Al regresar a mi mesa de trabajo
verifiqué que todo lo que había sobre ella se hallara tal como lo había dejado
por la noche, antes de haberme ido a dormir.
Y en ese barullo de partes
dispersas que encontré sobre la mesa, descubrí la razón de por qué ese aparato,
que hasta ayer intentaba reparar, ya no funcionará más.
Simplemente se ha dejado morir, por no poder adaptarse a los tiempos que
corren. Algo similar a lo que les sucede a algunas personas.
Entiendo que esta teoría pueda parecer algo aventurada, pero quiero
recordar que, sostener que la Tierra giraba, en un principio también lo fue.
En lo que a mí concierne, siempre me he esforzado por concederles a los
artefactos otra oportunidad antes de considerarlos un descarte. Tal vez lo
haga, porque soy fruto de una época en la cual ellos, recién después de haber
sido anhelados por largo tiempo, obtenían finalmente el derecho de ingresar a
nuestra casa.
En aquellos días, no estar provisto nuestro hogar de una heladera
eléctrica, implicaba hacer una larga cola, diariamente, para comprar una barra
de hielo y así poder conservar la carne y enfriar algunas bebidas por tan solo
un rato.
Un simple ventilador o una estufa a gas eran apreciados como una
innovación, y realmente, nos facilitaban la existencia.
Como ejemplo, les diré que aún tengo un vívido recuerdo del momento en
que el televisor irrumpió en nuestra casa. Ese robusto y costoso aparato que
hasta aquel momento concebíamos como un embuste de la ciencia ficción, fue
recibido por mi familia con festejos, tal si fuera una tribu aclamando al
mensajero de los dioses. Es que el servicio que a diario nos daban esos
aparatos, compensaba con creces su costo y, por lo tanto, eran acogidos como
dignos merecedores de nuestra consideración y buen trato.
El aparato de radio era casi para nosotros como un pariente, aunque
lejano. Nos traía noticias de otras partes; nos contaba de otros lugares y de
sus maravillosos viajes, ya fueran ellos reales o inventados. Y si en algún
momento, (quizá por añoranza) interrumpía sus relatos, bastaba una palmada para
reconfortarle y continuar, tras su comprensible pausa, como si nada.
Esos detalles y algunos otros más, me han llevado a deducir que los
aparatos están dotados (aunque rudimentariamente) de algunos sentimientos.
Debido a ello y a lo sensible que soy, es que me siento obligado (hasta
emocionalmente) a ofrecer una nueva oportunidad de vida a los viejos aparatos.
Y cuando, muy a las perdidas, me encuentro con uno de ellos que cansado de
tanto trajinar me dice —¡basta ya! —por respeto, lo dejo ir. Asumo que ellos me
entienden, y en eso fundo mi teoría.
Claro que, abierto de mente como
soy, acepto que alguien opine que esta perorata explicativa sea solo una
coartada para disimular mi frustración por no haber podido arreglar este
maldito tocadiscos… —¡Coños!
No hay comentarios.:
Publicar un comentario