—¿¡Cómo andás, hérmano!?
Sí, hérmano (con acento en la e),
era el acostumbrado saludo con el que mi hermano me recibía, eliminando de
cuajo cualquier vestigio de solemnidad que pudiera entorpecer nuestros
esporádicos encuentros.
Hérmano era música
para mis oídos. Era su ofrenda de bienvenida en cuanto yo llegaba a su casa (o
a su isla), como gustaba llamarla.
Recuerdo que iba a
visitarlo, generalmente los domingos por la mañana, casi por rutina, en la
creencia inocente de que mi aporte semanal de compañía colaboraba para
amortizar, aunque sea en pequeñas cuotas, su soledad.
En una de esas visitas, en que tal vez mi
alegría por vernos no hubiera sido tan eficaz como para borrar todo indicio de
tristeza en mi semblante, fue que me preguntó:
—¿Qué te pasa, hérmano, que se te
ve triste?
Su pregunta me hubiera sorprendido, si en ese momento yo no
hubiese observado mi cara reflejada en ese espejo imaginario que todos
poseemos.
Y sí… algo de
tristeza vi en ese momento, (además de cierto aire de estupidez que seguramente
el bien intencionado de mi hermano prefirió soslayar).
Y en
cuanto empecé a hablar de la realidad, con claras intenciones de
responsabilizarla por mi bajón, me di cuenta de que había metido la pata.
Comenzó la cuenta regresiva, me dije, y
esperé. —Ah, la realidad, ¡tan rotunda ella!, tan determinante! —pareció
concordar mi hermano.
Acto seguido, con su
habitual elocuencia gritó, —¡me la paso por el forro a la realidad!
Entonces, como impulsado por un
invisible resorte, saltó del sillón chueco en donde reposaba su copiosa
humanidad, caminó hasta un ropero viejo y tras hurgar en un pequeño cofre, de
esos que se usan para guardar las chucherías, volvió con algo en la mano.
Ese algo, resultó ser
una fotografía.
—Mirá esta foto y contáme qué es lo que ves.
—me dijo.
Yo le conté. —Ajá, yo veo lo mismo —coincidió.
—Ahora, a partir de esta foto, vos podés hacer
tu película; yo voy a hacer la mía, y después comparamos. La realidad no es más
que una foto, y con ayuda de la imaginación podés hacer con ella la película
que vos quieras.
Y con fingida ternura
me preguntó —¿entiendes, pequeño marmota?
A lo que respondí (con fingido respeto) —sí,
maestro.
Nos reímos un rato
mientras nos palmeábamos las espaldas.
Después me invitó a quedarme a comer y como de
costumbre, le dije que no. Me insistió hasta que me convenció y accedí a
regañadientes.
Se dirigió a la
cocina y tras abrir una alacena desabastecida, puso a hervir agua en una
cacerola ennegrecida de hollín y agregó un poco de esto y un poco de aquello,
de lo escaso que disponía.
Volvió, charlamos un
poco más y luego se marchó a controlar como andaba todo.
—Ya está. —me gritó desde la cocina.
Volvió, esta vez con dos platos en los que se destacaban
unos fideos soperos flotando en un turbio caldo, sobre los cuales desparramó
una magra lluvia de queso rallado y me dijo socarronamente: —Comé tu plato de
realidad.
Nos volvimos a reír y, por no despreciar, arremetí cuchara
en mano contra esa modesta bazofia y después de probarla… —¡Alto guiso,
hermano! —exclamé. Y era la pura verdad. Como también lo es que la vida
transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Me lo confirmó mi hermano el mismo día
en que le tocó entregar el equipo, en su última charla conmigo.
—Al final… era verdad aquello de que la vida es corta. Pero
no hay queja. —me dijo—. Conmigo, se portó bien. Tuve la suerte de conocer a
mucha gente buena, —y ahí, mencionó a unas cuantas personas, tales como mamá,
sus hermanos (yo incluido), y a unos pocos conocidos.
Después citó algunos
recuerdos de gratos momentos, que me sorprendieron por su sencillez. —Mi vida
ha sido buena —y—, chau, te quise mucho. —hubieran sido las últimas palabras
que escuchara de él, si no hubiese sido que, antes de atravesar el umbral de la
muerte con hidalga naturalidad, me hubiera guiñado un ojo mientras me
susurraba… —¡Alto guiso, hérmano!
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