Está ahí, cavando con sus propias
manos un hoyo bajo la lluvia, poseído por la tristeza. No me es dado el
presenciarlo, pero intuyo la escena.
Él se atreve a llevar a cabo la épica
ceremonia, sin prestar ninguna atención a las sugerencias mezquinas del
razonamiento que le susurra: —Tranquilo… ya está, todo lo que hubieras podido
hacer, lo has hecho—.
Sólo después de haber acomodado mi cuerpo en
una posición digna dentro del hueco y arrojar con sus manos tierra sobre mí;
sólo después de murmurar para sí algunas palabras a modo de oración, dará por
concluida su faena el dulce vikingo, el que fuera mi amo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario