asunto. Y fue de esa manera, caminando, donde también halló el modo: caminar…
Recordó haber leído que, con el objeto de
enmascarar una política de exterminio, algunos genocidas diseñaron en el pasado
un método de caminatas interminables rumbo a ningún lado, cuyo único objetivo
era la muerte por agotamiento de los caminantes. Tal vez, si como ellos
marchara sin descanso, su desgastado físico, producto de años de sedentarismo y
malsanos hábitos, colapsaría. Sería considerado, paradójicamente, como otra
víctima más de la saludable práctica de caminar. ¡Al fin lo había encontrado!
Comenzó a caminar y caminar, satisfecho en su
determinación. Pero en el momento en que la suerte pareció sonreírle (o la
muerte guiñarle un ojo), comenzó a recordar con nostalgia, que había tenido
épocas mejores. ¿Estaría listo en realidad para despedirse de la vida?
Por
primera vez en todo ese tiempo, se permitió dudarlo. ¿Y si sólo se tratase de
aguardar y ver cómo se acomoda todo por sí solo? ¿Por qué no intentar otros
caminos? ¿Para qué el apuro?
¡Tal vez fuera una gran oportunidad para
modificar su vida! ¡Quizá aún tenía tiempo de barajar y dar de nuevo! Contaba
con el cariño de sus familiares, que no era poco, para que valiera la pena el
intentarlo… ¡Y el afecto y consideración de amigos y vecinos! Eufórico y
súbitamente esperanzado, reflexionaría sobre ello. …
La caminata había sido esta vez,
desacostumbradamente larga. Algo fatigado y muy emocionado por esa especie de
revelación, decidió ir a su casa a descansar.
Pero justo en ese instante, allá arriba, la
eficiente burocracia del tribunal celestial aceptaba, sin más trámite y con
fallo a favor, el apurado y ya olvidado reclamo del Sr Ernesto. La inmediata
ejecución del veredicto, simplificó en un todo su desvelado proyecto, y puso
final, por los siglos de los siglos a su indecisión.
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