Puedo pasearme en calzoncillos, o
incluso en pelotas por mi casa, sin temor a que alguien me diga nada.
Comer a cualquier hora si me place, y también
bañarme, (o no hacerlo) si no tengo ganas. Mirar
la tele, o no. Escuchar la radio, o no. A cualquier hora y al volumen que yo
quiera.
Puedo jugar al solitario interminables
partidas sin que nadie cuestione mi falta de voluntad ni haga consideraciones
acerca del derroche de mi tiempo. ¡Mi vida es mi vida, y la vivo como quiero!
¡Todas esas cosas, y un sinfín de cosas más puedo hacer sin que a nadie
moleste! No dependo de nadie, y nadie depende de mí.
Y si se me ocurriera, hasta podría
esperar a la muerte, tranquilamente sentado en mi rincón favorito, y celebrar
su llegada, al igual que un perro viejo y abandonado. Con la mirada triste,
divagante… a la espera de un dueño que alguna vez hubiera tenido, pero ya no.
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