Mientras reposo a bordo de mi hamaca paraguaya, me enfrento
cara a cara (es una forma de decir), con el dedo gordo de mi pie derecho, que
emerge liberado por el agujero que laboriosamente logró realizar a través del
calcetín.
—¿Qué hacés ahí? —le pregunto sin sobresalto. Y ante su
(obviamente) nula respuesta, opto por concentrarme en leer detenidamente las
recomendaciones para el correcto uso de mi prodigioso dispositivo de realidad
virtual (recientemente adquirido), que son las siguientes:
“Ubíquese usted, preferentemente de cara al tibio sol que se
le ofrece en este día de otoño.”
“Una vez que usted
cierre sus ojos con los párpados relajados, verá una especie de pantalla de un
color naranja suave.”
“No encontrará en
ella, menú alguno que le indique cómo comenzar la sesión, pero seguramente, su
imaginación de niño (si es que aún la conserva), le indicará el cómo.”
“Si usted ha logrado
iniciar la sesión, recuerde llevar consigo al mentado niño imaginativo, ya que
será indispensable su asistencia, pues sólo él tendrá acceso al menú “Opciones
avanzadas”.
“Desde allí deberá
cliquear: Un viaje fabuloso por donde se te ocurra y como te plazca… Y ¡feliz
viaje!”
NOTA: si usted, por alguna razón no logró cumplir lo
requerido, podrá no obstante disfrutar del: hamaca paraguaya Basic mode… ¡Buen
descanso
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