jueves, 26 de agosto de 2021

Manifiesto de rebeldía.

 

Puedo pasearme en calzoncillos, o incluso en pelotas por mi casa, sin temor a que alguien me diga nada.

Puedo echarme a hacer una siestecita cuando me dé la gana, sin tener que dar explicaciones a nadie. Puedo fumar en la cama y liberar en un gesto de magnanimidad omnipotente a mis pedos, injustamente secuestrados sin culpa alguna, y no tener que soportar reproches ajenos por ello.

 Comer a cualquier hora si me place, y también bañarme, (o no hacerlo) si no tengo ganas.   Mirar la tele, o no. Escuchar la radio, o no. A cualquier hora y al volumen que yo quiera.

 Puedo jugar al solitario interminables partidas sin que nadie cuestione mi falta de voluntad ni haga consideraciones acerca del derroche de mi tiempo. ¡Mi vida es mi vida, y la vivo como quiero! ¡Todas esas cosas, y un sinfín de cosas más puedo hacer sin que a nadie moleste! No dependo de nadie, y nadie depende de mí.

Y si se me ocurriera, hasta podría esperar a la muerte, tranquilamente sentado en mi rincón favorito, y celebrar su llegada, al igual que un perro viejo y abandonado. Con la mirada triste, divagante… a la espera de un dueño que alguna vez hubiera tenido, pero ya no.

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