Otra vez me tocó a mí llevarle la
pizza al gordo de acá a la vuelta. De la propina mejor me olvido. Pero, de
todas formas, cuando voy, no lo hago con bronca, porque me recibe con
amabilidad, y encima, me hace cagar de risa.
El otro día cuando fui, me dijo: —¡Menos mal
que llegaste, pibe…, si llegabas a tardar un poco más, me comía al gato!
—¡Tiene cada salida el chabón!... y después me despidió con un “¡Gracias, pibe…
cuidate!”
El asunto, es medio…
un embrollo. Porque el patrón, como tengo rota la bici, me hace la gauchada,
(si es que me animo a laburar a pata) de darme las entregas que quedan cerquita
de la pizzería. Después viene la parte en que los clientes calculan que, como
es cerquita… ¡minga de propina! Y como yo no tengo un sueldo y laburo sólo por
la propina, estoy en problemas. Porque para arreglar la bici, necesito plata. Y
como no consigo plata, no puedo mandar a arreglar la bici. Es… ¿cómo es que le
dicen?… un círculo vicioso.
Volviendo al tema del
gordo… una vez, cuando le fui a hacer una entrega, me abrió la puerta y me
recibió enfundado en una especie de camisón en donde podrían caber catorce
personas. Me moría de la risa por dentro, pero puse cara de nada, por respeto,
porque es el único cliente que por lo menos, aparenta fijarse en mí como
persona. Para todos los demás, parezco ser como transparente. Pero debe ser una
cosa mía, nada más, debo estar… ¿Cómo es que le dicen?… obsesionado.
Dentro de todo, menos
mal que ahora, cuando llego a casa, mi vieja ni me pregunta si traje plata,
como hacía antes. Me recibe con un beso y me abraza… como si hiciera un montón
de tiempo que no me viera, y después sigue con lo suyo, como quien no quiere la
cosa. Lo hace para no mortificarme, pobre. Y si llego a ser yo el que pone el
tema sobre la mesa, me para en seco y me dice —¡sos demasiado chico para
ocuparte de esas cuestiones! —Ahí es cuando a veces, me miro y me miro… en el
espejo del comedor, y veo mi reflejo. Por lo menos, me veo. Seré chiquito, pero
no transparente.
Yo sé que no tengo la culpa de que mi viejo se
haya muerto, y que él tampoco. Pero se podría haber aguantado un tiempo más…
hasta que yo fuera un poco más grande. Hay días, en que pienso que me gustaría
desaparecer, o mejor… no haber nacido. Pero disimulo, y hago como que no
sintiera nada de eso. Pongo mi cara de distraído y ando como que estoy
boludeando por ahí, para que nadie se dé cuenta que estoy triste, porque la
tristeza es contagiosa. Mientras, voy todos los días a laburar a la pizzería,
aunque sea gratis, porque sé que por lo menos, con mi vieja nos ahorramos el
morfi, ya que el 15 patrón, cuando cierra por las noches, me hace un flor de
paquete con comida que sobró, para que traiga a casa. Algo es algo. Aprovecho porque
así van pasando los días y yo voy creciendo, aunque sea de a poquito. Llego
temprano y ayudo un poco con la limpieza del local, porque… al laburo hay que
cuidarlo. Y mientras paso el escobillón, estoy atento por si gritan “¡el gordo
pidió delivery!”. ¡Ahí sí que voy como un cohete para hacerle la entrega!
Porque, resulta que el otro día, me puse a charlar con él y, entre pitos y
flautas, terminé contándole qué es lo que anda pasando por mi cabeza. Entonces,
yo veía que el tipo me escuchaba, y me escuchaba… hasta que de repente, como un
loco, me agarró del cogote y me dijo: —mirá pibe… primero, me traés la bici,
que yo te la voy a arreglar. Segundo, si yo me entero que andás necesitando
plata, antes de mandarte una cagada, como suelen decir ahora los pendejos,
venís y me pedís prestado. Y tercero, si no hacés esto que te estoy diciendo y
te llegás a borrar… y no me traés la pizza cuando yo la pida, te juro que voy
al boliche donde laburás y te recontracago a patadas delante de todos. ¡Mañana,
te me venís con la pizza en una mano y con la bici rota en la otra! ¿Capisci?
¿Qué es eso de andar haciendo preocupar a su madre? ¡Camine a cucha!— me dijo
con esa gloriosa voz de trueno que tiene, mientras me daba un manotazo en la
cabeza
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