Amos se sintió intrigado por el nuevo color que irrumpió en
el objeto al que él, coloquialmente, llamaba “mi piedra”.
La había amasado con un poco de esto y un poco de aquello y,
tras haberle dado una forma redondeada, la había dejado en reposo para que
pudiera solidificar. Luego de ello, musitó una de sus frases favoritas: “a
esperar y ver qué pasa”.
Cuando consideró que ya se había
endurecido lo suficiente como para poder manipularla, la tomó en su mano y la
apoyó sobre un anaquel de su taller de orfebre, junto a las otras piedras, y
echó una mirada al conjunto.
La nueva bolita
resaltaba entre las otras. Sobre el color azul original de su masa aglutinaban
zonas de un verde dominante, y, desperdigadas sobre éstas, algunas manchas
amarillas, producto quizá de una falta de esmero en el proceso de compactación.
—No me gusta, ni me deja de gustar
—pensó, antes de ir a tomar una siesta.
Algunas cosas extrañas acontecieron en la
piedrita de Amos, mientras éste … dormía.
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