domingo, 22 de agosto de 2021

La realidad en la isla de Lérmano

 

—¿¡Cómo andás, hérmano!?

Sí, hérmano (con acento en la e), era el acostumbrado saludo con el que mi hermano me recibía, eliminando de cuajo cualquier vestigio de solemnidad que pudiera entorpecer nuestros esporádicos encuentros.

 Hérmano era música para mis oídos. Era su ofrenda de bienvenida en cuanto yo llegaba a su casa (o a su isla), como gustaba llamarla.

 Recuerdo que iba a visitarlo, generalmente los domingos por la mañana, casi por rutina, en la creencia inocente de que mi aporte semanal de compañía colaboraba para amortizar, aunque sea en pequeñas cuotas, su soledad.

 En una de esas visitas, en que tal vez mi alegría por vernos no hubiera sido tan eficaz como para borrar todo indicio de tristeza en mi semblante, fue que me preguntó:

—¿Qué te pasa, hérmano, que se te ve triste?

Su pregunta me hubiera sorprendido, si en ese momento yo no hubiese observado mi cara reflejada en ese espejo imaginario que todos poseemos.

 Y sí… algo de tristeza vi en ese momento, (además de cierto aire de estupidez que seguramente el bien intencionado de mi hermano prefirió soslayar).

  Y en cuanto empecé a hablar de la realidad, con claras intenciones de responsabilizarla por mi bajón, me di cuenta de que había metido la pata.

 Comenzó la cuenta regresiva, me dije, y esperé. —Ah, la realidad, ¡tan rotunda ella!, tan determinante! —pareció concordar mi hermano.

 Acto seguido, con su habitual elocuencia gritó, —¡me la paso por el forro a la realidad!

Entonces, como impulsado por un invisible resorte, saltó del sillón chueco en donde reposaba su copiosa humanidad, caminó hasta un ropero viejo y tras hurgar en un pequeño cofre, de esos que se usan para guardar las chucherías, volvió con algo en la mano.

 Ese algo, resultó ser una fotografía.

 —Mirá esta foto y contáme qué es lo que ves. —me dijo.

Yo le conté. —Ajá, yo veo lo mismo —coincidió.

 —Ahora, a partir de esta foto, vos podés hacer tu película; yo voy a hacer la mía, y después comparamos. La realidad no es más que una foto, y con ayuda de la imaginación podés hacer con ella la película que vos quieras.

 Y con fingida ternura me preguntó —¿entiendes, pequeño marmota?

 A lo que respondí (con fingido respeto) —sí, maestro.

 Nos reímos un rato mientras nos palmeábamos las espaldas.

 Después me invitó a quedarme a comer y como de costumbre, le dije que no. Me insistió hasta que me convenció y accedí a regañadientes.

 Se dirigió a la cocina y tras abrir una alacena desabastecida, puso a hervir agua en una cacerola ennegrecida de hollín y agregó un poco de esto y un poco de aquello, de lo escaso que disponía.

 Volvió, charlamos un poco más y luego se marchó a controlar como andaba todo.

—Ya está. —me gritó desde la cocina.

Volvió, esta vez con dos platos en los que se destacaban unos fideos soperos flotando en un turbio caldo, sobre los cuales desparramó una magra lluvia de queso rallado y me dijo socarronamente: —Comé tu plato de realidad.

Nos volvimos a reír y, por no despreciar, arremetí cuchara en mano contra esa modesta bazofia y después de probarla… —¡Alto guiso, hermano! —exclamé. Y era la pura verdad. Como también lo es que la vida transcurre en un abrir y cerrar de ojos. Me lo confirmó mi hermano el mismo día en que le tocó entregar el equipo, en su última charla conmigo.

—Al final… era verdad aquello de que la vida es corta. Pero no hay queja. —me dijo—. Conmigo, se portó bien. Tuve la suerte de conocer a mucha gente buena, —y ahí, mencionó a unas cuantas personas, tales como mamá, sus hermanos (yo incluido), y a unos pocos conocidos.

 Después citó algunos recuerdos de gratos momentos, que me sorprendieron por su sencillez. —Mi vida ha sido buena —y—, chau, te quise mucho. —hubieran sido las últimas palabras que escuchara de él, si no hubiese sido que, antes de atravesar el umbral de la muerte con hidalga naturalidad, me hubiera guiñado un ojo mientras me susurraba… —¡Alto guiso, hérmano!

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