domingo, 29 de agosto de 2021

Tus razones y las mías.

 

-¡¿La bolsa o la vida?!... 

— Le pido disculpas señor, porque sé que tal vez estas no sean maneras a las que usted esté acostumbrado —dijo el bandolero.

 —Pero deberá comprender caballero que, en estos tiempos que corren, algunos no tenemos otra posibilidad que dejar la cortesía de lado e ir al grano de la cuestión.
—Si no fuera por la situación desesperada por la que está atravesando mi gente, jamás me atrevería a hacerle de forma tan descarada, este requerimiento.
—Mis vecinos, y también yo, somos humildes y estamos acostumbrados a ganar nuestro pan trabajando, pero el hambre y la peste nos están diezmando.
—Si bien las autoridades nos han ofrecido ayuda, ésta ha sido insuficiente y nos ha dejado en situación de elegir entre la peste y el hambre, y ya sabemos hacia dónde nos conducen ambos senderos.
—También hemos sido advertidos por ellas que (por nuestro bien), no habremos de tomar decisiones descabelladas que nos lleven a realizar actos como éste que estoy ahora cometiendo. 

 —¡El atrevido enmascarado, me espetaba su insolente discurso tras interrumpir mi habitual paseo por mi latifundio!

—Y el interminable bla bla, que yo oía algo distorsionado debido al pañuelo que le cubría la cara, en principio (debo admitir), me produjo cierta empatía. Pero él era él, y yo era yo.
—En fin, señor. Allí me encontraba, ante esa injusta y decisiva disyuntiva.
  —¿Qué otra decisión pude haber tomado yo, como caballero que soy, que la correcta? 

 Así protestaba el ánima del acaudalado terrateniente, exhibiendo aún la flecha clavada en el medio de su pétreo corazón, explicando sus razones frente a las puertas del paraíso que, inexplicablemente, permanecían clausuradas para él.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario