-¡¿La bolsa o la vida?!...
— Le
pido disculpas señor, porque sé que tal vez estas no sean maneras a las que
usted esté acostumbrado —dijo el bandolero.
—Pero deberá comprender caballero que, en
estos tiempos que corren, algunos no tenemos otra posibilidad que dejar la
cortesía de lado e ir al grano de la cuestión.
—Si no fuera por la situación
desesperada por la que está atravesando mi gente, jamás me atrevería a hacerle
de forma tan descarada, este requerimiento.
—Mis vecinos, y también yo, somos
humildes y estamos acostumbrados a ganar nuestro pan trabajando, pero el hambre
y la peste nos están diezmando.
—Si bien las autoridades nos han
ofrecido ayuda, ésta ha sido insuficiente y nos ha dejado en situación de
elegir entre la peste y el hambre, y ya sabemos hacia dónde nos conducen ambos
senderos.
—También hemos sido advertidos por
ellas que (por nuestro bien), no habremos de tomar decisiones descabelladas que
nos lleven a realizar actos como éste que estoy ahora cometiendo.
—¡El atrevido enmascarado, me espetaba su
insolente discurso tras interrumpir mi habitual paseo por mi latifundio!
—Y el interminable bla bla, que yo
oía algo distorsionado debido al pañuelo que le cubría la cara, en principio
(debo admitir), me produjo cierta empatía. Pero él era él, y yo era yo.
—En fin, señor. Allí me
encontraba, ante esa injusta y decisiva disyuntiva.
—¿Qué otra decisión pude haber tomado yo, como
caballero que soy, que la correcta?
Así protestaba el ánima del acaudalado
terrateniente, exhibiendo aún la flecha clavada en el medio de su pétreo
corazón, explicando sus razones frente a las puertas del paraíso que,
inexplicablemente, permanecían clausuradas para él.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario