lunes, 23 de agosto de 2021

El tocadiscos se ha rendido.

 

Al regresar a mi mesa de trabajo verifiqué que todo lo que había sobre ella se hallara tal como lo había dejado por la noche, antes de haberme ido a dormir.

Y en ese barullo de partes dispersas que encontré sobre la mesa, descubrí la razón de por qué ese aparato, que hasta ayer intentaba reparar, ya no funcionará más.
   Simplemente se ha dejado morir, por no poder adaptarse a los tiempos que corren. Algo similar a lo que les sucede a algunas personas.
   Entiendo que esta teoría pueda parecer algo aventurada, pero quiero recordar que, sostener que la Tierra giraba, en un principio también lo fue.
   En lo que a mí concierne, siempre me he esforzado por concederles a los artefactos otra oportunidad antes de considerarlos un descarte. Tal vez lo haga, porque soy fruto de una época en la cual ellos, recién después de haber sido anhelados por largo tiempo, obtenían finalmente el derecho de ingresar a nuestra casa.
    En aquellos días, no estar provisto nuestro hogar de una heladera eléctrica, implicaba hacer una larga cola, diariamente, para comprar una barra de hielo y así poder conservar la carne y enfriar algunas bebidas por tan solo un rato.
   Un simple ventilador o una estufa a gas eran apreciados como una innovación, y realmente, nos facilitaban la existencia.

    Como ejemplo, les diré que aún tengo un vívido recuerdo del momento en que el televisor irrumpió en nuestra casa. Ese robusto y costoso aparato que hasta aquel momento concebíamos como un embuste de la ciencia ficción, fue recibido por mi familia con festejos, tal si fuera una tribu aclamando al mensajero de los dioses. Es que el servicio que a diario nos daban esos aparatos, compensaba con creces su costo y, por lo tanto, eran acogidos como dignos merecedores de nuestra consideración y buen trato.

   El aparato de radio era casi para nosotros como un pariente, aunque lejano. Nos traía noticias de otras partes; nos contaba de otros lugares y de sus maravillosos viajes, ya fueran ellos reales o inventados. Y si en algún momento, (quizá por añoranza) interrumpía sus relatos, bastaba una palmada para reconfortarle y continuar, tras su comprensible pausa, como si nada.

   Esos detalles y algunos otros más, me han llevado a deducir que los aparatos están dotados (aunque rudimentariamente) de algunos sentimientos.
   Debido a ello y a lo sensible que soy, es que me siento obligado (hasta emocionalmente) a ofrecer una nueva oportunidad de vida a los viejos aparatos. Y cuando, muy a las perdidas, me encuentro con uno de ellos que cansado de tanto trajinar me dice —¡basta ya! —por respeto, lo dejo ir. Asumo que ellos me entienden, y en eso fundo mi teoría.

   Claro que, abierto de mente como soy, acepto que alguien opine que esta perorata explicativa sea solo una coartada para disimular mi frustración por no haber podido arreglar este maldito tocadiscos… —¡Coños!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario